La indignación y el sinsentido

Todos estamos indignados. Si algo nos une hoy a los mexicanos es el dolor de ver tanto acto salvaje y el enojo de escuchar explicaciones a medias, que no convencen porque no terminan de aclarar los hechos.
Eso es una cosa pero usar a los 43 normalistas de Ayotzinapa como pretexto para seguir haciendo salvajadas es un sinsentido. Si nos quejamos y nos enfurece la barbarie, no podemos tolerar conductas bestiales. La impunidad ha llevado a México a convertirse en un territorio propicio para enterrar restos en forma clandestina, al lugar en el que se desaparecen estudiantes y luego los buscamos en basureros. No, eso no está bien.
No está bien ponerse una capucha y en el nombre de los 43 prender fuego a la puerta del Palacio Nacional con bombas molotov. No es correcto envolverse en la bandera de los que buscan a los muchachos y romper vidrios, pintar bardas, robar negocios, tirar vallas, incendiar autobuses, paradas de transporte público , lanzar piedras y botellas y salir caminando airosos, como si no hubiera pasado nada. ¿Y las fuerzas de seguridad?
En el calor de la indignación, llegamos al sinsentido. Cuando algo se escapa de un grado de comprensión, me da por sospechar. ¿A quién le convienen estas expresiones de intolerancia? La desestabilización del país, con independencia del partido en el poder, no nos conviene a nadie, o a muy pocos. Es preciso tener cuidado.
El presidente municipal de Iguala ocupó ese puesto gracias al partido que pensaba llevar a su esposa a ocupar la misma posición, fue el mismo que puso ahí a un Gobernador que durante diez días sólo obstaculizó las investigaciones para encontrar a los muchachos desaparecidos y que gobierna el estado en donde supuestamente los incineraron. ¿Por qué no escucho consignas en contra de los sujetos que le abrieron las puertas de par en par a semejantes animales?
Sin embargo, escucho voces que piden la renuncia de Peña, que juzgan al Procurador y le reclaman al ejercito. ¿Por? Es cierto, ellos tienen que limpiar el cochinero y la suciedad se extiende por varios estados que han sido gobernados por partidos de todos colores. Es verdad que sus respuestas son lentas, terribles y brutales. Y, a pesar de ello, es un sinsentido pedir la renuncia del Presidente. ¿Quién se quedaría en su lugar? Los que gritan consignas ¿a quién se imaginan apto para limpiar el cochinero? ¿Al eterno aspirante a la presidencia que palomeó el nombre del que agitó el avispero o a quienes durante doce años no pudieron con el paquete? Pero, si el actual presidente fuera de izquierda o de derecha, tampoco sería buena idea pedir su renuncia. La situación merece mayores alturas de miras que el clientelismo de la oportunidad.
Estamos indignados, sí. Pero los incendios, el vandalismo y los actos salvajes no nos acercan al lugar adecuado. Nos alejan de él. Quemar la puerta del Palacio Nacional con la cara cubierta por una capucha es un acto cobarde que no tiene sentido. ¿Vamos a seguir así?
Ya estamos hartos de tanta impunidad.

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