La destrucción del equilibrio en The Children Act, Ian McEwan.

 

 

The Children Act

Ian McEwan

Doubleday, Random House

London, 2014.

Todo parece tan inocente, tan tranquilo, tan plácido pero cuidado, estamos frente a un autor de pluma pesada, sabemos que en cualquier momento Ian McEwan nos confrontará con un hecho disruptivo que alterará ese equilibrio tan palpable que los lectores disfrutamos en los primeros renglones de The Children Act. Nada de qué sorprenderse, McEwan es fiel a la estructura esquemática de su escritura. Lo asombroso es la forma en la que logra atraparnos a pesar de recurrir siempre al mismo método: una situación de arranque que plantea una escena en que los personajes están cómodos y un evento disruptivo que altera y destruye el equilibrio. Esta secuencia, según Cecilia Urbina, “sugiere un cuestionamiento: ¿existe un mal latente susceptible a introducirse por azar en la vida de los individuos?”[1] Esta interrogante lo ha acompañado a lo largo de su obra literaria.

En The Children´s Act, un McEwan seguro de su pluma, lo manifiesta desde el principio: habrá motivos para inquietarse, la armonía está a punto de romperse, siempre, cada vez. La emoción regente a lo largo de la novela es un contraste desorientador, la placidez frente a un mal oculto que quiere atacar. En las primeras páginas percibimos una necesidad de aventura en personajes que ni se dibujan audaces ni se les ve que tengan necesidad de cortejar el peligro. Son personas de casi sesenta años que viven en el desahogo que da el privilegio y que tienen una comezón por vivir la aventura que no experimentaron en la juventud. Es el prurito que se altera cuando se es consciente de que los años jóvenes ya pasaron. Es la sensación de querer hacer una travesura, que tienen todos los que siempre han sido ordenados y correctos en la vida.

McEwan nos introduce a una sala confortable, de un departamento de Londres, en una tarde lluviosa donde habita un matrimonio compuesto por Fiona May, juez que preside la sala de la Corte de Asuntos Familiares y Jack un catedrático. Es domingo y ella se prepara para la audiencia del lunes mientras toma un whisky. El marido se acerca a decirle que tiene una amante y no quiere divorciarse, simplemente quiere darle vuelo a una aventura. Ahí el primer golpe autoral, de los muchos que se presentarán en la novela.

La tensión inicial se tiende sobre los terrenos del matrimonio, la fidelidad, el divorcio y el abandono. “La riqueza casi falla al traer una felicidad prolongada. La cotidianidad se pintaba con batallas campales con la persona tan amada. Toda la pena diaria, tenía esos temas comunes, esa uniformidad humana de todos los días. (p. 5)” Pensamos que le trama se urdirá en torno a los valores que sustentan un matrimonio añejo, sin hijos, de cónyuges con estudios y preparación, que  siguen a la letra los principios del siglo XXI “Libertad económica y moral, virtud, compasión, altruismo, trabajo satisfactorio, compromiso en las tareas, una red de amistades, estima de los demás, persecución de la trascendencia y tenerse el uno y el otro como centro de la existencia. (P. 17)” Vuelvo a advertir, se trata de McEwan que engaña al lector ingenuo. El trae otro tema entre manos y lo abordará dándole una vuelta de cuerda a la novela. “¿Estaría la vida a punto de cambiar? p.15 ”

                A lo largo de las páginas brincamos del tema matrimonial al tema de Dios: “Aquellos que creen firmemente, no sólo en su existencia, sino que dicen conocer y entender su voluntad. (p. 28)”; al de la eutanasia: “Los clérigos deberían de intentar anular el potencial de una vida significativa para sostener una línea teológica. La ley por su parte tiene problemas similares cuando permite a los médicos sofocar, deshidratar, matar de hambre a pacientes que no tienen esperanza de sobrevivir ya los que no se les permite el alivio instantáneo de una inyección fatal. p. 31)”; al de la carencia de un toque humano frente al enfermo: “El viejo sistema, lento e ineficiente, exento del toque humano, p. 37”.

Children Act, nos presenta varias reflexiones. Fiona Maye es una prestigiada juez, admirada por su inteligencia, pulcritud y sensibilidad en la corte. No tiene hijos y tiene un matrimonio de treinta años en crisis. También tiene un caso urgente que atender: Adam, un muchacho de diecisiete años se rehúsa a aceptar por motivos religiosos el tratamiento que le salvaría la vida. Él no puede decidir, por ser menor de edad y los médicos están apelando a la corte ya que los padres no quieren someter a su hijo al tratamiento.

El encuentro entre Fiona y Adam tiene repercusiones sorprendentes. Nadie se debe enganchar en las primeras intenciones de Mc Ewan, siempre tiene un propósito de fondo que nunca es evidente a primera vista. El lector se sorprende una y otra y otra vez a lo largo de la novela, así como se enternece y logra comprender los distintos puntos de vista que un narrador omnisciente descubre con objetividad al lector.

Se agradece la buena pluma que nos permite saltar de un tema al otro, de un hilo narrativo a otro, en el que se enredan personajes que conviven con el abandono, la violencia, el egoísmo, el miedo y sobre todo, la falta de certidumbre. Siempre contrastando entre la tranquilidad y el evento que la arrebata. ¿Dónde se encuentra lo correcto? ¿Quién tiene la seguridad de estar haciendo lo correcto? ¿Quién puede sostenerse como el conocedor absoluto de la voluntad de Dios?

Frente a los hombres que no corrían en mundo sino que lo hacían correr, el expresaba esas frases, no como creencias abrigadas, sino como hechos: como un ingeniero describiendo la construcción de un puente. (p. 78)”

                “La fe es una atmosfera de sinceridad y fuerza que sostiene la creencia. (p.87)”

                “Sin fe, que abierto y hermoso le puede resultar el mundo, que terrible le debe resultar. (p.219)”.

                The Children Act es un éxodo de sentimientos y sensaciones que abren la puerta a la tristeza, al miedo frente a la muerte, al fin de los que tienen fe y al de los que no la tienen; a la postura frente a los que creen y a los que no, a las diferencias que se hermanan frente a la tristeza y el desamparo. La novela nos hace sospechar sobre el derrotero de esos jóvenes de los años sesenta, tan ansiosos, tan liberales, con tantos cuestionamientos y tan apasionados por el amor y la paz que ahora que tienen sesenta años y se han convertido en parte del status quo.

Como si se tratara de un músico que tiene tanta seguridad en las notas que nos llevarán al clímax, McEwan nos revela los acordes que se repetirán una y otra vez hasta el cierre de la sinfonía. El autor confía en los hechos disruptivos que asaltan por sorpresa y roban la calma. Ya lo sabemos y, sin embargo, seguimos cayendo embrujados ante la narración. Ian McEwan cree tanto en la estructura arquitectónica de sus novelas que no tiene miedo de repetirla nuevamente y, no sólo eso, se regodea con repeticiones del método en varias ocasiones a lo largo de la obra. El contraste que se da en situaciones en las que aparentemente no pasa nada. Las diferencias que surgen cuando todo es plano y uniforme. Y, claro, cuando el lector piensa que ya está cómodamente abordando el tema que el autor quiere desarrollar, llega McEwan y le destruye el equilibrio. Existe, cómo plantea Urbina, un mal latente susceptible a invadir la armonía de los seres, así, de repente. Tal parece que McEwan está determinado a demostrar que así es.

 

               

[1] Urbina C. La ruta de la creatividad, Ed. Casa Lamm, México 2013. p.43

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