Las malas palabras y las groserías

Mi mamá no dice groserías ni habla con malas palabras. No le gustan. Cuando éramos chicos, si se nos iba la lengua, nos lavaba la boca con jabón y nos paraba en un rincón, mirando a la pared. El tema era serio y si traspasabamos los límites a la hora de hablar, sabíamos que habría consecuencias. Por eso, cuando de niños escuchábamos a alguien que se pasaba de tono nos daba risa y nos hacía gracia el atrevimiento. En la escuela, el que decía una mala palabra iba castigado a la dirección. Usar majaderías se convertía en una travesura, no era el lenguaje de todos los días. Era un acto de rebeldía. 

Los señores usaban palabras altisonantes entre ellos pero en presencia de niños o mujeres cuidaban el vocabulario. Jamás escuché a mi abuelo expresarse con groserías ni a mi papá usarlas frente a nosotros. Decir una majadería era arriesgarse a un bofetón o a un regaño. Para mí fue una sorpresa enterarme que lo que en casa era motivo de excomunión, en otros lados era una forma de saludarse y de convivir. Me hacía gracia escuchar el lenguaje florido de los veracruzanos que con alegría y sin afán de ofender sazonaban el habla. 

Sin embargo, en el fondo de mi ser sigue esa cosquillita que me hace reír al escuchar que alguien usa una picardía al hablar. Sigue siendo una travesura y un atrevimiento decir groserías, no es lo cotidiano y no debe serlo. La elección de las palabras es un tema de cuidado y también es una seña de identidad. Más allá del discurso que puede sonar mojigato, elegir el modo de expresarse es importante. Decir una palabra fuerte es una decisión que debe causar impacto, sea para ofender, para clarificar un concepto o para hacer reír. También para ocuparlas hay intención y precisión. Pero, si se convierten en la jerga de uso común, pierden fuerza.

Me resulta inadmisible el empleo de estas palabras en ciertos contextos. Desde mi punto de vista, un profesor no debe emplearlas en un salón de clase, no es correcto usarlas en un ambiente profesional, no es un lenguaje deseable entre personas de diferente jerarquía, no deben expresarse así quienes tienen acceso a algún medio de comunicación, a una cámara, a un micrófono o a una pluma. El que las use, deberá de tener una justificación y una intención específica para causar un impacto. El uso irreflesxvo de estas palabras revela el nivel de quen las ocupa, repito, es una seña de identidad.

Claro está, a nadie debe espantar el uso de ningún tipo de palabra, eso no es motivo de escándalo. Lo que enfada es el abuso de ellas y el mal uso. Me molesta ver que la gente se confunda y las use como si estuviera en una  cantina o en un billar. Me entristece observar que se usen como si fueran palabras tan extraordinarias que merecen un lugar especial en la cotidianidad porque propician falta de respeto. Las desprecio cuando se usan para hacer campaña política y me las recetan en anuncios de televisión, radio o medios impresos.

Me da coraje que esas palabras irrumpan en mi cotidianidad porque yo soy responsable de lo que expreso, no de lo que escucho. Usar groserias es cruzar un límite. Traspasarlo no debería ser un acto comun. Las campañas que quieren causar impacto usándolas, revelan la identidad de quienes las usan. Más si se trata de un partido político que se propone como opción.  

  

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