¿Qué nos vuelve humanos?

La pregunta interesa cada vez más en vista de que las máquinas conquistan de forma sigilosa y contundente el territorio del quehacer humano. También, porque nos confronta ante una realidad incontrovertible, hoy somos mucho más dependientes de los artefactos como nunca antes en la Historia.
En la era del cambio, las paradojas y los contrastes son las variables más presentes en el entorno de la vida de este ser que conocemos como humano. Por un lado tenemos el más amplio acceso a la información y vivimos desinformados, son tantos los impactos visuales, auditivos, sensoriales que recibe una persona a diario que el cerebro se colapsa y en una especie de mecanismo de defensa decide ignorar mucho de lo que recibe. La enajenación de datos aturde y decidimos apagar las formas de percepción.
En la era de la comunicación en la que las distancias se volvieron un concepto irrelevante pues tenemos a la gente tan cerca como exista una pantalla y conexión a Internet, las personas no hablan entre sí. Es frecuente ver mesas con familias que no se ponen atención por estar pendientes de sabrá Dios qué en un aparato. En los salones de clases vemos a alumnos distraídos y en las oficinas a empleados aislados.
Criticar no sirve de nada. Observar y analizar sí. Estos seres que parecen traer integrado un aparato, es el Ser Humano de hoy. Dependiente y codependiente de una máquina que le haga de todo. Entonces, si el hacer ya no es importante, ya que lo que sea que hagas lo puede hacer una máquina, no es raro que se busque la identidad humana. Si el hacer, que fue en lo que se concentró el mundo la ultima mitad del siglo XX y los primeros años del milenio, no es un rasgo definitorio, ¿qué lo es?
No hay respuestas facilonas,pero tampoco hay que complicarse tanto la vida. Al ser humano lo determina el Ser. Esa esencia que le permite enfrentar la vida a partir de sentimientos y sensaciones. Es verdad que un pájaro puede ser feliz, un perro puede ser fiel y un gato puede ser cariñoso, pero ninguno de los tres puede elegir el grado en el que lo es.
La capacidad de decisión, los grados en que modulamos las sensaciones, sentimientos y pensamientos es eminentemente humana. Una máquina no se obsesiona con una idea, un animalito, tampoco. Una planta no sabrá discernir entre el peligro de amar demasiado o ser bella en exceso. Pero un hombre y una mujer si pueden decidir el grado de fidelidad, la intensidad del amor, valorará las consecuencias del odio y disfrutará de una risa.
Debe haber pensamientos más sofisticados, elaborados y sustentados. Yo soy feliz de saber que la forma con la que tomo el manubrio de mi vida es un soplo de lo que me distingue como un ser humano.

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