Por convenencieros

Los partidos políticos en todo el mundo hacen movimientos arriesgados con tal de afianzar plazas o de no ceder territorios. Postulan candidatos que no son de su entera satisfacción pero se hacen los disimulados. Al son de ojos que no ven, corazón que no siente, anotan en sus listas a personajes a los que les dan apoyo, dinero, imagen y los lanzan en campaña. Más aún los llevan a la victoria y los sientan a gobernar ciertos territorios.
Los votantes, al ver el escudo de la organización, tachan la papeleta, unos creyendo en la afiliación política del candidato, otros porque les gusta el partido y otros porque les dieron algún incentivo. En la papeleta para emitir el voto aparece el nombre y símbolo de un partido político. La evidencia nos muestra que esas instituciones ni conocen bien a sus candidatos, los afilian por conveniencia, y dejan, tanto a los que votaron por su elegido como a los que no, a merced de delincuentes, de cuatreros o de sujetos de alta peligrosidad. Eso es así, si les creemos. Si efectivamente confiamos en que, de verdad, no sabían a quien estaban eligiendo. Lo mano es que ante la evidencia brota la desconfianza. ¿Y si sí sabían?
Que nadie se rasgue las vestiduras en el mundo político antes de mirarse al espejo. Todos tienen manchas y nadie está para lanzar la primera piedra. Apenas alguien abre la boca, ya le están sacando un video con personajes dudosos, una foto sonriente del brazo de un delincuente, una conversación con un mafioso. Una colección maravillosa de complicidades tejidas en torno a la conveniencis. Y mientras nuestros políticos caen en vergüenza y salen a disculparse, pero poquito, México se convierte en una narcofosa de terror. No es consuelo, pero así pasa en todas partes.
Muchos votantes también son convenencieros, cambian su voto por un refresco, por un permiso, por una chamba, en vez de hacerlo por el anhelo de una mejor propuesta o de un proyecto superior. Al igual que cuando estábamos en la escuela y nos íbamos con el que tenía la mejor torta en vez de irnos a jugar con el amiguito favorito, así se hace con los candidatos. Se cambia por conveniencia y, cono sucedía en la escuela, el niño de la torta resulta díscolo y no convida. Sin jugar y sin torta. Pero la política no es juego de niños y las consecuencias no es quedarse sin jugar.
Hay que ver la evidencia. ¿Quién se atreve a escarbar un hoyo sin miedo de lo que pueda encontrar en su pedazo de tierra? El niño que se quedó sin torta y sin jugar, se lamenta: eso me pasa por convenenciero. Miren la cara de los políticos hoy y verán. Casi, casi, si nos concentramos podremos verlos decir lo mismo.

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