¿Qué pensaría Gaudí?

La Barcelona que caminamos hoy es muy diferente a la de hace cien años o a la de hace treinta. La Ciudad Condal se transforma en forma vertiginosa y es, sin duda, una de las que tienenun lugar preferente entre las más modernas del mundo. Marca tendencia. Por supuesto, el disfrute de los espacios püblicos es la prioridad. ¿Cómo se transformó tanto la capital de Cataluña? 

Cualquiera que haya leído Nada, de Carmen Laforet entenderá la metamorfosis que sufrió Barcelona. Dejó de ser esa ciudad de cenizas, gris, sombría, habitada por gente fantasmal y apeñuscada que se describe en la novela, a ser un ícono y una de las ciudades que se ostenta como marca reconocida. Ahora las banquetas son más anchas, el carril para bicicletas tiene el  espacio que antes era de los vehículos, pero el rey es el peatón. 

En los camellones de las ramblas se aprovechan los espacios para colocar terrazas en las que la gente se sienta a pasar el rato o a comer, segün la hora. Barcelona se deja habitar y ya no importa que los departamentos sean habitáculos minúsculos porque la gente se sale a caminar, a leer, a pasear, a vivir la ciudad. Muchos han abonado a la transformación de la ciudad, desde Picasso, Miró, Domenech i Montaner, y desde luego Antoni Gaudí.

El movimiento Modernista empezó el cambio de Barcelona a principios del siglo XX y la situó en el lugar de avanzada. Mentes como la de Gaudí y su concepción del mundo adelantaron a esta ciudad. Entrar al edificio Batllo es darse cuenta de que la transformación de un inmueble y la combinación de ideas puede dar a luz un mundo aparte. Apenas al atravesar la puerta, el visitante entra a un universo marino-prehistórico que maravilla y sorprende. Formas curvas, nada de filos ni de picos ni de esquinas angulosas,  todo es suave e invita a ser tocado. Los materiales, muchos recliclados, forman una pedacería artística que fascina por la combinación de reflejos y colores. Vitrales, pisos de madera, pasamanos ondulados, azulejos de distintos tonos de azul, un blanco tan limpio. Adiós a la visión de cenizas de la Barcelona de Laforet.

Sí, Gaudí como arquitecto estaría muy complacido. Sin embargo, él un hombre no sólo religioso sino espiritual, tal vez no se sentiría tan complacido con lo que se hahecho con la Sagrada Familia. Hoy, entrar a este templo católico cuesta 23 euros por persona y no hay descuentos para académicos ni estudantes. Se puede pasar a misa, porque efectivamente se celebra el rito católico, pero en Domingo de Resurrección, máxima fiesta cristiana, se da prioridad a la taquilla. Sí, entiendo que el lugar ya se transformó en un museo, pero no es bonito. Lo únicoque  hace falta es que la gente entre comiendo y se ponga a fumar en en altar.

 Por desgracia, lo mismo sucede en la Catedral y en Santa María del Mar. Los lugares que se construyeron para el culto y la oración, son espacios para las selfies. Y, sé que muchos me dirán que sino fuera así, esos templos no se podrían sostener y mucho menos conservar. También me dicen que la fe no está de moda, más bien al revés,  pero ni Notre Dame, en París, ni Saint Patrick, en Nueva York han caído en esas prácticas. ¿Qué pensaría Gaudí de ver la transformación de su obra máxima en un museo? 

Sabrá Dios. 

 

Mónaco, tan amable

Es fácil quedar prendado de Mónaco. Es el primer mundo en su máxima expresión, en la más glamorosa y elegante forma de ser desarrollado. Apenas llegar a la estación del tren, entre los pisos de granito y el techo de madera de teca, se entiende que se está cruzando una frontera, no tanto política, sino de estilo. Salir es toparse con edificios que combinan el modernismo en colores pastel con lo ultramoderno, es mezclar lo que era nuevo aprincipios  del siglo XX y lo que lo es hoy. Es ver la majestuosidad de una de las Bahías más hermosas del mundo (sólo superada por Acapulco) y el buen trabajo de un principado que ha sabido atraer de los más ricos, a los mejores. 

Por si lo bello y elegante no fuera suficiente, la gente en Mónaco es amabilísima. Los policías, los locales, los dueños de negocios, los que atienden al turista se aseguran de aclarar todas las dudas, de que tomes el camino correcto y de que la pases bien. La seguridad es fuerte. Hay guardias armados a cada esquina y eso en vez de causar temor, da seguridad. 

Pasar el Viernes Santo en Mónaco es un sentimiento contrastante. Se vive con discreción el duelo católico, se manifiesta en pequeños pendones que envuelven las farolas en la calle, en las luces violeta que iluminan el interior de la catedral o el santo entierro que está a un lado del altar mayor. También se exhiben las estaciones del Vía Crucis por toda la escalinata que va desde la estación del tren hasta el Palacio Real. Esta dispuesto con esa discreción que invita a participar al que quiera. Es un sutil recuerdo de la fecha y un motivo para la reflexión.

La presencia de Raniero y Grace es más poderosa que la de los actuales monarcas. Hay fotos de los antiguos príncipes por todos lados, parece que siguen causando mucho entusiasmo. Sobre sus lápidas, en la Catedral, hay una cruz de Domingo de Ramos y arreglos de flores. Entre las dos tumbas hay una pintura en blanco y negro del día de su boda. 

El mercado es una plaza llena de colores y sabores interesantes. Hay puestos de fruta, flores y verduras. Está rodeada por arcos y portales en donde los turistas y lugareños se sientan a comer las mejores baguettes de tres quesos de la region, tambien las más caras.  

En el casino tal vez siga jugando James Bond y desde el Café de París la entrada a Monte Carlo se ve adornada por pelotas de tenis, ya están los arreglos del torneo más chic de circuito ATP. Tomamos uno de los capuccinos más disfrutables con un sol espléndido. No quiero ver el reloj.  

La hora de partir llega y para variar, no nos queremos ir. Mónaco fue amable, en todos sentidos.

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