Cheto

Hace ocho años, tal vez nueve, recibí un peculiar regalo de día de las madres: un perico México bebé. Un animal de plumaje eminentemente verde, con alas azules y copete rojo y amarillo. Sus ojos son perfectamente redondos y están adornados por una que otra pestaña despeinada.
Lo recibí fascinada. Le puse Cheto y ya me imaginaba siendo la dueña de un perico pícaro de esos que dicen groserías, cantan y bailan todo el día. Pero no. Cheto jamás aprendió a decir picardías. A veces imitaba el timbre de los nexteles, o gritaba ¡Pooobre Cheto! Pero lo hacía muy poco. La verdad es que mi perico era más bien mudo.
Así, silente y todo, era, como buen perico, muy simpático. Comía chile serrano y se perchaba en su jaula y se mecía en su columpio. Si le dábamos un juguete, se tardaba dos segundos en destruirlo y luego muy satisfecho se quedaba sonriendo. Sí, en serio. Cheto sabe sonreír.
Mi perico viajaba con nosotros de México a Acapulco. No hubo vacación en estos ocho años en que yo no cargara con el perico. Para Cheto y para mí, Acapulco es el paraíso terrenal, aquí se nos acaban las penas y no sabemos de corajes. Aquí su plumaje adquiere más color y siempre está de buenas. En México, no tanto. Allá echaba gritos de guacamaya desde que despuntaba el sol hasta el ocaso. Los vecinos se quejaron del ruido y la junta vecinal nos pidió que controláramos el borlote del perico. ¿Cómo ? Por más que busqué, no encontré el botón de volumen para bajarle al nivel de decibeles. Cheto no entiende palabras, por más que le supliqué siguió gritando. La solución era tenerlo tapado todo el día. Eso no es vida.
En cambio, acá en Acapulco, Cheto es todo un personaje. Es el rey de la casa, se mece todo el tiempo y el día se le va en hacer cosas chistosas. Sigue sin hablar, pero está feliz de la vida viendo la bahía, disfrutando de la brisa del mar en el calor más rico del mundo.
Ni hablar. Es lo mejor. Regreso a México con el corazón partido, en mi camioneta, que es un Arca de Noé modelo siglo XXI, falta un integrante. Cheto se queda en Acapulco. Sé que es por su bien y que en Acapulco el es más feliz, pero ¡qué rayos! Voy a extrañar los gritos de mi perico.

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