Pascuas de Resurreccion en el Tibidabo

Por esas cosas que tienen los viajes, terminamos celebrando la Pascua de Resurrección en la iglesia que está en la punta del Tibidabo.  Siguiendo los pasos de Daniel Sempere y el mundo de Ruiz Safón, a instanicas de Dany subimos al monte, sin otra expectativa que ver con los ojos de un lector lo que un narrrador contó. Tomamos el Tibibus muy temprano y llegamos hasta la cima. El día estaba soleado pero el aire era fuerte y frío.

Ya arriba, unos tomaron el rumbo del mirador, otros el del parue de diversiones, otros el final de la escalinata del templo y muy pocos entramos. Las bancas del santuario estaban más ocupadas de lo que imaginé, aunque el templo no estaba lleno. Más allá de la belleza de los mosaicos que adornan las paredes y de los adornos que embellecen el reconto, el silencio y la voz de un cura anciano fue lo que me conmovió.

¿Cómo se abren las puertas del cielo?,preguntaba el sacerdote en medio de la homilía. De inmediato pensé en el pasaje de la Cuaresma cuando el demonio eleva a Jesüs por encima de Jerusalem, todo lo que ves te lo doy. Es dificil no caer en la tentación, pienso. Apenas unos cuantos domingos antes, Jesús nos enseñaba como rechazar las falsas  recompensas y ahora él abre la Gloria. El sacerdote responde a su propia pregunta: con una büsqueda sincera de la verdad. Ya no hay necesidad de subir a la cruz, Cristo ya lo hizo. Sí y lo hizo por nosotros. Ahora es más fácil.

Sinceridad y verdad. La sinceridad es el atributo de un corazón que actúa con franqueza, que da la espalda a los dobleces y que prefiere la lealtad al encubrimiento.  La verdad es al conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se tiene. Sólo cada corazón conoce sus intenciones, cada uno conocemos lo cerca y lo lejos que nuestro camino va de la realidad, de la autenticidad. Las puertas del cielo se abren con esos dos atributos que nos acercan, por añadidura, a la congruencia de vida. La verdad nos hace libres. 

Termina la misa de Pascua de Resurrección y salimos en silencio, atesorando las palabras pronunciadas despacito, por una voz cascada que llega dentro y germina en el corazón. Barcelona se ve tan grande desde ahí.  

 Sí, sin duda, los viajes tienen sorpresas agradables y, por suerte, a veces, buscando unas cosas, encontramos otras.

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