La impunidad y la distibución de la riqueza

Combinar la palabra impunidad con una mala distribución de la riqueza da como resultado el aumento de actos penalizables. Pasa en lo pequeño y en lo enorme. Desde lo doméstico hasta lo macroeconómico si yo tolero algo que está mal, si no sanciono una conducta punible, estoy invitando a que ésta se repita. Peor si los actos castigables me retribuyen más que portarme bien.
Si, por ejemplo, la mamá le dice a un niño que no se coma las galletas y que si lo hace no verá la tele esa tarde, y lo que en realidad sucede es que al ver la caja vacía la mamá vuelve la mirada a otro lado, ¿qué mensaje está recibiendo el niño? Si además el niño en cuestión vende esas galletas y con ello obtiene más dinero que lo que le dan de domingo, ¿qué mensaje le estamos dando al niño? Les aseguro que tenemos un vendedor de galletas en ciernes, y la madre podrá gritar, amenazar, hacer escándalos, pedir las sales, que si el castigo prometido no se da, el acto se repetira ad infinitum.
Es más, lo que sigue es que el chico invite a sus hermanos al consumo y venta de galletas. Después otros niños querrán participar de la riqueza y se ofrecerán a participar e incluso habrá algunos que ofrezcan protección a cambio de dinero. Es lógico que así suceda, el negocio resulta con una mayor rentabilidad que la actividad de portarse bien y el riesgo de portarse mal es nulo.
Así pasa con el narcotráfico. No pretendo ser una promotora de una actividad ilícita, mi intención es evidenciar que la mala distribución de la riqueza y la impunidad es lo que tienen a México herido. No debe sorprender a nadie que un campesino prefiera sembrar marihuana que cebollas, si uno tiene un mejor margen de contribución que el otro.
No hay por qué sorprenderse de ver al hijo de un ex gobernador cotorreando con un narcotraficante, a una alcaldesa pidiendo dinero y manifestando abiertamente su apetito y sus deseos de ser diputada, a un funcionario retratado entre fajos de billetes, si después de todo no les pasa nada.
Los actos ilegales son sujetos de castigo para inhibir conductas indeseables que afectan la vida en comunidad. Si los castigos no llegan, sólo hay razón para no llevarlas a cabo, un dilema ético, pero eso está muy alejado de las mentes de estos personajes.
Esta espiral tiene muchas desventajas para la sociedades: es corruptora, peligrosa, belicosa, destructora, atenta contra el bien común y las buenas costumbres pero tiene una gran ventaja en lo particular, el riesgo que se corre es casi inexistente. Además las retribuciones son altas.
En un país en el que el desempleo no da tregua, en el que las cifras de crecimiento bajan constantemente, en el que gente buena intenta salir adelante en forma decente sin lograrlo, la combinación de impunidad y distribución desigual de la riqueza tienen un efecto corruptor avasallador.
No es justo dejarle todo a la consciencia de la gente. No está bien delegar toda la responsabilidad al dilema ético. La impunidad se debe acabar. Los delitos deben ser castigados y los castigos deben corresponder al tamaño de la falta. Si no, no hay razón para escandalizarse del cinismo de hijos de ex gobernadores, de alcaldesas, de funcionarios públicos. Ellos están recibiendo el mensaje de que si se portan mal, no pasa nada. Además portarse bien no les retribuye lo mismo.

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