El Chicharo en el pastel

Para cerrar con broche de oro, Dany quería ver jugar al Real Madrid en el Bernabéu. No se iba a poder. Desde antes había consultado la página del equipo y, aunque era un partido poco importante, todo estaba vendido. Ni modo, a veces no se puede tener todo. Pero, a veces sí.

En el desayunador del hotel, un grupo de señores mexicanos que vinieron en grupo a celebrar que todos son abuelos, estaban felices de la vida contando chistes y echando relajo. De repente, llegó uno de ellos y anunció: está hecho, conseguí boletos para el partido de hoy. De inmediato, paramos la oreja y les pregunté cómo lo hicieron. ¡Ay, hija! No hay nada que un buen concierge no pueda resolver. Efectivamente, el señor tenía la voz llena de razón. Daniel nos consiguió boletos en la zona blanca, fila trece en el Bernabéu. Casi nos toca más cerca del campo que a los jugadores.

Yo no sé nada de futbol, pero Dany tenía una sonrisa más grande que todo el estadio. Eso es suficiente. Además Ancelloti sorprendió alineando al Chicharito. Benzema se quedó en la banca. Salieron al terreno de juego luciendo la camiseta rosa y empezaron a calentar, luego se cambiaron por la merengue. Dany me explicaba todo. Mientras el árbitro y los capitanes de los equipos se tomaban la foto oficial, el Chicharo se puso de rodillas en medio del campo. Cuando salió CR7 el estadio se cayó en aplausos.

El ambiente en el estadio estaba como las gradas, a tope. Familias, parejas, abuelos y nietos, madres e hijas estábamos sentados en un día soleado, aunque por cierto, a nosotros nos tocó sombra y un poco de techo. Cristiano Ronaldo anotó en primer gol y el Chicharo con un cabezaso metió el segundo del partido, su primero en el Santiago Bernabéu y el cuarto con el equipo. La gente se paró del asiento y lo ovacionó con mucho gusto. Ancelloti le dio la oportunidad y el chico la supo aprovechar, decía la experta que se sentó detrás de nosotros, una señora que tiene un abono en el estadio, y los de al lado  coincidían. ¡Qué no se regrese al Manchester!, decía el perito en futbol de apenas siete años.

En el segundo tiempo comenzó el chubasco. No me quiero ir, me dijo Dany y aguantamos las gotas de agua con un estoicismo ejemplar. ¡Hala, Madrid! Varios intentos del Chicharo y Cristiano jugando justo enfrente de nosotras. Gol de Jesé. 3-0 fue el marcador final. … Y nada más, y nada más. Hala, Madrid. El grito que aprendí, Madrid, Madrid. hala Madrid.  Y mi hija no se llevó la cereza del pastel, fue el Chicharo del juego. Vio ganar a su equipo favorito y el Chicharito anotó. 

Es cierto, a veces no se puede tener todo en la vida, pero a veces sí.

Madrid y volver

No será la primera vez que Madrid me recibe con los pies ampollados. Las ültimas veces, al haber hecho el Camino de Santiago, la ciudad capital me recibió amorosa. Madrid está lejos de México y muy cerca de mi corazón. Siempre es una buena antesala antes de volver a casa. Es como esa madre amorosa que extiende brazos, da abrigo y da la bienvenida antes de decir adios. Màs bien dice, hasta pronto.

La huelga de controladores aéreos hizo que le vuelo de Roma a Madrid en vez de durar poco menos de dos horas, iniciara con el anuncio de dos de retraso y la amenaza de cancelacion. Fiumicciono no es tan agradabke cuando todos quieren salir de ahi y no saben si lo lograrán. Escuchar la desesperación de muchos pasajeros que pierden conexiones y vivir la desinformación en italiano no es agradable, menos tranquilizador.

Por fin y con seis  horas de retraso, llegamos a Madrid. En el aeropuerto de Barajas casi no hay nadie, aunque quedan las huellas de muchos vuelos retrasados. Fuimos de los ültimos en aterrizar, efectivamenre, hubo muchos varados. Apenas llegar, se siente el aroma madrileño. Hay algo en el aire que dice en dónde estás. Es reconfortante hablar en español y que no te miren con cara de sospecha, o sin que se den cuenta. desde ya, que eres turista, sujeto propicio para la pillería. Aquí es fácil, los madrileños nos reciben bien y da gusto estar de vuelta. Las calles y los espacios saben a casa y es la transición perfecta, antes de regresar.

La última parada de este viaje es una ciudad a la que amo profundamente y en la que me siento feliz. En esta bendita tierra se hacen los sueños realidad. Una vez más, a caminar, con pies ampollados, pero con buen ánimo. Entrar a Madrid y luego… Volver. 

 

Una sorpresa y un recuerdo

Ayer por la noche, mientras cenebamos en el Pantheon, encontramos a un descamisado, con la nariz roja, la cara blanca, el saco raído que tomó a Dany de la mano, la levantó de la mesa, la llevó a rodear la Piazza de la Rotonda y luego, con una reverencia profunda la regresó a su lugar. Alrededor, la gente, yo incluída, nos moríamos de risa. El mimo que entretenía a propios y ajenos esa noche, sacaba carcajadas hasta al alemán más serio que pasaba por ahí.

Para mi sorpresa, era él. Sí, sin duda era él, nos topamos con el mismo mimo, con el mismísimo personaje que hace más de diez años estuvo ahí para hacernos reír, en aquel ültimo viaje en el que se reunió toda mi familia. ¡Uf! Cuando se acercó a Dany y lo vi de cerca, se activaron una serie de recuerdos maravillosos. Hay fotos de mis hijas con él cuando ellas apenas le llegaban a las rodillas. 

¡Qué bien! En los viajes, al llegar a ciertas ciudades uno sabe que se va a topar con ciertos elementos que no se mueven, en Roma uno espera ver el Coliseo, San Pedro, las Termas y seguramente se verán, lo increíble es encontrarte con una persona que sigue haciendo lo que ha hecho por quince años en el mismo lugar. Lo maravilloso de esos reencuentros es como una risa detona otra y esa aprieta el botón de recuerdos felices que uno siente que apenas sucedieron. Pero veo a Dany que ya no es tan pequeñita como creo, ya alcanza una altura más arriba del hombro del mimo. ¿Cómo, si apenas ayer esta persona le estaba haciendo una flor de globos y ella la recibía sonriente con aplausos?

Hoy, también se ríe, sin embargo, esa risa es diferente. Ya no es tan inocente como la primera vez, ya hay recuerdo. Los dos se hacen complices de la broma y corren alrededor de la fuente. Las carcajadas delpúblico  improvisado se oyen en toda la plaza. La lleva del brazo en una huída bufa muy divertida. Regresan. Se toma la foto obligada, esa que pensaré que acabo de tomar, cuando los años hayn pasado, así de rápido como ahora. 

¡Qué sorpresa! El tiempo se va volando, y este mimo de recuerdos sigue ahí.

¿Qué es lo que está pasando en el Vaticano?

Ayer por la noche le pregunté al concierge del hotel a qué hora estaría bien llegar al Vaticano para entrar a la Basílica de San Pedro. El hombre, un romano de sesenta años, más o menos, arrugó la boca suspiró y contestó lo que seguro le dijo a varios otros turístas, a las siete de la mañana. No, no. No quiero entrar a los Museos Vaticanos, quiero ir sólo a la Basílica. Siete de la mañana, señora, si no quiere hacer una cola de varias horas.

Me retiré del mostrador con la certeza de que el hombre ni me había entendido, ni me había querido entender. De todos modos, nos levantamos temprano, desayunamos a toda prisa y a las nueve de la mañana estábamos frente a la Columnata de Bernini. ¡Santa María! ¿Qué está pasando en el Vaticano? Efectivamente, la cola traspasaba la frontera del Estado que se anida en Roma. Pregunté al policía y me dijo que el tiempo estimado para entrar era de tres horas y media, tal vez cuatro. El corazón se me hizo pasa y el estómago un nudo. 

Por supuesto, de inmediato, un argentino se acercó y me dijo que por módicos cien euros podíamos unirnos a un tour para visitar los Museos, la Capilla Sixtina y al final entrar a San Pedro. ¡Dios mio! Si quieres llegar a pasar, sin insolaciones y quemaduras solares de tercer grado, hay que pagar. Aclaro, el que quiera entrar sin pagar, puede. Claro, todo tiene un precio. El fast track cien euros, lo otro, horas y horas bajo el rayo del sol. Hablar de las multitudes que encontramos en los pasillos de los edificios está demás. Ni el Louvre, ni Versalles, ni La Sagrada Familia, ni nada se compara con el apetito que está generando el Vaticano entre la gente del mundo. Si para entrar a San Pedro la cola era larga, para hacerlo a los museos era eterna. Imposibe decir dónde había más gente.

¿Qué pasa?, le pregunté al guía. Es el Papa Francisco, desde que inicio su pontificado esto es así y todos los días son temporada alta aquí. Esta cola se ve en junio como en enero, con calor o lloviendo, en invierno y en verano. La Plaza de San Pedro y sus alrededores están atiborradas de personas que quieren entrar. Nunca vi una cosa igual. Asistí a misa con Juan Pablo II aquí en San Pedro, a una audiencia de los miércoles en la explanada y ni entonces había estas multitudes. Recién elegido Benedicto XVI, la monjita que estaba a cargo de la tiendita de souvenirs me dijo, el Vaticano se siente muy solo, había poquísima gente. Hoy está abarrotado.

Quisiera saber qué mueve a toda esta gente a venir. Ciertamente no es únicamnte fe pero tampoco es cultura. La gente que está en los museos es mucha pero es más la que entra a San Pedro. Los lugares de oración, frente a la Capilla de San Esteban, donde está Juan Pablo II y frente a la capilla de San Jerónimo, donde están los restos de Juan XXIII, tienen fieles que hacen oración, pero no son la mayoría. El ábside, reservado a la oración tiene gente, pero no tanta. Tampoco es el espacio de las selfies por antonomasia, ¿entonces? 

Es curioso, el guía sonríe al ver mi cara. Es el fenómeno de Francisco, te lo juro. Ya de regreso, en el taxi, el chofer nos cuenta que fue integrante del coro de la Capilla Sixtina. Me confirma las palabras del guía. También me dice que algo parecido sucedió con el Papa Bueno, Juan XXIII atraía multitdes, tal como lo hizo Juan Pablo II, especialmente en los primeros años de su pontificado. Sí, puede ser y puede que no lo sea. Lo que sí pude confirmar hoy es que algo diferente pasa en el Vaticano que está atrayendo multitudes, quisiera saber qué es.

¿Por qué todo es diferente desde una ventana en Venecia?

¿Por qué será que todo es diferente desde una ventana en Venecia? Las cosas, los colores, la gente cambian de dimensión. Los colores deslavados de las fachadas no lucen descuidados, la ropa que cuelga en un cordel y se seca al sol tiene toque, las palomas en San Marcos son poesía y no plaga y una tuberia oxidada no esta nada mal,    ¿por? Hay magia en esta ciudad a la que entra el agua y le gana territorio

Después del fin de semana largo en Italia, del puente de Pascua en el pareció que todo Europa tuvo la idea de venir a pasarlo a Venecia, la ciudad amanece menos ruidosa, más dorada. Ayer, lo más próximo a la Babel bíblica se veía desde la ventana de la habitación del hotel. Las palabras en inglés, italiano, francés, español, portugués, alemán chino y sabra Dios cuantos más se oían en cada rincón, en cada plaza. Unos iban a la Piazza de San Marco y otros al Ponte Rialto. El día fue soleado pero con cuatro grados de temperatura. 

En Venecia los ritmos cambian. El vuelo desde Barcelona al aeropuerto de Marco Polo duró menos que lo que hizo el vaporetto hasta la Piazza de San Marco. El recorrido, a veinte kilometros por hora nos permitió ver Murano, Lido y la isla del cementerio. No hay prisa y me imagino que todo está friamente calculado para que los pasajeros no nos mareemos, y lo agradezco de corazón. Por fin llegamos.

El Palacio Ducal contrasta con el cielo tan azul y el campanello es casi tan lindo como la sonrisa que tiene Dany. Abre los ojos, se frota las manos. Mira a un lado y al otro, vuelve a sonreír pero cada nueva sonrisa es más grande. Me gusta verla así. Señala en todas direcciones y los ojos se le ondulan, como queriendo captar todo al mismo tiempo. 

Aventamos las maletas en el hotel y caminamos al Ponte Rialto, nos asoleamos un rato en el mercado de especies y nos sentamos en el muelle a ver pasar góndolas. También subimos a una y escuchamos al gondolero cantar Santa Lucía. Pero de repente la Rüblica China entera está presente y se hace dificil caminar. No hay lugar que no estén ocupando. Corremos al hotel. Desde la habitación vemos pasar tantos turístas que van a San Marcos. Abajo se empujan, acá los observamos. Sí, Venecia se parece mucho a la Babel bíblica.  Pero hoy amanece menos llena, o tal vez la gente siga dormida.

Lo cierto es que desde una ventana en Venecia, por alguna extraña razón, tal vez mágica, las cosas cambian de dimensión, las campañas se oyen diferente y como que se respira distinto.    

Pascuas de Resurreccion en el Tibidabo

Por esas cosas que tienen los viajes, terminamos celebrando la Pascua de Resurrección en la iglesia que está en la punta del Tibidabo.  Siguiendo los pasos de Daniel Sempere y el mundo de Ruiz Safón, a instanicas de Dany subimos al monte, sin otra expectativa que ver con los ojos de un lector lo que un narrrador contó. Tomamos el Tibibus muy temprano y llegamos hasta la cima. El día estaba soleado pero el aire era fuerte y frío.

Ya arriba, unos tomaron el rumbo del mirador, otros el del parue de diversiones, otros el final de la escalinata del templo y muy pocos entramos. Las bancas del santuario estaban más ocupadas de lo que imaginé, aunque el templo no estaba lleno. Más allá de la belleza de los mosaicos que adornan las paredes y de los adornos que embellecen el reconto, el silencio y la voz de un cura anciano fue lo que me conmovió.

¿Cómo se abren las puertas del cielo?,preguntaba el sacerdote en medio de la homilía. De inmediato pensé en el pasaje de la Cuaresma cuando el demonio eleva a Jesüs por encima de Jerusalem, todo lo que ves te lo doy. Es dificil no caer en la tentación, pienso. Apenas unos cuantos domingos antes, Jesús nos enseñaba como rechazar las falsas  recompensas y ahora él abre la Gloria. El sacerdote responde a su propia pregunta: con una büsqueda sincera de la verdad. Ya no hay necesidad de subir a la cruz, Cristo ya lo hizo. Sí y lo hizo por nosotros. Ahora es más fácil.

Sinceridad y verdad. La sinceridad es el atributo de un corazón que actúa con franqueza, que da la espalda a los dobleces y que prefiere la lealtad al encubrimiento.  La verdad es al conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se tiene. Sólo cada corazón conoce sus intenciones, cada uno conocemos lo cerca y lo lejos que nuestro camino va de la realidad, de la autenticidad. Las puertas del cielo se abren con esos dos atributos que nos acercan, por añadidura, a la congruencia de vida. La verdad nos hace libres. 

Termina la misa de Pascua de Resurrección y salimos en silencio, atesorando las palabras pronunciadas despacito, por una voz cascada que llega dentro y germina en el corazón. Barcelona se ve tan grande desde ahí.  

 Sí, sin duda, los viajes tienen sorpresas agradables y, por suerte, a veces, buscando unas cosas, encontramos otras.

¿Qué pensaría Gaudí?

La Barcelona que caminamos hoy es muy diferente a la de hace cien años o a la de hace treinta. La Ciudad Condal se transforma en forma vertiginosa y es, sin duda, una de las que tienenun lugar preferente entre las más modernas del mundo. Marca tendencia. Por supuesto, el disfrute de los espacios püblicos es la prioridad. ¿Cómo se transformó tanto la capital de Cataluña? 

Cualquiera que haya leído Nada, de Carmen Laforet entenderá la metamorfosis que sufrió Barcelona. Dejó de ser esa ciudad de cenizas, gris, sombría, habitada por gente fantasmal y apeñuscada que se describe en la novela, a ser un ícono y una de las ciudades que se ostenta como marca reconocida. Ahora las banquetas son más anchas, el carril para bicicletas tiene el  espacio que antes era de los vehículos, pero el rey es el peatón. 

En los camellones de las ramblas se aprovechan los espacios para colocar terrazas en las que la gente se sienta a pasar el rato o a comer, segün la hora. Barcelona se deja habitar y ya no importa que los departamentos sean habitáculos minúsculos porque la gente se sale a caminar, a leer, a pasear, a vivir la ciudad. Muchos han abonado a la transformación de la ciudad, desde Picasso, Miró, Domenech i Montaner, y desde luego Antoni Gaudí.

El movimiento Modernista empezó el cambio de Barcelona a principios del siglo XX y la situó en el lugar de avanzada. Mentes como la de Gaudí y su concepción del mundo adelantaron a esta ciudad. Entrar al edificio Batllo es darse cuenta de que la transformación de un inmueble y la combinación de ideas puede dar a luz un mundo aparte. Apenas al atravesar la puerta, el visitante entra a un universo marino-prehistórico que maravilla y sorprende. Formas curvas, nada de filos ni de picos ni de esquinas angulosas,  todo es suave e invita a ser tocado. Los materiales, muchos recliclados, forman una pedacería artística que fascina por la combinación de reflejos y colores. Vitrales, pisos de madera, pasamanos ondulados, azulejos de distintos tonos de azul, un blanco tan limpio. Adiós a la visión de cenizas de la Barcelona de Laforet.

Sí, Gaudí como arquitecto estaría muy complacido. Sin embargo, él un hombre no sólo religioso sino espiritual, tal vez no se sentiría tan complacido con lo que se hahecho con la Sagrada Familia. Hoy, entrar a este templo católico cuesta 23 euros por persona y no hay descuentos para académicos ni estudantes. Se puede pasar a misa, porque efectivamente se celebra el rito católico, pero en Domingo de Resurrección, máxima fiesta cristiana, se da prioridad a la taquilla. Sí, entiendo que el lugar ya se transformó en un museo, pero no es bonito. Lo únicoque  hace falta es que la gente entre comiendo y se ponga a fumar en en altar.

 Por desgracia, lo mismo sucede en la Catedral y en Santa María del Mar. Los lugares que se construyeron para el culto y la oración, son espacios para las selfies. Y, sé que muchos me dirán que sino fuera así, esos templos no se podrían sostener y mucho menos conservar. También me dicen que la fe no está de moda, más bien al revés,  pero ni Notre Dame, en París, ni Saint Patrick, en Nueva York han caído en esas prácticas. ¿Qué pensaría Gaudí de ver la transformación de su obra máxima en un museo? 

Sabrá Dios. 

 

Mónaco, tan amable

Es fácil quedar prendado de Mónaco. Es el primer mundo en su máxima expresión, en la más glamorosa y elegante forma de ser desarrollado. Apenas llegar a la estación del tren, entre los pisos de granito y el techo de madera de teca, se entiende que se está cruzando una frontera, no tanto política, sino de estilo. Salir es toparse con edificios que combinan el modernismo en colores pastel con lo ultramoderno, es mezclar lo que era nuevo aprincipios  del siglo XX y lo que lo es hoy. Es ver la majestuosidad de una de las Bahías más hermosas del mundo (sólo superada por Acapulco) y el buen trabajo de un principado que ha sabido atraer de los más ricos, a los mejores. 

Por si lo bello y elegante no fuera suficiente, la gente en Mónaco es amabilísima. Los policías, los locales, los dueños de negocios, los que atienden al turista se aseguran de aclarar todas las dudas, de que tomes el camino correcto y de que la pases bien. La seguridad es fuerte. Hay guardias armados a cada esquina y eso en vez de causar temor, da seguridad. 

Pasar el Viernes Santo en Mónaco es un sentimiento contrastante. Se vive con discreción el duelo católico, se manifiesta en pequeños pendones que envuelven las farolas en la calle, en las luces violeta que iluminan el interior de la catedral o el santo entierro que está a un lado del altar mayor. También se exhiben las estaciones del Vía Crucis por toda la escalinata que va desde la estación del tren hasta el Palacio Real. Esta dispuesto con esa discreción que invita a participar al que quiera. Es un sutil recuerdo de la fecha y un motivo para la reflexión.

La presencia de Raniero y Grace es más poderosa que la de los actuales monarcas. Hay fotos de los antiguos príncipes por todos lados, parece que siguen causando mucho entusiasmo. Sobre sus lápidas, en la Catedral, hay una cruz de Domingo de Ramos y arreglos de flores. Entre las dos tumbas hay una pintura en blanco y negro del día de su boda. 

El mercado es una plaza llena de colores y sabores interesantes. Hay puestos de fruta, flores y verduras. Está rodeada por arcos y portales en donde los turistas y lugareños se sientan a comer las mejores baguettes de tres quesos de la region, tambien las más caras.  

En el casino tal vez siga jugando James Bond y desde el Café de París la entrada a Monte Carlo se ve adornada por pelotas de tenis, ya están los arreglos del torneo más chic de circuito ATP. Tomamos uno de los capuccinos más disfrutables con un sol espléndido. No quiero ver el reloj.  

La hora de partir llega y para variar, no nos queremos ir. Mónaco fue amable, en todos sentidos.

Si en Roma un día

Es imposible ver Roma en un día. Hay tanto que hacer que muchos creen que no hay tiempo que baste. Tendrán razón. Pero si sólo hay unas cuantas horas, pretender ver la ciudad es imposible y muy frustrante. Se entra en un estado de pánico trantado de abarcarla y es como intentar meter el mar en un hoyito en la playa. Se termina corriendo como un perro que se persigue la cola.Hay misiones que en verdad son imposibles. Lo mejor entonces es sentir Roma.

Una caminata desde la Piazza de Spagna hasta la vía del Corso por via Frattina es entrar a la felicidad romana que se confecciona desde un taller de alta costura, es pasear por cafecines y pizzerías y entender el valor de la dolce far niente, es decir, descubrir el gusto por pedir un gelato y entrar en el amasijo de callecitas que llevan al corazón de Roma sin mayores pretensiones que esa, disfrutar. 

Ni en el Vaticano, porque hay tanto que admirar, ni en el Colisieo, ni en el Quirinale, ni en la Galeria Borghese late  Roma tanto como 

No en vano los romanos le dieron sepultura ahí a su héroe más venerado, a su unificador. El padre de Italia descansa frente a la Piazza de la Rotonda, en el Pantheon Romano de Agripa, antiguo santuario de dioses en el que siempre ardió un fuego en honor al dios desconocido. Después de la conversión del Imperio al cristianismo, el edificio de cüpula majestuosa con remate en un círculo que permite ver el cielo, se convirtió en un templo católico.  La tumba de Vittorio Emanuelle se encuentra al lado derecho si se ce de frente el altar central. 

Fuera, late la vida romana. Los cafés y restaurantes están llenos de turistas y de gente del lugar. También hay una gran cantidad de vendedores ambulantes que ofrecen  juguetes para los pequeños, selfie sticks para los turistas, imitaciones de bolsas, anteojos, carteras con logotipos de diseñadores italianos, franceses y americanos. A un costado una gelateria típica y a penas a unos pasos el templo de Minerva, en el que Galileo diría por lo bajo que sin embargo se mueve.

Si un día en Roma no es suficiente, unas horas en el Pantheon de Agripa son suficientes para tomarle el pulso a la Ciudad Eterna. 

 

Capri

Dicen que la primera vez que Tiberio fue a Capri se mareo tanto que decidió jamás volver a Roma y que por eso se quedó en la isla. De nada valieron los reclamos del Senado para que volviera, el emperador se rehusó a abandonar su lugar de seguridad, y prefirió que los asuntos de Estado le fueran tratados directamente en la villa frente al mar. Puede ser que fuera eso o que como cuenta la Historia, el emperador harto del odio que le tenían los romanos, decidiera quedarse en ese pedazo de cielo que da enormes limones y desde donde el Vesubio es más imponente en los días de sol.

Sea la que hubiese sido Tiberio tuvo razón. Si fue por lo del mareo lo entiendo, esta mañana el mar amaneció de mal humor y decidió cobrarselas todas juntas al barquito que nos lleva de Nápoles a Capri. Las olas lo hacen saltar y me parece que voy abordo de uno de papel que está a punto de deshacerse entre los remolinos azul profundo del mar. Todos los pasajeros tienen la cara amarilla, como de cera, la mirada fija y muchos piden bolsas de plático que los empleados distribuyen por todos lados. Mi Compañero de asiento la usa varias veces, igual que muchos otros. A mí el estómago me da vueltas y respiro profundo. Son los cuarenta y cinco minutos más largos de toda mi vida. Juro en silencio que no volveré a subirme a un artefacto como estos y de inmediato recuerdo que así como llegue hay que volver.

Al pisar tierra me abstengo del impulso de besar el suelo, sin embargo, a pesar de estar en tierra firme el bamboleo del barco sigue instalado en el cuerpo. Respiro, jalando mucho aire y Capri se muestra magnífica. Casi se me olvidan todos los males padecidos y vamos a comprar los boletos del funicular. Subimos de inmediato y en la cima, al salir del edificio de la estación, la vista de la isla, la playa y el mar nos dan la bienvenida. Barcos, veleros, barquitas de pescadores y las que van llenas de turistas se mecen en el agua y el paisaje de flores y limones inmensos me hacen sonreír. ¿Quién se acuerda de los males padecidos hace cinco minutos? 

Nos perdemos entre las callecitas y estamos profundamente felices. El tiempo se va corriendo, nos sentamos en una  terraza con una imponente vista del acantilado y el mar que se pinta de rayas color turquesa y azúl marino. La cerveza sabe mejor con semejante paisaje y no hay mejor pizza margheritta en el mundo. Qusiera probar todos los platos del menú pero recuerdo que hay que volver y no se me antoja hacer uso de la bolsa de plástico. 

Emiliano, el chofer del taxi, nos lleva a conocer Anacapri, subimos por una carretera estrecha y muy empinada. De un lado está la montaña, del otro un acantilado profundo. Ir a Anacapri ya no me parece tan buena idea. Los coches pasan rosandose y cada que cierro los ojos, el conductor se muere de risa. Nos lleva a conocer una gruta  donde se venera a la Virgen de Lourdes. Por fin llegamos a Anacapri. Paseamos por la calle peatonal y sin que podamos remediarlo ya es tiempo de volver.  Pensar en el barquito me da nauseas.

Sin duda, el emperador Tiberio tuvo razón. Mientras voy bamboleándome en el barquito de regreso a Nápoles no tengo duda de que sea cual fuera la razón que tuvo para quedarse en Capri, miedo, mareo o amor a un lugar de ensueño, estuvo en lo correcto. Siempre hay un buen pretexto para no abandonar Capri. Sí, hay que volver.  

    

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