Ver París

Ver París es emocionante, es recorrer la mirada y toparte con la elegancia que se eleva en forma de torre junto al Sena, o se materializa como un Arco del Triunfo, o se transforma en el albergue de la Ópera, o se asienta en la cima de la montaña de Montmartre o sencillamente es un toldo rojo o una brasserie o un suculento crème brülée. 

Vi París a través de los ojos de mis padres, que vivieron aquí en el 68, que caminaron esas calles tan legendarias y tan modernas en donde se gestaban las ideas para cambiar al mundo y se escrbían los mejores textos, las novelas más interesantes  y los poemas más sobrecogedores. La ideas vienen de París, fue el título que Paz eligió para uno de sus mejores ensayos.Por mis padres conocí la vida  parisina que ellos tuvieron, en la que todo era tan diferente y sorprendente, la comida, los compañeros, el idioma,  que poco a poco se fueron convirtiendo en la cotidianiedad de una pareja de jóvenes que volaron a la Ciudad Luz a habitarla como estudiantes y a hacerla suya. Con sus palabras, desde chica la imaginé y la amé aún sin conocerla. 

Vi París, por primera vez, con una mochila al hombro y muy pocos billetes en la bolsa. ¿Quién se quiere ir de ahí jamás? Entonces se entiende que la elocuencia de las palabras no bastan para hacer justicia a todo lo que es la capital francesa. Ni Cortazar ni Henry Miller ni Borges ni Camus ni Fuentes ni Paz ni nadie puede hablar de París lo suficiente como lo hace ella por sí misma.  Todo fue días de sol, baguettes, un hotel muy modesto y admiración. Volví. Vine en la luna de miel para enterarme que la ciudad es muy generosa con los recién casados. También regresé con mis padres que me enseñaron más motivos para adorar París. 

Vi París cuando Roger Federer alzó la Copa de los Mosqueteros al ganar, por fin, el torneo de Roland Garros. Empujé la carreola de mis hijas por los jardines de la Orangerie, por Champs Elyseés, por la Avenida de la Ópera. Era enternecedor ver a Danny feliz cada que descubría la punta de la Torre Eiffel y a Andrea correr feliz en el Parc Floral. Entendí que cualquier motivo es bueno para volver a caminar por las calles parisinas. No hay pena que no se disuelva en una mesa en el Café de la Paix. 

Pero ver París a través de los ojos de mis hijas es una de las emociones más gratas de la vida. La una más interesada en en interior del Museo D’Orsay y la otra en perderse por las calles de la ciudad. Una enamorada de Notre Dame, la otra del Sacre Cœur. Cada una en su momento, dejó mil sonrisas y me hizo entender que ver París con ellas es lo mejor que una madre puede tener como regalo de vida. Ese es mi arco de triunfo. 

No me quiero ir, dice Dany mientras ve la Torre Eiffel iluminada. Yo tampoco. El Sena tiene un color tan lindo esta  noche anticipa el chubasco que nos despedirá temprano en la mañana. Siempre que me voy de París llueve, como si fuera un signo de alianza para volver pronto, pronto. 

 

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