Un domingo en La Alameda

La inocencia cuesta doscientos cincuenta pesos. Acompañé este fin de semana a mi hija mayor y a un grupo de amigos de su escuela al Centro de la Ciudad de México. El objetivo era hacer una memoria fotográfica de ciertos edificios emblemáticos que se localizan en la calle de Madero, desde el Eje Central hasta el Zócalo.
Gustosa acepté la tarea que todos los padres rechazaron, ir al Centro en domingo. Ellos vieron lo que yo dejé de ver por inocente. ¿Quién quiere entrar a la boca del monstruo? Yo no lo vi así. Para mí esta visita representaba una serie de oportunidades, como apartar a jóvenes adolescentes de las pantallas de sus aparatos, caminar, abarcar las distancias a pie en vez de hacerlo sentados y afianzados por un cinturón de seguridad, dejar de lado por unas horas los periféricos y anillos interurbanos de cuota para tener un agradable paseo en La Alameda.
Enredada en mis propios recuerdos y en la pasión gozosa que me genera el Centro de la Ciudad de México, quería acompañar a estos chicos, como mi padre y mi madre lo hicieron conmigo a esa edad, a develarles el secreto del Palacio de Bellas Artes, de la Casa de los Azulejos, del Palacio de Iturbide, del Museo del Estanquillo, del Templo de la Profesa, del Palacio del Ayuntamiento. También me movía la ilusión de entrar a Palacio Nacional y recorrer los pasillos y escalinatas, para perderme en alguno de los murales de Diego. Sorprenderme con la maravilla de una Sala de Sesiones donde el Primer Congreso Mexicano votó las leyes en uno de los recintos más bellos del mundo, tan hermoso que Versalles o Viena podrían palidecer de envidia.
Me movió la nostalgia de esas épocas en las que pensaba seriamente en que yo sí iba a ser diferente, que iba a cambiar las reglas y daría pie a un mundo mejor. El recuerdo de esos días en que la pasión de los dieciséis años me movían a asegurar con ardor que para acabar con la corrupción la acción se debe conjugar en primera persona del singular y que además era posible. Acabar con las malas prácticas era para mí cuestión de voluntad.
Sí.
En esa condición salimos el pasado domingo a las ocho y media rumbo al Centro. Mi intención era dejar el auto en el estacionamiento de Bellas Artes y caminar al Zócalo. Olvidé que era día de bicis, la mitad del Centro era una ciclopista —que yo he disfrutado con mi familia infinidad de veces—. Le pedí a un policía que me diera instrucciones para entrar al citado estacionamiento. Me dijo que tomara la calle de Hidalgo, diera vuelta en Reforma y entrara por Juárez. Le pregunté si esa no era una vuelta prohibida y me dijo que no, que era domingo. Le creí y di la vuelta.
En instantes dos motociclistas me estaban deteniendo. Me informaron que la vuelta, efectivamente, era prohibida y que les mostrara mis papeles. Les expliqué lo que el policía de la otra esquina me había dicho y soltaron la carcajada. Me leyeron el reglamento y la multa millonaria a la que me había hecho acreedora. Le dije que me multara. Me dijo que me tenían que quitar el coche y le dije que ahí estaban las llaves. No contaba con que tenía que esperar a que llegara una grúa por el auto y que querían hacerme esperar cinco horas.
No contaba con que me pidieran dinero frente a mi hija y sus amigos. Desde luego dije que no, que ahí nos esperaríamos diez años si era preciso. Pero, era el último día para que ellos hicieran la memoria fotográfica, tenían que entregarla en lunes. En mi afán ético dije, No traigo dinero oficial, ayúdeme, por favor. Mi plan era que el policía entendiera y nos dejara ir. Sí, claro. No conté con que los chicos se estaban angustiando, que en el cálculo del tiempo, la espera no les ajustaba para acabar y que me dirían con desesperación: Nosotros traemos dinero. La maniobra nos precipitó al naufragio de mis ideales. No chicos, no se preocupen. Me ocupé de resolver el conflicto. Los ladrones con uniforme de policías me aceptaron una mordida de dos cientos cincuenta pesos. Nos dejaron ir y me dijeron que para ir al estacionamiento tenía que dar vuelta en U en un lugar prohibido. En otro lugar prohibido. Preferí dar un recorrido larguísimo y estacionarme en otro lado, antes que volver a caer en la trampa.
El sabor a ceniza que me quedó no se debió a que me quitaran dos cientos cincuenta pesos, fue que lo hicieran frente a unos jóvenes que no deben ver la corrupción como alternativa. Pero combatir al monstruo es imposible, lo he intentado, lo intenté el domingo frente a La Alameda, no pude.
La inocencia me costó doscientos cincuenta pesos, pudo haberme costado quinientos.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Marcela Aceves
    Jun 09, 2014 @ 21:43:46

    Ceci: felicidades por 2 años de tu blog, que sean muchos, me gusta tu forma de escribir y tu narrativa, un abrazo.

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