Las edades de Lulú

Las edades de Lulú
Almudena Grandes, 1989,
Tusquets Editores, Madrid

Como muchos, este libro tuvo que esperar su turno para salir del estante del librero. No llegué a él en forma inocente, tampoco me movió el morbo para comprarlo. Fue curiosidad de leer a una autora que ha sido tan ovacionada, que captó la atención de tantos lectores, en español y en diecinueve idiomas más, que ganó el premio La sonrisa vertical y que atrajo a Bigas Luna para llevar Las edades de Lulú a la pantalla.
Lo tomé con la consciencia de tener que alejarme de la autora a la que leo un domingo sí y otro no en el suplemento dominical de el diario El País. Quise poner distancia de esos textos que a veces me parecen excelentes y muchas facilones, de los que quieren conmover de forma rápida y poco convincente al lector de que debe llorar sí o sí. Confieso que Almudena Grandes no me resulta simpática, como Doris Lessing o Alice Munro. Ni como Elfreide Jelinek o Herta Müller La encuentro engreída.
Las edades de Lulú es una novela erótica narrada en primera persona por una protagonista que arranca la narración en el inocente acto de ver la tele, sentada, como lo hace todos los días, como lo hacemos tantas, delante de un aparato televisor. Pero tan rápido como en el primer párrafo y hasta el punto final de la novela estaremos al lado de Lulú en acontecimientos sexuales de todo tipo.
Acompañamos a la protagonista que ve, participa, organiza aventuras eróticas que ella parece disfrutar y que en un momento determinado llegar a angustiar al lector que adivina lo que va a suceder sin que Lulú se de por enterada hasta que ya es demasiado tarde. Porque ya es demasiado, simplemente. Llega un momento en que la secuencia de encuentros parece inconexa, sin otro interés que contar una y otra vez las diferentes formas en que el ser humano puede relacionarse con el erotismo.
Lejos de la maestría de García Ponce, Almudena Grandes nos cuenta el viaje del héroe al revés. Nos descorre el telón de la degradación de una niña de quince hasta llegar a una mujer treintañera. La novela tiene un inicio potente, pega con fuerza y de forma violenta. Hemos recorrido unos cuantos renglones y ya estamos enredados en la primera escena sexual que nos deja atarantados, como un boxeador al que se le fueron encima y no se enteró de cuando empezó la pelea, menos de cómo iba a terminar.
“Ellos, sus hermosos rostros, flanqueaban de derecha a izquierda al primer actor… Era tal la confusión en aquella amalgama de cuerpos en la que me había sumido previamente…” p.5
La voz narrativa se siente vieja, parece que quien narra es una persona que cuenta la historia desde la vejez, como un recuerdo, como un anhelo.
“El señor nos lo da, el señor nos lo quita, él me lo da, él me lo quita, se cierra el círculo, todo comienza en el mismo sitio” p.60
Es un regusto antiguo, un tono viejo que le da sabor a anciano, tal vez por el uso de diminutivos:
“Sale de su amiguito, qué gracioso. El colchoncito de carne mullida, ¡qué sinvergüenza!” P. 80
“Aquel jovencito díscolo, ¡pobrecito! Qué bonito, qué conmovedor.” p. 82
Nos enteramos de que es una mujer de treinta años la que narra hasta la página 161, demasiado tarde. No le creo. Para mi la narradora tiene más edad.
“—Oye tío, que ya tengo treinta años, puedo volver sola a casa, vamos creo yo.”
Creemos que la personaje es más vieja pues habla de pieles fofas, arrugas, canas que hoy no se ven en una mujer de treinta años. Sorprende al lector enterarse que Lulú acaba de dejar los veintes y ya tenga los brazos colgados, la panza abultada y los pies tan feos. Sin embargo, tiene la libido en alto y le gusta la aventura. Pero en sus últimas aventuras ella paga participar, lo que la ubica en una edad mucho mayor a la que confiesa su autora. Nos cuesta trabajo creerle.
Los personajes son la propia Lulú, su pareja y cómplice Pablo, su hermano Marcelo, una hijita que sirve como elemento de tensión llamada Inés, Ely un transexual. Sin embargo, Madrid es protagonista también. Es, al igual que Lulú, un espacio de degradación e involución. Vemos el Madrid represivo de Franco y el del libertinaje de la década de los ochenta. Grandes dibuja el desenfreno desesperado de una capital española que vivió con el freno de mano puesto y que cuando se lo quitaron, se descontroló. Se desconsoló.
La novela hay que leerla a pausas porque el lector siente necesidad de darse un respiro. Incluso hay ocasiones en que la sucesión de escenas sexuales carecen de trama, como si la estructura fuera una estampa de posiciones y formas de intercambio sexual.
Entre tantas piernas, muslos, pechos, pieles se llegan a perder las traiciones de Pablo, que traiciona la amistad de la familia de Lulú que confía en él, que corrompe a Lulú catapultándola a una vida guarra provocando por venganza un incesto y rompiendo a una mujer a la que dice amar. Grandes narra una Caligula femenina que tuvo a su Tiberio y a su Agrippina, versión ibérica.
Entiendo porqué en su tiempo tuvo tanto éxito Las edades de Lulú y porqué es interesante leerla hoy. Nos abre una ventana a ese Madrid multifacético y vertiginoso que existió y gozó con esa urgencia de probar una libertad tan largamente anhelada.

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