Leer en invierno

Leer en invierno es distinto a leer en verano. No es lo mismo leer sin reloj, hasta que el cuerpo aguante, tumbado en una hamaca con el aire cálido como compañero que hacerlo con temperaturas bajas que no te entusiasman a salir a sentarte en una banca al aire libre a pasar hojas y recorrer renglones.
En invierno, las cosas tienen otro ritmo y otras velocidades. Las vacaciones vienen aparejadas con múltiples compromisos. Brindis, abrazos, fiestas, compras, regalos, tráfico, ruido y ajetreo que no dan oportunidad de leer sin que el reloj esté marcando la hora para arreglarse y salir a cumplir el siguiente compromiso. El minutero se manda sólo y las medidas de tiempo invernales rinden menos. El segundero inicia una carrera vertiginosa al arrancar y se le hace tarde por dar la vuelta a la carátula del reloj. El titilar de la iluminación nos marca un compás acelerado en el que corremos de aquí para allá tan rápido que llegamos a olvidar si ya llegamos o estamos por salir.
Pero la lectura en invierno tiene un sabor especial. Entre los aromas a ponche, canela, tejocotes o a chocolate espumoso, las páginas de un libro adquieren sabor. Incluso el café de todos los días mezclado con la página del periódico adquiere un sabor especial. No sé si es el frío, o las luces navideñas, o el tono de fin de año lo que hace que las palabras tengan un gusto distinto.
Tal vez sea una especie de magia la que se confabula en estas épocas la que nos lleva a elegir autores que nos marcan tiempo y ritmo, aunque hay quienes no creen en eso y más bien optan por pensar que las en elecciones la voz cantante la lleva el subconsciente y hay otro grupo que afirma categóricamente que la responsabilidad es de quien elige.
Yo, que tengo fe y que creo que las musas tienen su parte en la selección, digo que leer en invierno sabe diferente y que hay autores que se aprecian mejor si se leen enrollados en una cobija, entre cojines y acariciando a un gato.
Es posible que entre el almíbar del pastel de frutas, los moños, el papel brillante de las envolturas, los abrazos, las felicitaciones y los buenos deseos, los libros cobren movimiento y aprovechen para acercarse y quedar a la distancia precisa para saltar a nuestras manos y hacernos correr aventuras.
Las lecturas invernales conllevan un misterio especial que es inútil explicar. Descifrar cómo fue que ese libro llegó a nosotros, sin importar que haya sido un regalo, que lo haya dejado un duende en nuestro buró es inútil. Lo mejor de las lecturas invernales es arrebujase en el sillón y disfrutar de entrar ese mundo sin límites que es un libro.

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