La era digital oscura

A veces me gana la risa al leer renglones que queriendo ser grandes sentencias terminan siendo un enorme y vulgar lugar común. No se trata de burlarse de los que hablan de nada frunciendo el ceño y elevando el dedo índice, ellos merecen mi respeto. Los que se llevan las carcajadas son esos que hablan de la trascendencia como algo despreciable cuando a las claras se ve que es lo único que les interesa. Entonces, con gran hipocresía, teorizan sobre la banalidad de la huella del hombre y esperan que sus ideas se lean por varias generaciones. Sin pudor hablan de la levedad del ser pero le temen a la era digital.

En un artículo firmado por Miguel Ángel Criado, leo que esta generación no dejará rastro, que gran parte de la información digital será inaccesible en el futuro por el deterioro de los datos o por la obsolescencia tecnológica. Reporta con terror los estudios de la Universidad Northeastern que documenta que el 20% de los tuits publicados han desaparecido y se asusta por lo que Vinton Cerf, viecpresidente de Google, llama la era digital oscura. 

La era digital oscura es el pronóstico de la pérdida de todos los datos digitales que se han producido en Internet, es decir, lo efímero de un post en facebook, de un tuit, de la entrada en un blog, de un artículo en una revista en línea, de una foto subida a Instagram. Nos advierten con voz llorosa y cabelleras despeinadas que no podremos salvarlo todo que debemos cuidar nuestros datos. ¿Por qué tanta angustia señores? Nada es eterno.

No lo es el papel de los libros impresos, ni de las revistas, ni de las fotografías. No lo es la piedra en la que se esculpió el Calendario Azteca, ni la Rosetta, ni la Piramides de Giza, ni las esculturas de la entrada a Nínive. Tampoco lo es la tinta con la que se redacto el Codex Romano ni la pintura de los frescos del Renacimiento, ni las tinturas de las cuevas de Altamira. Tampoco los oros de la iglesia churrigueresca de Santo Domingo en Oaxaca, ni las platas de la Catedral de Toledo, ni los marmoles del Vaticano. No lo son los huesos del Hombre de Cromagnon, ¿por qué habían de serlo los bits y bytes?

A veces creo que nos quieren asustar con espejitos. Nos perdemos en la vanalidad y le otorgamos complejidad a lo que no la tiene. Es posible que muchos se amparen en este pretexto para dejar de crear. Al son de ¿para qué si al final todo será destruido? Se quedan quietos sin hacer nada. ¡Patrañas! Es verdad que en esta era hay más medios que buenas ideas, que la genialiad escasea y se vuelve cada vez más rara. También es cierto que la trascendencia no depende de la maravilla sino de la suerte. ¿Cuantas obras bellas quedaron ocultas en una partitura que no encontró la fortuna de un mecenazgo? ¿Cuántos poemas, cuentos, novelas, oleos, aguafuertes, valses, chachachás, peliculas y videos? Lo mismo sucederá con nosotros. ¡Claro que dejaremos huella! Quedará registro de lo que fuimos, no tengo duda. No quedará todo. Jamás ha quedado todo, ¿para qué querríamos todo?

Sobrevivirá lo que encuentre el camino. Lo hará de la forma tan misteriosa como la de una botella que tirada al mar lleva un mensaje a su destinatario. Hoy, es importante darse a la tarea de explotar las plataformas, provocar le pensamiento dinámico, lograr que se ilumine un pedacito de mundo. Estoy segura de que si algo es bello, siempre tendremos la posibilidad de rescatarlo y hablar de lo que fue.  



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