¿A dónde irán?

Desde el avión veo una lancha que surca el mar a toda velocidad. ¿A dónde irán?, me pregunto. ¿A dónde irán?, se preguntarán ellos. En su avanzar dejan una estela de espuma que aunque es casi imperceptible por la altura, se puede ver. Sin embargo, la evidencia de ese paso se desdibuja a los pocos metros. 

A esta altura, en el atardecer, el reflejo del sol le da al agua la apariencia de una piel de mujer joven, pero no tanto. Las olas que se distinguen son pequeñas arrugas que comienzan a brotar y los destellos de luz figuran poros de una epidermis eterna e interminable.

El cielo aborregado visto desde arriba tiene una sensación distinta. Parece una colcha de piel de alpaca que cubre la enorme cama de la bóveda celeste que acuna al sol. Es una red nubosa que se teje entre el cielo y el mar. En medio estoy yo.

La sombra de las nubes se refleja en la supercifie del mar, en cambio, la figura del avión es tan pequeñita que no se hace notar. No parece haber más evidencia del paso más que el rugido que sale de los motores que va quedando en el camino y que se desvanece en cuestión de segundos. 

Hay figuras en esos cúmulos aborregados. Caras sonrientes, como las de los dibujos de los niños, elefantes de trompas arrugadas, tortugas con caparazones que miden kilómetros, hipopótamos y pantalones de mezclilla arrugados. Perros y gatos, rostros, muchos rostros. La cara de una bruja. La bruja sonríe. Parece estar de buen humor. Todos están de buen humor. También yo. El sol del oeste es un foco amarillo redondo y luminoso. El azul del cielo es muy pálido, tímido ante el dorado de los rayos que atraviesan la ventana y llegan a las caras, a esas caras que veo en las nubes y a esta cara mía. En un parpadear cambian, unas se deshacen otras se transforman.

Ojalá se pudiera caminar en las nubes, correr descalza sin hundirse en la ilusión de lo mullido. Ojalá se pudiera saltar sobre ellas, en forma lenta, impulsarse y salir disparada, dibujar un parábola antes de  alcanzar el destino, hacer pirueta sin sentir miedo y acunarme sonriendo en ese tejido apretado de vapor de agua. No, no se puede, ojalá se pudiera, pero no. ¿O, si se puede? 

Se puede ver, no tocar. Así son muchas más cosas de las que quisieramos aceptar. Las podemos percibr de una  forma y disfrutar de ellas, intentar hacerlo en otra forma es atentar contra su esencia y desperdiciar momentos de felicidad. Eso, imagino, debe ser la contemplación. Encontrar la forma de encontrarte, sin la necesidad de imponer condiciones, sin el imperio de mi voluntad sobre la tuya, con el único afán de estar a tu lado. Eso, me imagino debe ser el Amor al que te refieres y la Fe que se requiere. 

No dejan de ser curiosos los efectos que causan estos instantes de  observación de la naturaleza. La dimensión entre lo pequeño y lo grande. Los espacios en donde se manifiesta lo inmenso y donde algunos logran encontrarte. 

Ya no veo la lancha y seguro ellos no ven el avion. ¿A dónde irán? Me parece que todos llevamos el mismo destino, sólo que unos lo ven de una forma y otros lo sentimos de otra. Sin duda, todos vamos al mismo lugar. 

  

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: