Deportistas, estudiantes y encapuchados

Por andar preocupados por el acontecer nacional no les hemos hecho mucho caso a los jóvenes que sí hacen bien las cosas. En el medallero de los Juegos Centroamericanos y del Caribe nuestros chicos van adelante, cosechando preseas, haciendo las cosas como deben ser.
Ellos, que sí tienen nombre y apellido, que dan la cara a México y al mundo, son un orgullo y un ejemplo para los demás. Sonríen orgullosos y elevan los brazos como símbolo de victoria. Reciben el premio al esfuerzo, a la dedicación y a la disciplina. Es decir, a la dieta rigurosa, a las horas de entrenamiento, a los espacios para el sueño, al cuidado del cuerpo y a la renuncia a la fiesta, al reventón. En fin, el amor a un sueño.
Tampoco les hacemos caso a los estudiantes que quieren estudiar, que anhelan tener un título para ejercer una profesión en forma digna. A los que al hacer un examen ponen su nombre y tienen una credencial con fotografía que nos identifica plenamente. A ellos que tarde o temprano tendrán una cédula profesional fruto del esfuerzo, la dedicación y la disciplina. A los que se sometieron al rigor del estudio, entregaron trabajos, hicieron tareas, investigaron y presentaron pruebas.
Deportistas y estudiantes ponen su nombre en alto porque llevan a cabo actividades que enorgullecen a su patria, a su familia y a ellos mismos.
Los encapuchados se cubren el rostro y amparan sus sueños en el anonimato. Nadie sabe sus nombres ni conoce sus caras. Sus grandes anhelos se tapan con un paliacate o un pasamontañas, ¿por? Tal vez no quieren ser recordados como los que quemaron la Puerta Mariana ni les querrán contar a sus nietos que fueron ellos los que incendiaron una estación de Metrobús o presumir que en su juventud sus proezas fueron pintar bardas y romper vidrios.
Dar la cara es importante, habla de quienes somos en forma integral y directa.
Cuando firmo un acta de calificaciones, pongo mi nombre y apellidos como aval de que soy consciente y responsable de quién obtuvo un grado aprobatorio y quién no. Me da orgullo ver mi nombre inscrito al lado del de mis alumnos y siento satisfacción con lo que hago. No necesito encapucharme para hacer mi labor. No quiero.
¿Por qué no nos muestran sus rostros, si en verdad creen estar haciendo lo correcto? Para dar la cara hacen falta dos cosas, valor y honestidad. Esa que gana preseas y obtienen títulos. Esas que hoy elevan miradas felices al cielo y tienen una medalla en la mano.
A ellos son a los que debemos volver la mirada y otorgar nuestro reconocimiento. A los otros, no. A ellos el olvido, el repudio y la vergüenza.

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