Dirección intergeneracional

En esta época los cambios se dan a una velocidad vertiginosa. Son tantos, tan diversos y tan directos que modifican nuestra cotidianidad en forma directa. Nadie los puede pasar por alto sin el temor de estarse edificando una barrera de comunicación. Decir que las cosas ya no se hacen como antes es hablar de que las cosas ya no se hacen como hace cinco años, como hace dos o como hace seis meses. Por ello, con autoridad podemos decir que ésta no es una época de cambios sino la época del cambio.

Jamás ha sido novedad para nadie que la comunicación intergeneracional es difícil. Los jóvenes y los adultos ven la vida desde perspectivas diferentes por el sólo hecho de encontrarse en una fase distinta de vida, sin embargo, hoy esas diferencias no son únicamente de carácter psicológico o de punto de vista, hoy la tecnología juega un papel importante en estas distinciones. Además, hace pocos años, el discurso entre las generaciones de los abuelos y nietos era difícil pero posible, hoy la dificultad se presenta entre gente que se lleva diez años de edad. El vocabulario, los accesorios, los intereses son distintos y se marca un abismo diferencial en cuestión de días.

Si la comunicación se a vuelto complicada a nivel familiar, basta ver cualquier mesa en un restaurante el fin de semana, nadie se comunica, ni platica sin estar consultando un aparato; en el ámbito empresarial se convierte en algo más evidente. Es la empresa la arena en la que conviven personas con setenta, sesenta, cincuenta, cuarenta, treinta y veinte años de edad. Los extremos son los que representan un reto mayor.

Los adultos más grandes son, por lo general, gente acostumbrada ha hacer las cosas de ciertas formas y les cuesta mucho trabajo cambiar sus rutinas. Los que tienen setenta años, son gente próxima al retiro, con diferentes prioridades. Fueron personas que nacieron durante la Segunda Guerra Mundial y vivieron la Post-Guerra, la radicalización del mundo en dos extremos antagónicos que provocaron la continuidad de una guerra sin armas, pero guerra al fin, que se conoció como Guerra Fría. Para ellos, la caída del Muro de Berlín fue un acontecimiento de choque. Las divisiones como ellos las conocieron dejaron de tener sentido. Cabe destacar que tuvieron que pasar cuarenta y cinco años, de 1944 a 1989, para que se diera este movimiento tan profundo. Formaron parte de una generación tradicionalista y apegada a las líneas de autoridad. Hoy los cambios se dan en cuestión de meses.

Los nacidos en los años cuarenta son los abuelos de los que hoy están entrando a las filas laborales. Son chicos que nacieron en el año de la caída del Muro de Berlín, cuando sus padres estaban en la universidad y sus abuelos estaban en plenas funciones. Gente a la que las posturas radicalizadoras no les significan mucho, personas que ven la globalización como algo natural y que un aparato con pantalla es casi una extensión de su cuerpo. Esta generación empuja fuerte y quiere hacer las cosas a su modo. Cuestionan las líneas de autoridad y para ellos es más fácil cambiar las cosas que seguir con un ritmo impuesto por la costumbre.

La esperanza de vida ha aumentado y la calidad con la que se vive es buena para un octogenario que tiene buena salud. Así muchos directores de empresas siguen en funciones a pesar de que hace rato peinan canas. Dueños de grandes empresas con éxito, como David Álvarez (1928) dueño de las Bodegas de Vega Sicilia, Giorgio Armani (1934), Carlos Slim (1940) siguen despachando y no tienen intenciones de abandonar la oficina. Por otro lado, empresas trasnacionales que anteriormente impulsaban el retiro de sus empleados mayores, hoy alientan su permanencia y aprovechan su experiencia.

El gran reto de la época del cambio es la comunicación y el modo de llevar a cabo las cosas. Las nuevas generaciones ven el Home office como algo natural, y las juntas a distancia como una opción lógica, mientras los viejos son conscientes del trabajo en equipo y de la relevancia de decidir desde la línea de golpeo y no en la lejanía del mundo virtual. Ambas tendencias tienen su parte de razón. El trabajo a distancia es posible gracias a las conexiones electrónicas y eso abarata las operaciones, sin embargo, el mundo ha padecido mucho por decisiones que se tomaron en el alejamiento de un escritorio a puerta cerrada y aterra la probable consecuencia que se desprenda de determinaciones que se concreten desde el comedor de las casas de un equipo que no se conoce ni físicamente.

Por ello, muchas empresas están abriendo como una división importante, la dirección intergeneracional. No es un departamento en el área de recursos humanos, es parte del cuadro de Alta Dirección y su fin es servir de puente entre la experiencia de las generaciones que crearon y construyeron los negocios con las que quieren, pueden y saben hacer las cosas de forma diferente. Aprovechar las habilidades de ambas generaciones es una cuestión estratégica que está en la mente de los directivos de avanzada. Las nuevas generaciones tienen razón, antagonizar no tiene sentido, la tendencia es armonizar. Las generaciones mayores tienen razón al tratar de aterrizar las opciones a un mundo concreto y actuante. Los directores que entienden que la brecha intergeneracional puede ser salvada y que al hacerlo tienen una ventaja competitiva, serán empresas con un pronóstico de vida más largo. Hoy lo importante es preservar la continuidad del negocio por encima de la rentabilidad, de eso saben los viejos y jóvenes modernos.

 

 

 

 

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