El casillero número cuarenta y dos

El casillero número cuarenta y dos en el baño  es pequeño, de hecho, es de los más chiquitos que hay en el club. Yo quería uno más grandes, es lo que hubo, me dijo mi papá. Me lo regaló justo después de que me casé y desde entonces ahí están la esponja, el shampoo, las chanclas de hule, la secadora, el perfume y las cosas que uso cuando voy a jugar tenis o a bañarme.

De hecho, es un casillero modesto. Es padrísimo porque está en el pasillo más padre del baño, cerca del vapor, de los lavabos y, además tiene el mejor ambiente, mis vecinas son lo máximo. Tenemos muchos años de conocernos, desde antes de ser mamá. 

Ese casillero a sido una constante que marca tiempos. A ese pasillo llegué solita, con sospechas de estar esperando un bebé, con la evidencia de que estaba súper  embarazada, con una bebita en los brazos, con dos niñas de la mano. Recuerdo cuando mis hijas jugaban con la combinación del candado, mientras yo guardaba las cosas del baño y cuando entraban a hurtadillas a sacar el shampoo o la jabonera. 

Hoy en casillero cuarenta y dos fue abierto por dos señoritas que metieron y sacaron sus cosas. Mis vecinas de pasillo miraron a las chicas elevando las cejas, los ojos se les salían de las órbitas,  ¿quién se atreve a abrir el casillero de Cecy? Por fin, una de ellas se atrevió a preguntar. No podían creer que esas nenas que jugaban con el candado hubieran crecido tanto. Me reí cuando me contaron que no las reconocieron.  Luego ya no me dio tanta risa, mis hijitas ya crecieron. 

Pensé con nostalgia en el día en que su padre siga la tradición y les regale un nuevo casillero. Y luego me alejé de ahí. Prefiero volver a reír y anclarme en el presente. Sí, extraño esas manos gorditas que tenían hoyuelos en los nudillos y esas miradas traviesas con la que fincaron esa complicidad de hermanas y los dibujos y jugar a las carreritas y los tiempos en los que compartiamos el amor por la raqueta. Pero me encantan las pláticas y las confidencias y las preguntas que no tienen respuesta fácil. En un juego inverso al de la esposa de Lot, no miro al frente por el susto de convertirme en estataua de sal.

El tiempo, en términos de maternidad, es elástico. Atrás y adelante se confunden. En un santiamén dejaron de ser bebés y en un abrir y cerrar de ojos el minutero se movío a gran velocidad. Sí, ¿qué madre no es cursi el diez de mayo? Lo cierto es que antes me preguntaban la combinación para abrir el casillero y me pedían permiso para meter las cosas, hoy ya se la saben y lo usan como cosa propia.

Así está bien. Así está perfecto. Así, antes de que el segundero agarre velocidad y el tiempo vuele frente al casillero cuarenta y dos. Ahora que me fijo bien, ya no lo veo tan chiquito, es cierto aue caben pocas cosas físicas,  pero tiene una gran capacidad de almacenar las otras.

  

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