Cenizas al agua

Una sociedad que descuida a sus maestros, tarde o temprano, paga las consecuencias. El maestro es la figura que educa, acompaña y forma a la persona no sólo en el ámbito académico. Un buen maestro toca vidas, marca rumbo, orienta e ilumina vocaciones. En el aula se construye el futuro de la gente que tarde o temprano moverá los hilos de la sociedad.Por ello un maestro es una pieza estratégica en el plan maestro de una nación.
En los países desarrollados ésto se entiende bien, la figura del maestro se aprecia, la del catedrático se venera. Joyce Carol Oates, John Maxwell Coetzee, Salman Rushdie han dado testimonio de estas palabras escribiendo personajes que llevan un papel protagónico en su sociedad de fantasía, dando clases. Un profesor en un país desarrollado vive una vida digna, sin aprietos económicos . En México no.
Si fuéramos una sociedad consciente y congruente, cuidaríamos a los maestros . Les daríamos el lugar de respeto y los asistiríamos como un elemento valioso. La realidad es otra, al maestro se le paga mal, se le dan condiciones de trabajo de lágrimas y se le ve como a un individuo de poca monta. Ni se aprecia su trabajo y, muchos, tampoco aprecian la labor que realizan.
Ya nos resulta normal ver a maestros tomando las calles, haciendo pintas, vandalizando. No, no lo es. No es normal que los que educan se comporten como maleantes, que no den ejemplo de disciplina, que no se quieran actualizar, que no se sometan a exámenes. En esta confusión, todo se revuelve y el descuido da un campo fértil para que los malos aprovechen.
Así, por haberlos descuidado, hay gente que no es de bien infiltrada en las escuelas normales, es decir, en las que educan a los que han de educar.
La PGR dice que lo que pasó en Iguala con los chicos de Ayotzinapa fue que una célula del crimen organizado se entremetió con los muchachos y que en un ajuste de cuentas, pagaron justos por pecadores. La verosimilitud del dicho es lo de menos. Creer si esto fue lo que en realidad pasó o no ya va más allá de nuestras capacidades de discernimiento.
Dicen que quemaron a los infiltrados y que echaron sus cenizas al río Cocula. Si eso es así, no son las cenizas de las víctimas de los sicarios lo único que fue a dar al agua. Ahí van nuestros dolores, preocupaciones e indignaciones. Ni el llanto ni el rechinar de dientes traerán de regreso a los que fueron quemados, con independencia de quienes sean.
Debemos cuidar las normales, a los maestros. Debemos cuidar a los que educan y forman a nuestra sociedad. Si queremos dejar estos escenarios macabros, ese es un buen comienzo. Eso creo. Lo creo con fe.

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