Las batallas en el desierto (o la ternura del lenguaje)

Las batallas en el Desierto

José Emilio Pacheco

Fondo de Cultura Económico

México, 2010

Uno de los retos más grandes que enfrenta un escritor al empuñar la pluma es dar verosimilitud a los personajes. Para ello, es necesario dotarlos de atributos que le den forma, es decir, darles nombre, estructura física, edad, entorno y voz. De todos, uno de los más difíciles es la voz. Lograr que el lector identifique al personaje y que jamás quepa duda de quién es quién dentro de un cuento o una novela, es uno de los éxitos más grandes de un escritor. Lo es todavía más cuando la voz del personaje es tan entrañable como la de Carlitos, el Las batallas en el desierto. No en balde se convirtió en un clásico de forma inmediata.

Las batallas en el desierto es una novela corta de apenas treinta y seis páginas, en las que con la maestría de José Emilio Pacheco, se logra retratar en forma fiel y puntual la época de los años sesenta, en aquel momento en que la guerra Cristera se hallaba menos lejana de lo que nuestra infancia está ahora(19), en una Ciudad de México en la que ya había supermercados pero no televisión, radio tan solo (15). De una ciudad que es difícil imaginar con tranvías que corren sobre vías, en la que las fronteras entre los barrios se marcaban en otras formas y de la cual queda testimonio gracias a que hubo escritores que quisieron dejar memoria de aquellos años.

La brevedad de Las batallas en el desierto es una de las características más sorprendentes ya que en pocas páginas se retrata una sociedad, en toda su diversidad, con sus mitos y prejuicios, además de responder algunas de las preguntas que se plantean los adolescentes que están entrando a la etapa del descubrimiento.

La intención autoral explícita es dejar testimonio de una Ciudad de México que ya no existe: Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad (51). La voz toma un lugar preponderante, la narración se hace en primera persona, son los recuerdos de un adulto de los años en que estaba a punto de ser adolescente y dejar de ser niño. ¿Demolieron también al niño?

La novela nos cuenta la historia del primer amor de Carlitos, el protagonista, cuando todavía era tan chico que no había más remedio que enamorarse de una mujer adulta… en el que los juegos las batallas en el desierto de un patio con piso de polvo de arcilla (19). José Emilio Pacheco eligió, con la precisión de un relojero, las mejores palabras que nos dejan ver el mundo desde los ojos de un niño. De un chico que estudia en una escuela de la colonia Roma en los tiempos de la presidencia de Miguel Alemán.

La vida de Carlitos, hijo de un emprendedor que ha fallado varias veces, que tiene una fábrica de jabón que está siendo devastada por la competencia de productos extranjeros, nos es narrada con el lenguaje de un niño de una familia católica, venida a menos, en los años cuarenta. En el escenario, vemos la realidad de un México enfrentado a problemas de salud Fue el año de la poliomielitis, escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos(16); a contrastes y adquisición de nuevas costumbres Pan Bimbo, jamón queso Kraft, tocino, margarina, mantequilla de maní, kétchup, mayonesa, mostaza. Eran todo lo contrario del pozole, la birria, las tostadas de pata y el chicharrón en salsa verde (27). O, los contrapuntos señalados con palabras como Empezábamos a comer hamburguesas, pays, donas, jotdogs, malteadas, aíscrim… La cocacola sepultaba las aguas frescas de Jamaica, chía, limón. Los pobres seguían tomando tepache (17).

                José Emilio Pacheco logra una novela que crea un vínculo entre Carlitos y el lector. Una relación forjada a base de palabras, puntos y comas que urden una anécdota, aparentemente simple, pero que está cimentada en una estructura compleja. El telón de fondo está siempre relacionado con los acontecimientos históricos de esos años y la tensión se maneja alrededor del tema de la corrupción. El presidente inauguraba enormes momentos inconclusos a sí mismo (19).

                Las batallas en el desierto es una novela que refleja una dimensión en la que los personajes viven en diferentes estratos sociales, rodeados de un entorno que los permiten convivir, por la casualidad de las circunstancias, que nos permite tener una visión muy cercana de lo que era la Ciudad de México de ese tiempo. Nos enteramos de que Carlitos es el nombre del narrador hasta la página veintinueve, como si Pacheco hubiera olvidado darle nombre a su protagonista, como si se hubiera percatado de esa falta cuando ya llevaba avanzado el texto.

Los diálogos se insertan en el cuerpo de los párrafos y la lectura se agiliza con las vivencias, los escenarios que nos preparan al momento cumbre del relato, el amor de Carlitos por Mariana, la madre de Jim, su mejor amigo. Si bien la emoción regente a lo largo del texto es ese amor infantil, es también el pretexto autoral para mostrar una vida oscurecida por habladurías, chismes que se sostienen por las personas de conducta intachable contra quienes no siguen esos patrones de conducta.

El amor de Carlitos lo vuelve humano, tangible y entrañable: Estaba sólo, nadie podía ayudarme. El mismo Héctor consideraba todo una gran travesura, algo divertido, un vidrio roto por un pelotazo. Ni mis padres ni mis hermanos ni Mondragón ni el padre Ferrán ni los autores de los tests se daban cuenta de nada, me juzgaban según sus leyes en las que no cabían mis actos (43). Carlitos es un niño lo suficientemente consciente para ver los juicios que los adultos, desde su visión, hacen de su conducta y al mismo tiempo lleno de sentimientos e ideales tan profundos que enfrentan a una sociedad que no logra comprender y eso constituye el nudo de la obra.

José Emilio Pacheco hizo de las palabras el vehículo que nos lleva al pasado y nos permite ver un panorama que ya no existe. Ya no existen esos edificios que fueron derrumbados y esos ideales de un hombre que recuerda por amor a su primera ilusión logra reflejar y denunciar de manera impecable las formas de un México que se llenó de polvo y terminó por desvanecerse. También hizo del lenguaje un instrumento maravilloso de ternura.

  

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