De cambios y destinos

Dice el escritor Juan Manuel Opi que estos son tiempos en los que el más tonto hace relojes. Tiempos en los que se alargan los dedos y se encoge el cerebro y tiene razón. Fíjense y verán. Antes, para acceder a una computadora era preciso tener una tarjeta de admisión al laboratorio de cómputo, hoy hasta los pequeños de tres años saben manejar una tableta o un smartphone. Unos lo hacen mejor que sus propios padres.
Estamos viviendo los años del cambio y está sucediendo tan rápido que si no ponemos atención y nos adaptamos, estaremos existiendo sin comprender. Resistirse sirve de poco, es mejor observar, aprender y adaptarse. Quedarse fuera es fácil, formar parte de la transformación no es difícil. Al ser humano se le facilita aprender.
Desde el mismo momento de nuestro nacimiento, iniciamos un proceso de aprendizaje. La primera fase de nuestra vida es, aunque no lo recordemos, apasionante, precisamente por la gran capacidad de adaptación y la entereza con la que afrontamos en cambio. Nos movemos del vientre materno al moisés y de ahí a la cuna con gran facilidad. Se trata de un periodo de aprendizaje práctico. Es para uso inmediato, para adaptarlo a lo cotidiano de la vida, y su mejor cualidad es la de ser eminentemente útil. A partir de estas enseñanzas, en una primera fase de existencia nos ayudan en las tareas de subsistencia, y evidentemente, para utilidades futuras que conforman la personalidad del individuo.
Nacemos, gracias a Dios, con un paquete genético listo para utilizarse a partir del mismo momento de nuestra venida al mundo, la tarea es que se vayan desarrollando para usarlos a nuestro favor. Para ello, es preciso poner atención a los acontecimientos, ir tomando nota, asimilarlos y ponerlos en práctica.
Estos soportes genéticos, básicamente se componen de emociones, y muy especialmente e inicialmente son, reír o llorar en respuesta al hambre, frío, dolor, caricias, etc. Con el paso del tiempo, vamos acumulando y archivando experiencias y conocimientos, para hacer uso de ellos en un momento determinado así como para disponer de información, que independientemente de su utilidad refuerce algún aspecto de nuestra personalidad.
Es curioso como esa capacidad de observación que está tan activa en las primeras etapas de crecimiento, va decayendo y entrando en desuso en la edad adulta. No la perdemos, lo que dejamos en el tintero es la habilidad de poner atención, de estar pendientes, de estar presentes.
Adaptarse en estos días, significa poner atención a un mundo distraído, a un entorno que ignora porque está fijo en una pantalla que se usa intensamente, a veces con provecho, a veces como vicio, y que aleja al individuo de sus semejantes. Nos desvanecemos para alcanzar lo intangible y lo preferimos a lo material, a lo físico que está al alcance.
Juzgar no sirve de nada, nadie nos va a hacer caso. Poner atención, adaptarse y estar alerta, sí. Entender al mundo y sus cambios en tiempo real no es tan complicado. Además es necesario. El que observa y pone atención es capaz de dirigir y controlar, los que están distraídos simplemente se dejan llevar por caminos que no tienen ni rumbo ni destino.

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