Al borde del acantilado

Al borde del acantilado la piel se pone de gallina y los dientes tiritan. Los vientos soplan, revuelven el pelo, agitan la falda y mueven los vuelos del abrigo. Las orejas se congelan, las manos se entumen, los huesos duelen. La voluntad rechina. Las copas de los viejos árboles conocidos susurran mensajes ininteligibles, van de arriba a abajo y de un lado al otro, como si quisieran hacernos entender algo. Es imposible descifrar lo que quieren advertir.
La niebla que llena el hueco del despeñadero es un conjunto abigarrado de nubes aborregadas. Imposible hacer cálculos. No se puede determinar la profundidad del pozo. Parece hondo e inseguro. Al lanzar guijarros no se gana nada. No hay respuesta, ni se escucha el eco del golpe al llegar al fondo. ¿No hay fondo?
Lo que no hay es certeza de lo que hay después de la cortina de nubes. Puede haber un hermoso río o un arroyo envenenado. Puede que existan mejores paisajes y vistas más propicias. Puede, pero no se alcanza a ver nada. Sólo hay seguridad de lo que se tiene enfrente y la sangre se hiela, más que por el aire que azota el rostro, por el miedo que da lo que se tiene a la mano.
Sería magnifico caminar conociendo el destino de los pasos. Pisar firme, sin dudar que se va al mejor sitio. Pero no se puede ver. La niebla comienza a subir, a enredarse entre los tobillos, hasta ocultar la punta de los zapatos. Es preciso moverse, quedarse quieto es peligroso.
El corazón brinca y se acelera. La piel de la nuca se eriza. Las mandíbulas se aprietan. Cerrar los ojos no sirve. Abrirlos, tampoco. No hay brújula. No hay sextante. La intuición está hecha hielo.
No. No es con los ojos físicos que se encuentra el camino. Es elevando la mirada que se otorga dirección. Es abandonándose a lo alto que se acierta. Soltar las amarras y sentir que se descubre la forma de que el velero navegue en las olas algodonosas del mar de nubes, del mar de incertidumbres, del mar de miedos.
Al borde del acantilado, el viento se acelera y el aire se escuchan los mensajes incomprensibles de los árboles. Si ellos tienen la respuesta, me gustaría entenderlos. Si ellos son la protección, me encantaría que desenterraran sus raíces y me acompañaran. Si ellos saben lo que siento, ¿por qué no me dan un abrazo de consuelo?
Todavía piso tierra firme, pero ya no veo la forma de los zapatos. Es hora de moverse y hace tanto frío que los pensamientos se entumen. Así, es complicado entender dónde es adelante y qué es ir para atrás. El vértigo invade el ambiente y no hay tiempo que perder. Sólo queda desear que el rumbo sea el correcto.
Antes de seguir, persignarse. Son tiempos de buscar más serenidad y me os certeza. ¿Es eso lo que quieren decir las copas de los árboles? El movimiento que las sube y las baja parecen estar asintiendo.

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