Lágrimas en Brasil

Santo cielo, ¿qué pasó ayer? Ni el detractor más grande de la Selección Brasileña ni el fanático más apasionado de los alemanes ni el crítico de futbol con mayor experiencia se imaginó jamás el marcador final del partido de semifinales.
Es verdad que sabíamos que la baja de Neymar Jr. era una pérdida sensible para el equipo brasileño, que el hecho de que Thiago Silva no jugara no les era favorable y que el Jogo bonito de otros tiempos no había florecido en este Mundial, pero esa goliza nadie la imaginó.
Los alemanes fueron una aplanadora inmisericorde que entró al terreno a ganar en la forma más aplastante que se pueda recordar. No ha habido una diferencia de goles así en la historia de las semifinales de la Copa del Mundo. Scolari de un paso al frente y se responsabiliza del resultado que él califica como catastrófico.
Al equipo alemán poco le importó estar apachurrando al anfitrión, no sintieron miedo, ni se achicaron ante la afición o ante la posibilidad de que algún fanático resentido que trabaje en su hotel los vaya a purgar. Con técnica y cálculo entraron tantos goles a la meta que al final ya los festejos eran muy modestos.
En cambio, las lágrimas de las fanáticas brasileñas las caras largas de los asistentes y los llantos de los niños me encogieron el corazón. En los últimos minutos del partido, pedíamos a Dios un gol brasileño, el del honor, clamábamos para que los jugadores no se fueran así a su casa.
Todos se ensañan con Brasil, que si es la peor goleada que le han propinado a un anfitrión, que si la arrogancia brasileña infló demás las expectativas, que si ahí se evidenció que el arbitraje estaba a modo para que ellos llegarán lo más lejos posible, que si Lula se va a tropezar con su lenguota, que si debió guardar silencio, que si Dilma Rousseff va a perder las elecciones, que si el juego es un reflejo de la situación del país. No hay que ser así.
¿Qué será peor, perder como Brasil o como México? Ambas naciones vimos con ojos incrédulos lo que pasaba en la cancha, ni allá ni aquí nos imaginábamos los resultados. Los brasileños supieron que no se iban a levantar, a los mexicanos nos lo arrebataron todo en cinco minutos.
Me quedo con las palabras de Julio Cesar y de David Luiz que con lágrimas en los ojos, con ese llanto de hombres apasionados por su oficio se disculpan con su pueblo por no poderles dar una alegría. Me enternece el valor para salir a dar la cara cuando el estadio entero se caía entre abucheos y silbidos.
Pero, todos los equipos, los que se quedan, los que nos fuimos, los que llegaron por méritos, los que fueron ayudados, los que jugaron con autoridad, los que hicieron sus pininos, todos han dado alegría este verano. Las pasiones desbordadas, las alegrías a tope y las tristezas a todo lo que da son parte del mundo del futbol.

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