Los indigentes de San Francisco

San Francisco es una ciudad con sabor especial. Tiene personalidad y se distingue de cualquier otra por sus múltiples características. Sigue usando tranvías que corren sobre la calle Powell; tiene trolebuses como los que se usaban en la Ciudad de México en los años 50s y 60s que recorren de principio a fin la calle de Market; tiene un puerto con mucha vida; una isla que fue prisión y ahora la dota de muchas leyendas; tiene tecnología, barrio chino, opera, museos, sinfónica… Y también tiene indigentes, muchos indigentes.
Por todos lados se puede ver a gente que decidió hacer de las calles su hogar. Mujeres, hombres, blancos, negros, jóvenes, viejos conforman este grupo singular que a veces van como pandilla caminando sobre la banqueta, o solos hablándose a sí mismos, en pareja pidiendo una moneda, empujando un carrito de supermercado repleto, en el que metieron toda su vida o enrollados en una cobija que les sirve de escudo protector contra el mundo.
¿Por qué hay tantos indigentes en las calles de San Francisco? No hay una respuesta única. Unos opinan que es porque la municipalidad los ayuda y eso los atrae, otros dicen que la vida es cara y no tienen más alternativa que la calle y el cielo abierto, unos dicen que les gusta la vagancia, otros piensan que los vicios los perdieron. Sabrá Dios cuál es la razón verdadera.
Se les ve por todos lados pero parece que su lugar favorito es Market Street entre la Sexta y la Octava. No hacen daño, es verdad, pero no todos son pacíficos. Las expresiones de esos rostros son lo que atrapan mi atención y me encogen el alma. Ceños fruncidos, labios arrugados, puños cerrados que se elevan al cielo y gritan, en unos casos y en otros, sonrisas bobaliconas con miradas extraviadas que me traspasan, para las que soy totalmente invisible y que ven algo que yo no puedo ver. Si no vas atento al caminar, te puedes tropezar con una persona que decidió que situarse en medio de una banqueta era el menor lugar para tomar una siesta. Unos usan harapos otros van casi desnudos. Muchos van callados mientras otros sostienen conversaciones consigo mismos. Unos gesticulan, otros no se mueven, parecen estatuas.
Los hoteleros no los quieren, hacen campañas para que los turistas no les den limosnas. Para entrar a los baños de los lobbys, hay que insertar la llave de la habitación o hay que teclear un código con el fin de evitar que los indigentes usen las instalaciones. Es duro, pero entran y asustan a los huéspedes, se bañan en los lavabos y revuelven la basura en busca de algo. Lo mismo pasa con los dueños de restaurantes y cafeterías. No los quieren dentro, tampoco cerca. No es bueno para el negocio, alejan a los clientes.
La ciudad de San Francisco destina anualmente treinta y cinco millones de dólares para refugios en los que se les da de comer, en los que pueden ir al baño, ducharse y quedarse a dormir. Son insuficientes. Son más los que llegan a las calles que los que se puede ayudar. A muchos no les interesa recibir ayuda. Este fenómeno es difícil de entender. ¿Cómo empezó y cómo podrá dársele fin?
San Francisco tiene un olor especial, es un tenue olor a azufre que se confunde con las fragancias de diseñador que se venden en los grandes almacenes, es el aroma a orines que no se alcanza a evaporar, a pesar del jabón y los cepillos con que los barrenderos tallan cada rincón que sirve de urinal. Dicen que así huele el infierno, no sé, nunca he estado ahí, pero al ver a esa gente, imagino que efectivamente, así debe ser.

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