La importancia de una cobija de puntitos

¿Por qué será que cuando uno está lejos extraña pequeñas cosas? Se echa de menos ese par de pantuflas viejas, esa almohada suave, ese buenos días que se escucha justo al despertar, esa respiración acompasada, ese aroma a café. Generalmente, los recuerdos no vuelan a los grandes discursos que se pronunciaron, ni a las majestuosas obras, ni a las enormidades de la vida. No, lo hacen a esos detalles que hacen que la vida florezca a diario en forma constante.

No sé si es el lado de la cama o la cafetera de casa lo que da ese aroma único, o si son esos ronrroneos amorosos o ese agitar de cola y esos ladridos, o esos ojos que sonríen al verte o esa tranquilidad que da el calor que transmite ese abrazo. No sé si es la olla en la que se cuecen los frijoles o el molcajete de piedra lo que hace únicos los sabores anhelados. No sé si son las flores del jardín o la regadera del baño, o si es la bata o la pijama que ya no huele a nuevo. No sé lo qué es eso que causa esa tibieza en el corazón que unicamente se encuentra al volver a casa.

Lo cierto es que arropada en una cobija de puntitos, con mis viejas pantuflas puestas, con la pijama arrugada y el jetlag encima, me siento en la cama y le doy un sorbo al café. Todos están dormidos. Recorro la mirada por las paredes y reconozco cada rincón, a pesar de que la luz no está encendida. No tengo que adivinar, sé bien. Lo curioso es que los recuerdos que brotan recién llegada, tampoco son los datos históricos, ni las precisiones artísticas, ni las cifras escuchadas. No son las magníficencias las que habitan los recuerdos más entrañables.

Son las experiencias de una calesa en Palermo, de una caminata en Capri, del chofer de taxi que nació en Anacapri, del café en el malecón de Civitavechia, de un mimo en Roma, de una ventana en Venecia, de una italiana que nos contó en el tren extraña a sus gatos que se quedaron en Turín, de una familia de canadienses que dijeron que como México no hay dos, de las bicis en Barcelona, de la impresión al ver la cola para entrar a San Pedro, es el primer gol del Chicharo en el Bernabéu, es Irene contandome sus planes, son las Pilys que encontramos en París, son los chistes de Dany y los momentos de una magnífica, esa sí, dolcefarniente, con un sol espléndido, aunque el termométro marcara cinco grados centígrados. Es el abrazo de mi hija.

Tal vez la cobija de puntitos sea importante porque alguien se ocupó de que estuviera ahí, en ese lugar para que al regresar me sintiera bienvenida, para que al enrollarme en ella confirmara que sí, efectivamente había regresado a casa.

  

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