La hora del Presidente

Otra vez, nos duele la frivolidad de nuestros gobernantes. Nos tropezamos con la misma piedra que nos hizo ampolla a lo largo de los gobiernos priistas del siglo XX y que fue heredada por los panistas en los últimos años. Nadie se salva, ni la izquierda ni la derecha ni el centro ni gobernadores ni legisladores ni jueces ni nadie.
Nuestros gobernantes no están a la altura de los tiempos y mientras la Universidad de Berkley apoya una investigación periodística que nos da a conocer la nueva versión del caso Ayotzinapa, aquí le aparecen casas a los funcionarios de la primera línea del poder.
En el humo de la banalidad y en pleno Guadalupe-Reyes, confiando en que estamos distraídos entre festejos y posadas, un Secretario de Hacienda sale a dar explicaciones inverosímiles sobre la forma de operar un crédito personal. El señor Videgaray nos exhibe dos alternativas, o es un imbécil que no sabe de finanzas, lo cual está mal o es un corrupto que dice mentiras, lo que es peor. Es peor porque su figura mancha el prestigio de México y porque con su credibilidad por los suelos le será muy complicado operar las reformas, en casa y fuera de ella.
Antes, la Primera Dama nos de cátedra del mal actuar, de pésimo oficio y con la cara llena de fastidio da una explicación absurda que, es claro, ni entiende ni quiere dar. La pusieron a representar un papel que le quedó grande y a entregar cuentas que no sabe procesar. Su imagen, popular entre la gente a la que le gustan los dramas de telenovleas, cayó, incluso entre ellos.
El Procurador de la República está cansado y ya no quiere dar explicaciones, parece como si estuviera caminando sobre la cuerda floja y eso, además de complicarle la vida lo hubiera dejado exhausto. En vez de tener un funcionario empático, tenemos a un tribuno fastidiado que desea retirarse a sus aposentos a ver cómo se incendia Roma.
El Presidente huye, en plena efervescencia nacional, a justificarse frente al gobierno Chino del porque le canceló un contrato a una compañía constructora y abandona a padres de familia angustiados y a mexicanos que queremos un estadista, no un maniquí. De los integrantes de la familia presidencial, mejor ni hablamos. No les falta asesoría, les falta estatura.
En medio de un cochinero en el que de un momento a otro aparecieron Guerreros unidos, alcaldes criminales, esposas que se dedican al crimen organizado y aún sin entender qué hacían los muchachos de la normal de Ayotzinapa en Iguala, ahora nos enteramos de una supuesta intervención de la Policía Federal, del Ejército y de la presunción de que el mismísimo Secretario Osorio estaba enterado, en tiempo real, de los acontecimientos.
Enardecidos unos, indignados otros, con los ojos del mundo puestos en México, no le vemos tamaño a los que debieran estar en control. No hay sorpresas, más bien nos deberíamos estar acostumbrando a la frivolidad de los gobernantes.
En el centro de la crisis, la hora del presidente, esa en la que el señor que despacha en Palacio Nacional debe salir a resolver el conflicto, ya pasó. No lo hizo. Se le fue en un viaje absurdo y en apagar el fuego de una casa blanca que quedó manchada. Se le fue poniendo a una mujer que nos aclaró que no es funcionaria pública, pero que goza de las mieles del presupuesto, a dar la cara por él. En estos momentos, la hora del presidente que esperamos los mexicanos no es la de pedir perdón por sus faltas o por sus incapacidades, es la hora de rendir cuentas, de salir a decir la verdad de lo que sucedió. Es la hora de desmentir lo que no sea cierto, de acabar con los rumores que hacen ruido, de asumir responsabilidad y de ajustar su gabinete.
Es la hora de demostrar que está ahí para gobernar y no para robar. No queremos regresar al presidencialismo al ultranza, queremos que se ponga a trabajar, que nos de cuentas y nos diga, en verdad, qué pasó. Es hora de dejar a un lado la frivolidad y crecer a la altura que México necesita. ¿Podrá?

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. marisolgomezg
    Dic 16, 2014 @ 07:51:07

    Muy bueno y cierto.

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