Lo legítimo de las propuestas

En la última recta del año, el mundo sale a las calles a protestar. Lo hacen en Ferguson, en Hong Kong, en Barcelona, en Acapulco, en la Ciudad de México. En cada punto del globo terrestre hay un motivo para indignarse, para salir a la calle a hacer evidente el enojo o el hartazgo.
Aquí y allá se ven dos componentes en las manifestaciones, aquellos que salen con prudencia y en paz a exigir justicia y los que aprovechan el anonimato que se gana entre la multitud para descontrolarse y hacer desmanes que restan en vez de abonar a la protesta.
La gente de bien desprecia estas manifestaciones agresivas y destructivas que empañan los verdaderos motivos que nutren la protesta. Aquí en México, Ayotzinapa es la bandera que se enarbola como símbolo de lucha en contra de lo que ya no se puede más, es decir, de la impunidad, de la insensibilidad, de la corrupción y de la inseguridad.
Es legítimo pedir justicia, exigir empatía, reclamar transparencia, reivindicar la necesidad de vivir con seguridad.
Por eso, cuando veo que sindicatos, partidos políticos, y demás personajes que han sido protagonistas de actos ilegales de los que han salido triunfantes e impunes, cuando su proceder ha sido opaco o definitivamente negro y han sido ellos mismos los que han amparado a delincuentes entre sus brazos, todo se corrompe.
Peor si esas manifestaciones se acompañan de bombas molotov, de cuetones y armas. Más mal si los que terminan detenidos son personas inocentes. Entonces, las manifestaciones terminan en aquello contra lo que se protesta. En actos de ilegalidad, impunidad, inseguridad y plagados de corrupción.
La indignación debe tomar cause y para ello es preciso tener un momento de reflexión. Lanzarle objetos a un granadero, lastimar a un policía, detener gente inocente, destruir comercios no es la forma de acabar con los males que nos aquejan.
Necesitamos expresiones críticas válidas. Es necesario proponer con congruencia. Pedir que todos se vayan es absurdo. Más allá de la irritación, es preciso tener un plan que le dé cuerpo y forma a esa necesidad de legalidad, transparencia, seguridad y armonía.
La urgencia de darle un cause a estas propuestas legitimas se debe traducir en una estrategia antes de que el crimen siga avanzando. Hay que cerrar la puerta a todos esos oportunistas que manchan la legitimidad del hartazgo de la sociedad, ya que al dejarlos pasar también le estamos dando paso a los criminales.
Debemos cerrar la puerta a los que nos quieren llevar por el camino retrograda y suicida de la violencia.

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