Los contrastes de San Francisco

San Francisco luce sin pudor los contrastes. Es una ciudad en la que los extremos conviven, se mezclan y conforman un pastiche atractivo. Es verano y amanece nublado. La neblina avanza por las calles y desde la ventana de la habitación no se alcanzan a ver las banquetas. Imagino que va a hacer frío y me equivoco.
Me llama la atención que el weather channel haga énfasis en lo hermoso que es todo en el exterior, me basta entrar al gimnasio para darme cuenta del porqué. La gente esta absorta con las pantallas, que al hacer ejercicio está absorta con un iPod, iPad, las de la televisión que da noticias, las de los aparatos que informan sobre ritmos cardiacos, calorías consumidas, distancias recorridas… Me llama la atención que las de las bicicletas fijas desplieguen un programa con imágenes que simulan un recorrido por un bosque. Los usuarios son competidores virtuales de una carrera en la que avanzan y retroceden en el ranqueo con un criterio que no logro entender. No hay quien responda a mi saludo de buenos días. Todos están súper concentrados. Prefieren la belleza virtual que disfrutar de los parques y las calles.
En la ciudad de la tecnología por excelencia hay lugares en los que no se puede entrar con celular o tabletas. Hay letreros que indican que está prohibido el uso de aparatos que inhiban la comunicación humana. Es interesante.
San Francisco parece la ciudad del futuro, rodeada y apadrinada por tanta tecnología y también conserva modos y formas de antaño. Si quieres ir a la Opera, es mejor que te vistas adecuadamente, mujeres con vestido, hombres con saco. Es curioso.
Los escenarios son —como no— ejemplos de transmedialidad. La orquesta, las voces, se combinan con escenografías movibles que evocan bosques y ríos a base de acordes y de imagenes que son proyectadas en Alta Definición.
La gente viste bien, muchos van de traje y corbata o de vestido y tacones, muy arreglados. También se ve a muchos indigentes. Unos lucen los últimos diseños de la moda otros harapos. La mayoría de los menesterosos son gente joven que tomó la decisión de hacer de la calle su casa. A cada cuadra ves chicos pidiendo limosna, chicas hablando solas, la mayoría son sajones, pocos son de raza negra, no hay latinos limosneros.
Dicen que los indigentes no son agresivos y la gente ya los integró al paisaje. Es terrible. Los veo y se me hace gelatina el corazón, unos tienen la mirada perdida, otros parecen enojados, unos piden, otros nada más te ven pasar.
San Francisco, a diferencia de otras ciudades de Estados Unidos, no es una ciudad impecable. Aquí se ven las entradas del metro con basura y uno que otro graffiti sobre Market Street. Es una ciudad divertida, tiene acento y sabor único. Sus puentes, su bahía, sus vistas me hechizan.
La personalidad de San Francisco se dibuja entre contrastes, entre fusiones del español y el chino, entre las pieles amarillas y color cobre, entre el mundo de ciencia ficción y las fantasías que habitan la mente de tantos que prefieren no ver la realidad y caminan enrollados en una manta.

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