Edificios inteligentes

Son las ocho treinta y cinco de la mañana, llegó hace cincuenta minutos y Rita ya está con la cara avinagrada y las facciones se le desdibujan por el ceño fruncido. Es un día como cualquier otro, no ha habido ningún evento especial, ni es que el flujo de personas que quiere acceder al corporativo en el que trabaja se haya incrementado ese día, ni que algo extraordinario esté sucediendo, ni que alguien haya sido grosero. Como cualquier otro día a esa hora Rita está de mal humor, igual que lo está su compañera de turno, igual que lo estuvo la chica del otro turno.
Llego y anuncio mi presencia. Rita ni se toma la molestia de mirarme. Solicita una identificación oficial, puedo darle la de mi padre y ella ni lo notaría, me pregunta a quién vengo a ver y marca la extensión de la persona. No contesta, sigue sin contestar y detrás de mi se forma una fila enorme. Por fin me mira. Me informa que el ejecutivo con el que tengo cita tal vez no haya llegado y me pide que me haga a un lado, estoy generando un congestionamiento en sus operaciones. ¿Yo?
Dejo de ser objeto de su interés. El guardia me pide que me siente en la sala de espera y me indica el lugar. No me gusta estar ahí, es un espacio que se ubica detrás de la pared del mostrador de la recepción. Ahí nadie me ve. El reloj avanza y ninguno parece recordar que yo estoy esperando el acceso a las instalaciones. Fui la primera, pero ahora estoy muy acompañada. Muchos tienen el mismo problema que yo, las personas a quienes visitan no contestan su extensión, al menos eso dice Rita.
Es la hora de mi cita y Rita aún no me permite entrar al edificio. Recuerdo que tengo el número de teléfono celular de mi cliente y a pesar de que no es lo correcto le marco para informarle que estoy en la recepción esperándolo desde hace rato. Me dice que bajará por mí. Me sorprendo al ver que muchos igual que yo marcan el número de teléfono celular de las personas de la empresa a las que visitan. Es la única forma de conseguir el anhelado acceso.
La recepción tiene una deficiencia fuerte en sus operaciones. ¿Por qué? Observo. Rita está de malas y sólo al mirarla detenidamente me doy cuenta y le doy la razón. Hay mucho ruido en el lugar. Los vestíbulos de los edificios inteligentes atarantan a la gente, se escuchan estridencias poco agradables. Los torniquetes de acceso pitan al abrir las puertas y chillan si la entrada es denegada. Los elevadores emiten retintines para advertir que se abrirán sus puertas pero estallan en estruendos si se ha excedido el peso permitido. Los foquitos del conmutador que comunica a la recepción con cada telefóno del corporativo titilan para marcar que hay una llamada que alguien no atiende y rugen después de treinta segundos si el destinatario no atiende.
La desarmonía impera. Siento que estoy en el cuello de una botella de champán y el corcho está a punto de salir disparado. Por lo pronto lo que ya se detonó fue mi dolor de cabeza.
Rita no ha podido dar acceso a ninguna de las personas que han llegado desde que yo estoy ahí. Todas se angustian y ven el reloj, van a llegar tarde. Algunos impacientes le increpan la ineficiencia y los menos educados la llaman torpe y otras cosas. Los ojos verdes y la nariz respingona no le sirven de escudo contra la molestia de la gente. El uniforme de diseñador italiano no la protege de los ruidos molestos de la recepción y las hermosas formas del cuerpo se pierden detrás de ese ceño fruncido. Casi puedo disntinguir el olor a vinagre.
Tengo quince minutos ahí y ya quiero salir huyendo. Por fin llega mi cliente y le pide a Rita mi tarjeta de acceso. Justo al intentar pasar el torniquete se detona la alarma y las hojas de acceso se cierran y me impiden la entrada. El policía le grita: No activaste la tarjeta. Rita me mira con desprecio, ahora hay mas ruido en la recepción.
Mi cliente me presume las maravillas de su edificio inteligente. Nadie se da cuenta de que Rita no es la única con el ceño fruncido. Todos se quieren ir ya de ahí.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Danilo
    Jun 16, 2014 @ 10:44:45

    Solo desearía que no llamaran “inteligencia” a lo que sucede por allí…

    Responder

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