Capri

Dicen que la primera vez que Tiberio fue a Capri se mareo tanto que decidió jamás volver a Roma y que por eso se quedó en la isla. De nada valieron los reclamos del Senado para que volviera, el emperador se rehusó a abandonar su lugar de seguridad, y prefirió que los asuntos de Estado le fueran tratados directamente en la villa frente al mar. Puede ser que fuera eso o que como cuenta la Historia, el emperador harto del odio que le tenían los romanos, decidiera quedarse en ese pedazo de cielo que da enormes limones y desde donde el Vesubio es más imponente en los días de sol.

Sea la que hubiese sido Tiberio tuvo razón. Si fue por lo del mareo lo entiendo, esta mañana el mar amaneció de mal humor y decidió cobrarselas todas juntas al barquito que nos lleva de Nápoles a Capri. Las olas lo hacen saltar y me parece que voy abordo de uno de papel que está a punto de deshacerse entre los remolinos azul profundo del mar. Todos los pasajeros tienen la cara amarilla, como de cera, la mirada fija y muchos piden bolsas de plático que los empleados distribuyen por todos lados. Mi Compañero de asiento la usa varias veces, igual que muchos otros. A mí el estómago me da vueltas y respiro profundo. Son los cuarenta y cinco minutos más largos de toda mi vida. Juro en silencio que no volveré a subirme a un artefacto como estos y de inmediato recuerdo que así como llegue hay que volver.

Al pisar tierra me abstengo del impulso de besar el suelo, sin embargo, a pesar de estar en tierra firme el bamboleo del barco sigue instalado en el cuerpo. Respiro, jalando mucho aire y Capri se muestra magnífica. Casi se me olvidan todos los males padecidos y vamos a comprar los boletos del funicular. Subimos de inmediato y en la cima, al salir del edificio de la estación, la vista de la isla, la playa y el mar nos dan la bienvenida. Barcos, veleros, barquitas de pescadores y las que van llenas de turistas se mecen en el agua y el paisaje de flores y limones inmensos me hacen sonreír. ¿Quién se acuerda de los males padecidos hace cinco minutos? 

Nos perdemos entre las callecitas y estamos profundamente felices. El tiempo se va corriendo, nos sentamos en una  terraza con una imponente vista del acantilado y el mar que se pinta de rayas color turquesa y azúl marino. La cerveza sabe mejor con semejante paisaje y no hay mejor pizza margheritta en el mundo. Qusiera probar todos los platos del menú pero recuerdo que hay que volver y no se me antoja hacer uso de la bolsa de plástico. 

Emiliano, el chofer del taxi, nos lleva a conocer Anacapri, subimos por una carretera estrecha y muy empinada. De un lado está la montaña, del otro un acantilado profundo. Ir a Anacapri ya no me parece tan buena idea. Los coches pasan rosandose y cada que cierro los ojos, el conductor se muere de risa. Nos lleva a conocer una gruta  donde se venera a la Virgen de Lourdes. Por fin llegamos a Anacapri. Paseamos por la calle peatonal y sin que podamos remediarlo ya es tiempo de volver.  Pensar en el barquito me da nauseas.

Sin duda, el emperador Tiberio tuvo razón. Mientras voy bamboleándome en el barquito de regreso a Nápoles no tengo duda de que sea cual fuera la razón que tuvo para quedarse en Capri, miedo, mareo o amor a un lugar de ensueño, estuvo en lo correcto. Siempre hay un buen pretexto para no abandonar Capri. Sí, hay que volver.  

    

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