La apuesta de David Cameron

El que no arriesga no gana, reza el dicho. David Cameron se la jugó y salió victorioso, sin embargo, su apuesta fue arriesgada. Creo que tomó la decisión de darle voz a los escoceses calculando que la fuerza secesionista se diluiría con el tiempo y la unidad se vigorizaría. Para su sorpresa sucedió lo contrario, en política no hay riesgo matemáticamente medido.
Un día antes del referéndum en que los escoceses decidirían su independencia o su continuidad en el Reino Unido, las encuestas de opinión marcaban una tendencia que revelaba un empate técnico. Algunos se aventuraban a decir que el a la independencia de Escocia ganaría por un margen muy pequeño y que Cameron sería derrotado y saldría sumamente debilitado de este proceso. Hubo quienes ya lo veían fuera de Downing Street. Pasó al revés. El No fue contundente. La caballerosidad demostrada con la elegante dimisión del líder secesionista Alex Salmond rubrica la victoria rival, tras un resultado que, de no haberse magnificado antes, sería notable. También da cuenta del exigente hábito de rendición de cuentas, clave en las democracias avanzadas.
Los pronósticos en los que se avizoraban las puertas del infierno fueron equivocados. En este proceso todos ganaron. Ganó Salmond y con él Escocia, dándole mayores libertades y convirtiendo al Reino Unido en una federación de facto. Ganó Cameron, cuya vocación democrática quedó demostrada a carta cabal. Ganaron los escoceses en su conjunto, los del No fueron escuchados y avanzaron en su reivindicación y ganó la voluntad popular. En realidad nadie perdió.
Si se evalúa la situación de Escocia antes y después del referéndum , los resultados le son positivos. Ahora gozará de mejores condiciones prometidas por Cameron y también de las ventajas de seguir en el Reino Unido. Europa respira con tranquilidad, no hay signos desestabilizadores.
Quebec y Cataluña pueden poner sus barbas a remojar y medirle el nivel a sus aspiraciones independentistas. El mundo se pone nervioso con esos anhelos. La abrupta reacción de Mariano Rajoy, su festejo desentonado luce estridente para la armonía que viene de la Isla.
Me quedo con el espíritu democrático de Cameron que más allá de las críticas y de los tropezones en el proceso tuvo el valor de entrar al juego democrático, prestó oídos a un reclamo que por legítimo, merecía atención. También con la caballerosidad de Alex Salmond quien al ver que su sueño independentista se venía abajo, en vez de pegar gritos de inconformidad y de elevar los puños al cielo, optó por la elegancia y la congruencia. Supo arriesgarse, perdió y aceptó como lo hace un hombre de verdad.
La apuesta de Cameron es una lección que queda para los anales de la Historia, un manual del buen quehacer. El Primer Ministro Británico apostó mucho y ganó más.

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