Los pasos de López y la visión particular de Jorge Ibargüengoitia

Los pasos de López,

Jorge Ibargüengoitia,

Joaquín Mortiz,

México, 1987

 

Tocó el turno de salir de los estantes a Los pasos de López de mi amadísimo Jorge Ibargüengoitia. Lo tomé entre las manos consintiendo ese cosquilleo que brota en el estómago cuando vas a encontrarte con alguien entrañable, con esa sonrisa bobalicona de quien espera grandes cosas del autor. Ya he dicho que Ibargüengoitia es uno de mis autores favoritos y que la pluma se tropieza cuando se escribe de lo que se considera casi, casi propio.

El autor se reconoce desde los primeros renglones. Encontramos las señas de identidad de esa pluma ácida y sardónica que sabe hacer uso de la ironía como pocos han logrado hacerlo. Ibargüengoitia elige los hilos para tejer la trama de Los pasos de López entre las fronteras de la Historia, las leyendas, los mitos, los chismes que se guardan en la médula de la mexicanidad.

Toma sucesos y anécdotas para salpimentarlos con ficción y verdad tergiversada. Cuenta, a su modo, una historia que ya creemos conocer, nos seduce a pensar que estamos frente a una novela histórica que trata de la Guerra de Independencia de 1810, o de su primera parte, pero los nombres no coinciden aunque las intrigas se parecen. Desde luego, lectores y autor podrán encontrar muchas similitudes, no obstante, Ibargüengoitia consolida una novela que, con independencia de los guiños históricos que hace, se planta por sí sola. No hay necesidad de conocer el pasaje de la Historia de México para seguir el hilo conductor de la novela ni para entender a carta cabal de qué va lo que nos cuenta.

Para cualquier nación su Historia oficial, esa que nos cuentan en los libros de texto, sus mitos y verdades, las leyendas que forjan héroes y malvados, adquieren relevancia en la construcción de una mirada que fragua la identidad. La potencia se acentúa cuando se aborda el nacimiento de una personalidad nacional. El pasado se convierte en un refugio y en una fuente inagotable de fantasías. El trabajo de quien escribe novela histórica no es serle fiel a los sucesos tal como sucedieron. Es dialogar, a partir de la Literatura con los personajes históricos, es imaginarlos y prefigurarlos, es darles voz y verlos actuar la anécdota, reflexionar, dudar, cometer errores. Es ponerlos a respirar y quitarles lo solemne a lo que la Historia a ritualizado.

Con un juego de espejos, el autor construye en la novela un espacio para que los Héroes que dieron patria y libertad no se sientan abollados. La identidad queda oculta tras nombres ficticios que son fáciles de descubrir ya que esta gesta heroica es ampliamente conocida. Insisto, aunque no se conociera, la novela tiene sólidos cimientos para correr por sí misma.

Es una novela que se narra en primera persona en la voz del teniente Matías Chandon que se ve involucrado en forma casual, casi como un tropezón, en el movimiento de insurrección que busca la Independencia de México. Chandon relata los hechos cuando éstos ya acontecieron. Al inicio de la novela vemos a un hombre que narra desde la ingenuidad y la inocencia que da el desconocer lo que ha de venir. No tiene idea de que se va a convertir en un General del Ejército Libertador.

Periñon, el sacerdote que se identifica como el padre fundador de la insurgencia es un hombre inteligente y apasionado que aparece como un individuo con debilidades y virtudes idénticas a las de todo el mundo. Se desmitifica al héroe, se le baja de los altares patrios y se le describe como un hombre humanizado. Parte de la desmitificación viene de los nombres Matías Chandon, recuerda la marca de champaña Möet Chandon y el del cura suena como el del monje que descubrió la bebida burbujeante, Dom Periñon.

Periñon es López y el autor lo revela de la siguiente forma:

“Periñon dio como siempre, cuatro golpes pausados y, como la primera vez, la voz cascada advirtió:

—Aquí no hay nadie, ya todas las muchachas se durmieron.

Entonces Periñon anunció:

—Es López.

Inmediatamente se descorrieron los cerrojos, se abrió la puerta y salieron a la calle media docena de putas que se hincaron en el empedrado y besaron la mano de López” (80)

La emoción regente de la novela oscila entre la actitud titubeante, como la del cura Juanito Pinole, y traidora de algunos personajes como Adarviles que no se cansa de traicionar a lo largo de la novela, y la convicción desorganizada de otros. Por un lado los criollos dudosos de traicionar a la Corona y por el otro, gente que no sabía cómo y por qué pero seguía al señor cura:

“—Queremos que nos lleves a donde vayas.

—¿Y, a dónde creen que voy?

—A donde quieras.

—Con estas palabras que oyen, quedan admitidos como soldados del Ejército Libertador.

Al paso que vamos, nunca tendremos un ejército en forma. Todos tenían hambre, cosa que habría de convertirse en una de nuestras mayores preocupaciones” (120)

Ibargüengoitia retrata los contrastes sociales, los pobres y los ricos, los indios y los criollos, los apellidos y lo hace mostrando y apuntando con sutileza lo que el autor quiere que el lector atento note. Lo hace con la maestría de pluma de quien domina la ironía:

“Estaba poniendo sobre la cama espléndida mi ropa, que se veía muy modesta” (15)

“—Mire las casas de la gente pobre. Qué bonitas son ¿verdad? Son muy sencillas pero están muy arregladitas. Si usted se fija, en ninguna falta una macetita con flores.” (16)

“Eran indios que traían de lejos, los separaban de sus familias, trabajaban de sol a sol y no les pagaban sueldo.” (17)

“Pasemos a hablar de apellidos, el de usted me suena —dijo Carmelita—. Si no me equivoco viene usted de una familia distinguida. ¿No son los Mejillón Chambón, condes de Casaplana?” (17)

“Nos sentamos a platicar. Ellos se trataban con mucha familiaridad: Pepe era Aldaco, Luis era Ontananza, Periñón era Domingo, el presbítero Concha era Juanito y la corregidora era Carmelita para todos. Yo estaba en otro nivel y me llamaban teniente.” (24)

“En las bancas estaba lo mejorcito de la Cañada, tres bancas llenas de españoles importantes, en la cuarta criollos decentes… y así en orden descendente hasta llegar a la que vendía veladoras en la mesita” (74)

Ibargüengoitia maneja el tiempo como relaciones de cronología entre el relato y la historia. En general, elige una estructura lineal en la que los sucesos siguen un orden temporal de la cadena de sucesos en la diégesis. Sin embargo, en ciertos momentos de la historia hace uso de la prolepsis, en la que hace referencia a la anticipación de hechos incompletos por medio de una frase plantada, aparentemente con descuido, y cuyo fin es dejarnos claros un punto del futuro narrativo y la forma en que ésta se resolvió:

“Cuando supe esto más agradecimiento sentí hacia Don Pablo y más pena me dio lo que ocurrió después” (93)

“No uno ni otro sabían que aquella sería la primera y la última vez que el padre Pinole entraría en la casa de los Aquino”(99)

“No me imaginaba que aquél era el principio de la acción militar más vergonzosa en la que he participado” (106)

Consciente de que en la novela hay espacio para todo, Jorge Ibargüengoitia se hace espacio para incluir una escena dialogada en forma de guión de teatro. (115-116) Pero también constriñe la historia y no deja que crezcan ramas que únicamente contribuirían a dar follaje sin aportar valor a la anécdota central.

“Contó la leyenda de que los antiguos propietarios habían construido un cuarto secreto. No interesa.” (71)

Nos sumerge en el ambiente de guerra, que es fúnebre a pesar de la victoria.

“—Mira, pon a tu gente a hacer zanjas para enterrar a los muertos.

El entierro es la parte más terrible de la victoria.” (156)

En Los pasos de López, las masas insurrectas carecen de rostro y de personalidad, son sobajadas como chusma y su presencia anónima y multitudinaria se consigna entre la burla y el desprecio. No se detiene a elevar alabanzas sobre la grandeza de la gesta independentista y elige acertadamente a un narrador carente de convicciones que se deja llevar por la oleada de acontecimientos, como seguramente sucede en muchas ocasiones a los que participan en una lucha armada.

 

Dice Juan Villoro que la Literatura sirve para arreglar la verdad y acomodarla como más nos guste. Ibargüengoitia acomoda, un gresca, tal vez la Guerra de Independencia de México, y da su propio punto de vista sobre quienes fueron los Corregidores, sobre los espacios campiranos que adorna con nopaleras y huizaches, sobre el ejército, las batallas, la lealtad y la traición. No defrauda jamás, la pluma hiriente, del maestro de la ironía. Nos enseña a héroes que se equivocan en el peor momento en forma garrafal y nos deja ver los aciertos de los antagónicos en los minutos cruciales.

Como punto final nos vuelve a jugar una pasada:

“Diecisiete años pasaron antes de que alguien se diera cuenta de que, en el acto de contrición que le llevaron, Periñon, en vez de firmar, nomás escribió López” (171)

Por eso, conviene seguir Los pasos de López. Perderse entre los renglones que fueron escritos por una mano que sabía empuñar la pluma

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