El Jilguero de Donna Tartt, una fórmula para ganar el Pulitzer

 

The Goldfinch,

Donna Tartt.

Little Brown and Company,

New York, 2013

 

Debo de confesar que compré The Goldfich por curiosidad, quise saber qué era lo que llevaba al jurado de un premio tan prestigiado a sancionar una novela con el primer lugar. Fue, lo tengo que admitir, una especie de morbo y una curiosidad literaria lo que me hizo ordenar el libro cuando aún no había llegado a México. ¿Cuáles son los elementos, los materiales que elige un autor para conformar una novela exitosa en el siglo XXI? Como casi todos los libros que pido a Amazon, éste tuvo que esperar su turno. Me abstuve de leer las reseñas y los comentarios. Así que cuando empecé a leerlo lo hice con la ingenuidad de quien no se quiere enterar, pero no hay quien se pueda engañar a sí mismo. Sabía que tenía un premio Pulitzer entre las manos.

Decir que The Goldfinch es una novela negra es lo correcto, pero también lo es clasificarla como una novela de formación y también es acertado clasificarla como una cruenta crítica social y una denuncia al descuido al que se condena a muchos niños-adolescentes en un país acostumbrado a no ver lo que les sucede. Así de vasta es la novela de Donna Tartt. Sin duda, la autora pensó acomodar todo en un jarrito y supo poner todo en su lugar. La novela es enorme, no sólo por su extensión, sino por su profundidad y cercanía con que aborda el tema. Son 771 páginas, divididas en doce capítulos que a su vez se distribuyen en subcapítulos, en los que acompañamos a Theodore Decker, el personaje principal, en su camino de transformación. Una transformación que la autora nos hace creer que será una evolución, nos hace esperar hasta las últimas páginas para saber si Theo devino bien o no. Sí, también es una novela de suspenso.

La obra, para mi sorpresa, tiene un narrador en primera persona, que para abrir el telón confiesa estar en un hotel en Amsterdam, después de haber cometido un crimen y cuenta la historia en pasado.

“He estado encerrado en mi hotel por más de una semana, asustado de telefonearle a alguien, de salir; y mi corazón se revolvía ante los ruidos más inocentes…” (5)[1]

 Me sorprende que la autora escriba con herramientas que han quedado en desuso: primera persona, pasado; pero de inmediato nos manda a un flashback y nos presenta a un narrador niño. A una criatura que ha perdido a su madre y  se lamenta de ello:

“Las cosas se hubieran desenvuelto mejor si ella hubiera estado viva” (7)[2]

Donna Tartt nos toma por el cuello y nos pica el interés, nos hace la promesa de contarnos una historia de crímenes y de orfandad. La combinación es muy tentadora.

No nos enteraremos si la voz del narrador es femenina o masculina hasta la página trece, lo cual no me parece un acierto. La autora juega con la paciencia del lector y en algunos casos se arriesga a perderlo. En el primer capítulo reina la confusión. Sabemos que ha sucedido una desgracia, aunque bien a bien, no queda claro qué tipo de desventura se está viviendo. Lo sabremos con precisión hasta la página ochenta. Sí, el lector que se enfrenta a The Goldfich debe ser perseverante, debe tener paciencia porque deberá someterse a descripciones confusas y exhaustivas que intentan generar suspenso y que resultan en demasiada confusión. Tanta que hay momentos en que en verdad es innecesaria.

La novela tiene un comienzo demasiado largo, pero la promesa sigue vigente: hay un crimen y un  huérfano. Alguien se robó una pintura, The Goldfinch, que es de amplia factura en el mundo del arte. Tartt nos hace guiños salpicando nombres como Henry James o Graham Greene y tiene buenos finales de capítulos. Nos da motivo para seguir adelante en la lectura a pesar de lo tortuoso del camino.

Sin embargo, Donna Tartt acierta. Si el lector logra vencer las primeras ochenta páginas del texto, logrará adentrarse en un thriller psicólogico, con un contenido crítico que nos desnuda la pobreza de la sociedad norteamericana que desampara a un niño en sus años de formación. No hay crítica más cruenta y efectiva que la que nos muestra el desamparo de un chico al que le pudo ir bien en la vida. Con pluma experta nos hace sentir la incertidumbre de un niño que fue abandonado por su padre y cuya madre muere por accidente en un ataque terrorista. Un preadolescente que se queda solo en Nueva York, desprotegido.

“Era como un sordo o un ciego frente a mi futuro” (13)[3]

“Nunca me acostumbré a la tristeza de sentarme en un lado de la cama, a comer papas fritas como cena, solo, o un arroz frío salido de un contenedor de cartón” (396)[4]

“Sabía qué pertenecía con quién y que yo no le pertenecía a nadie” (398)[5]

Theodore Decker tiene suerte y es rescatado provisionalmente por una familia de millonarios que vive en la Quinta Avenida: Los Barbours. Andy Barbour era el mejor amigo de Theodore Decker en la escuela y va a vivir con su familia entre tanto. ¿Entre tanto qué? Se pregunta el lector junto con Theo y vemos como el niño trata de ser una visita comedida y justo cuando piensa que será admitido en la familia de forma definitiva, la autora nos administra una vuelta de tuerca: el padre aparece en la narración y se lleva al narrador a vivir a Las Vegas.

La soledad a la que se condena a un niño que perdió a su madre, cuyo padre trabaja en la ciudad del juego, que vive con Xandra, una mujer totalmente diferente a su mamá, que no lo incluyen en su vida, que lo dejan abandonado en una casa inmensa, en una colonia despoblada, en donde empezará la transformación del personaje:

“Antes de Boris, llevé mi soledad con estoicismo, sin darme cuenta lo solo que estaba”[6] (265)

Theo entrará a un mundo en el que la cotidianidad se compone de alcohol, juego y drogas. Vodka, vicodin, baccarat.

“Revolver, roadside, roof” (335)

“El daño metal causado por un alto consumo de alcohol y drogas duras nunca tuvo remedio” (472)[7]

“Había estado tomando mucho, y eso ya no estaba funcionando para mí. Los opiáceos me relajaban y me hacían más tolerante.” (527)[8]

Vemos la transformación de un niño de trece años en un joven de quince al que Donna Tartt pone al microscopio, junto con la sociedad norteamericana, situándolo en un mundo de vicios, en el que los adultos son hedonistas e irresponsables, y la accesibilidad a las drogas y al alcohol se da gracias al descuido de quienes debieran estar al pendiente.  

A lo largo de la narración aparecerán nombres conocidos importados de la Literatura, autores y personajes: Ebaneezer Scrooge (182), Samuel Taylor Coleridge (187), Chejov, 245, Emerson 257, Saint Exúpery (280), Dostoievsky (285) Pushkin (308) Maupassant (498), Nabokov (574), Washington Irving (622), Yeats (692), Proust. Pero no me queda claro si la herramienta la usa la autora para enriquecer la narración o para hacerme saber si ha leído mucho. En los casos de la referencia del poema del Viejo marinero en combinación con las ilustraciones de Dorée (187), y del Idiota de Dostoievsky(745) son afortunadas, las demás sobran.

También, la autora, entreteje en los renglones de la novela, nombres de pintores y pinturas famosas: Velazquez(487), Vermeer, Picasso y desde luego el telón de fondo el mismísimo Jilguero (la traducción de la casa editorial, en realidad se trata de un gorrión). La edición en papel tiene el acierto de mostrar una reproducción de la pintura para que el lector sepa en todo momento a que se está refiriendo. Pero tantas referencias, aunque se diluyen a lo largo de las casi ochocientas páginas del libro, en ocasiones muestran deslices e imprecisiones. Por ejemplo, una desafortunada descripción de Diego Rivera, como un jugador empedernido que se adorna en demasía y usa anillos en todos los dedos. Sobra el exceso.

Pero, el lector perseverante tiene siempre un reto. Si logra sobrepasar ciertas exuberancias, si perdona ciertos ritmos desacompasados, por ejemplo, descripciones exhaustivas y luego prolepsis injustificadas, se encontrará con una narración entrañable de una mujer que entiende los graves estragos del abandono infantil.

Donna Tartt tiene en Theodore un personaje redondo, un chico al que el lector encontrará difícil no enamorarse, no empatizar, pero del que verá los grandes defectos de falta de honestidad, de vicios duros como el alcoholismo y drogadicción.  

“Ese niño pequeño, dijo Boris en el carro camino a Amberes. El pintor lo vio, no estaba pintando el pájaro de memoria, él lo vio, ¿sabes? Ese el niño pequeño, encadenado a la pared, ahí. Si lo viera, entremezclado con otros pájaros, de la misma especie. Lo encontraría sin problemas.” (264-265) [9]

Las prolepsis de las que la autora se vale para hacernos llegar a la edad adulta de Theo sorprenden después de que hemos acompañado exhaustivamente al personaje casi, casi por segundo en su devenir. Conocemos bien a los personajes secundarios: Hobie, el anticuario, Mrs Barbour, la corrección humana, Pippa, el amor igual que por serlo es próximo e imposible.

El final nos reserva un ensayo que nos hace entender la voluntad de los jueces. Hace un panegírico del arte, del oficio de la escritura y de la Literatura. Habla de ese espacio en el que el hombre se escapa de la muerte y se reserva ese lugar para crear y trascender al tiempo. Ese punto en el que el lector se conecta con el autor y vive la ilusión de que eso que se acaba de leer fue escrito, única y especialmente para él.

La fórmula para ganar el Pulitzer puede estar integrada por herramientas literarias, por sembradíos de nombres de libros, cuadros, restaurantes, músicos, películas, drogas, alcohol, arte y corrupción. Puede sustentarse en la denuncia de los que se rehúsan ver el cochinero que tienen en su propio patio y que ataca al corazón mismo de su sociedad: sus jóvenes. Puede tener un guiño simpático al destino para desafiarlo, preguntándole si habrá alguien que quiera leer el libro. Lo que no puede faltar y Tartt lo hace con oficio, es la conexión con el lector. Con el que leerá hoy. Con el que leerá en el futuro.

 

 

 

 

[1] I´d been shut up in my hotel for more than a week, afraid to telephone anybody or to go out; and my heart scrambled and floundered at even the most innocent noises…

[2] Things would have turned out better if she had lived.

[3] I was blind and deaf to the future.

[4] I’d never gotten used to the sadness of sitting on my bed, with a bag of potato chips for dinner or a dried up container of rice left over.

[5] He knew what belonged to whom, and I belonged to no one.

[6] Before Boris, I had borne my solitude stoically enough, without realizing quite how alone I was.

[7] The mental damage from hard core drinking and drugs never went away.

[8] I´d been drinking too much and that really wasn’t working for me; with opiates I was relaxed, I was tolerant.

[9] That little guy, said Boris, in the car on the way to Anthwerp. You know the painter saw him, —he wasn´t painting tht bird from his mind, you know? That´s the real little guy, chained up on the wall, there. If I saw him, mixed up with a dozen other birds all the same kind, I could pick him out, no problem.

20140720-002008-1208330.jpg

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: