Un ritual de mañana de domingo.

Lo digo en serio, si mi abuelita me viera, se volvería a morir. Ella tan hermosa y correcta, no permitía que se le viera despeinada y sin arreglar bajo ninguna circunstancia. No había pretextos para mostrarse al mundo como no fuera impecable. Pero encuentro un placer travieso en este sencillo ritual de domingo.
Por favor, no se lo digan a mi mamá, ella también desfallecería de vergüenza, pero los domingos, a media mañana, cuando el sol ya brilla en lo alto y, justo después de desayunar, me pongo encima de la pijama un suéter largo, gordo y pesado, y salgo a comprar el periódico. Incluso me voy en pantuflas.
Para aligerar el escándalo, debo decir que la pijama parece ropa para hacer ejercicio, pero yo sé que es mi pantalón y mi camisa de dormir. El suéter ayuda a disimular. Además, aunque no es temprano, a esa hora todavía no hay mucha gente en la calle. Sí, pero el puesto de periódicos está frente a un restaurante en el que siempre hay cola para entrar a desayunar. Me siento como si fuera, por esos minutos, una persona distinta. Como si alguien más habitara mi piel por esos momentos y, al verla, me hiciera reír.
El ritual tiene todo lo raro y lo ajeno de una excentricidad. Mi esposo me pregunta por que mejor no me suscribo a la edición dominical del periódico o por qué no me conformo con el que llega a diario a la casa. Mis hijas me sugieren leerlo en Internet. Todas esas son posibilidades sensatas que le quitan el gusto al ritual de domingo. La travesura manda.
Salir de casa, como a hurtadillas, con la esperanza de no toparse con alguien y al mismo tiempo gozando de caminar lento, del paisaje de las casas de mis vecinos, del gusto de habitar en mi barrio y de que el dueño del puesto al verme llegar, me sonría y sin preguntarme me entregue lo que fui a buscar. Ya sabe cual es el diario que me interesa.
Luego, volver. Desandar los pasos con el preciadísimo rollo de papel entintado que me servirá de conducto para reencontrarme con Marías, con Manuel Vincent, con Elvira Lindo, con Cercas, con Millás, con Rosa Montero y que me aproximará a las costas del otro lado del Atlántico. Y me siento allá, estando acá.
La extravagancia del ritual se descompone en varios elementos, para muchos radica en leer un periódico con noticias extranjeras, para otros leer un periódico de papel y mancharme los dedos de tinta, para mí, la aventura se cifra en la hermosa travesura de salir en pijama a la calle. Pero, por favor, no se lo digan a mi mamá. Se paralizaría de vergüenza. Pero, ni modo, me gusta hacerlo. Imagino que mi abuelita, allá donde está, tal vez se lleve la mano a la boca y, disimuladamente, se muera de risa.

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