Mónaco, tan amable

Es fácil quedar prendado de Mónaco. Es el primer mundo en su máxima expresión, en la más glamorosa y elegante forma de ser desarrollado. Apenas llegar a la estación del tren, entre los pisos de granito y el techo de madera de teca, se entiende que se está cruzando una frontera, no tanto política, sino de estilo. Salir es toparse con edificios que combinan el modernismo en colores pastel con lo ultramoderno, es mezclar lo que era nuevo aprincipios  del siglo XX y lo que lo es hoy. Es ver la majestuosidad de una de las Bahías más hermosas del mundo (sólo superada por Acapulco) y el buen trabajo de un principado que ha sabido atraer de los más ricos, a los mejores. 

Por si lo bello y elegante no fuera suficiente, la gente en Mónaco es amabilísima. Los policías, los locales, los dueños de negocios, los que atienden al turista se aseguran de aclarar todas las dudas, de que tomes el camino correcto y de que la pases bien. La seguridad es fuerte. Hay guardias armados a cada esquina y eso en vez de causar temor, da seguridad. 

Pasar el Viernes Santo en Mónaco es un sentimiento contrastante. Se vive con discreción el duelo católico, se manifiesta en pequeños pendones que envuelven las farolas en la calle, en las luces violeta que iluminan el interior de la catedral o el santo entierro que está a un lado del altar mayor. También se exhiben las estaciones del Vía Crucis por toda la escalinata que va desde la estación del tren hasta el Palacio Real. Esta dispuesto con esa discreción que invita a participar al que quiera. Es un sutil recuerdo de la fecha y un motivo para la reflexión.

La presencia de Raniero y Grace es más poderosa que la de los actuales monarcas. Hay fotos de los antiguos príncipes por todos lados, parece que siguen causando mucho entusiasmo. Sobre sus lápidas, en la Catedral, hay una cruz de Domingo de Ramos y arreglos de flores. Entre las dos tumbas hay una pintura en blanco y negro del día de su boda. 

El mercado es una plaza llena de colores y sabores interesantes. Hay puestos de fruta, flores y verduras. Está rodeada por arcos y portales en donde los turistas y lugareños se sientan a comer las mejores baguettes de tres quesos de la region, tambien las más caras.  

En el casino tal vez siga jugando James Bond y desde el Café de París la entrada a Monte Carlo se ve adornada por pelotas de tenis, ya están los arreglos del torneo más chic de circuito ATP. Tomamos uno de los capuccinos más disfrutables con un sol espléndido. No quiero ver el reloj.  

La hora de partir llega y para variar, no nos queremos ir. Mónaco fue amable, en todos sentidos.

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