Mal por bien.

A veces el diablo se cruza y te escupe en la cara. Lo hace con toda la alevosía y mala sangre que lo caracteriza. Te sorprende. El golpe de suerte obra a su favor, te deja descolocado y con una sensación sulfurosa que es difícil de manejar. La intención, evidentemente malvada, es hacerte perder centro y lo logra. La serenidad que se construye a fuerza de perseverancia y pasos de humildad, se vuelve un torbellino veloz que gira rápidamente y se va por un hoyo para desaparecer.
No hay tiempo para contar hasta diez ni para respirar profundo. Se abre la caja de Pandora y entran en la mente todo tipo de fatigas y de males. El telar de los pensamientos se mancha de rencor, ira y deseos de venganza. ¡Me las pagarás!, gritas y buscas los hilos que te lleven a una buena revancha. Y la risa que sale desde el último círculo del Infierno cala más que el olor a ácido sulfúrico.
Sabe como hacerlo, sabe lo que duele y lo que irrita. El ritmo cardíaco se eleva y la respiración se agita. Es justo decir que de inmediato se sale con la suya. Te roba la felicidad y se lleva la luz. Logra que las llamas del averno te quemen las entrañas. Accede a ese lugar de la mente y echa a andar la maquinaria de la venganza. ¡Esto no se queda así!
Al verte rabiar, sonríe. Aplaude satisfecho y se frota las manos mientras ve como rechinan tus dientes y el alma se avinagra. Se va, con los cuernos elevados, sacando el pecho, pavoneándose mientras te deja hecho ovillo, con el estómago revuelto y el rostro mojado en lágrimas.
Mándale bendiciones, escúchame. La voz es dulce y potente. La mirada es limpia y no puedes creer que el Ángel de Dios te esté diciendo eso. ¿Por qué no eleva el dedo y le envía un rayo destructor que le dé su merecido? ¿Por qué permites que a los malos les vaya bien? Esperas consuelo y recibes una orden impensable, enrevesada, sin lógica. ¿Cómo le voy a hacer?, preguntas mientras pasas la mano temblorosa por el rostro. No puedo. Sí, puedes. Inténtalo y verás.
Es un sinsentido, te quejas. El corazón hecho pasa quiere hacerle caso pero la mente de piedra se niega a entender. La lengua sabe a ceniza y el cuerpo quiere estallar. No se debe mezclar el bien con el mal, es una peste difícil de tolerar. No le abras paso a la oscuridad, será esa mancha de tinta que se expande sobre la tela del mantel tan blanco, que crecerá hasta ensuciarlo todo. Quítate de ahí. Ese es tu albedrío.
El que busca el mal, atrae al mensajero más cruel. Si devuelves el daño, la calamidad habitará en el centro de ti casa. El comienzo de la riña es como soltar un torrente caudaloso de agua sucia, mejor alejarse de ahí antes de acabar manchado, sucio. Vete, antes de que empiece.
Bendecir al que te hizo mal. Devolver bienes al que no se cansa de maldecirte. Complicado pero no imposible. Comienza a decirlo bajito, para que sólo tu lo oigas, y de la misma forma en que crece la mancha de tinta, así toma potencia la chispa de luz que te fue arrebatada. Escúchame, hazme caso. No sabes porque, y comienzas, casi sin ganas a pedir gracia.
El diablo escucha las bendiciones, suda frío y el temblor se convierte en estertores. El paso errático lo lleva a tambalearse hasta la barca de Caronte. Cada bendición forma un grillete de la cadena que lo aprisiona, mientras más sincero es el sentimiento de bondad, más fuerte e intrincado es el tejido de eslabones que lo devuelven al hoyo del que no debió salir. El corazón perverso nunca encuentra el bien y el de lengua pervertida cae en mal. El que engendra tristeza, no tiene alegría.
El Ángel de Dios sonríe, no lo dice, pero sientes que te indica que tuvo razón. Volverá, te advierte. Y lo miras con ojos desorbitados. No temas, ya sabes lo que debes hacer.
Entonces abres los ojos y todo parece tan normal, tan cotidiano, tan lo de siempre. La respiración vuelve a ser rítmica y el corazón late acompasado. Elevas la mirada. Sonríes. El corazón alegre es una buena medicina. La serenidad vuelve a habitarte. En realidad, no hay nadie que te la pueda quitar si no la entregas. Ahora sí. Respira. Vuelve a caminar y no mires atrás.

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