El extraño momento de un príncipe azul

Nunca es un momento propicio para decir adiós. Las despedidas generan tristeza, nostalgia de lo que fue y ya no será más, inquietud por el cambio que puede no ser mejor de lo que había y pena por el fin de algo. Los adioses tienen sus formas, sus procesos y sus tiempos. Tan malo es anticiparse como tardarse demasiado. ¿Qué le habrá hecho pensar al Rey Juan Carlos I de España que éste era el momento preciso?
A lo lejos, la fecha no resulta tan maravillosa como para ser el resultado de una planeación tan minuciosa como la que confesó el Rey. Las elecciones europeas, el cuestionamiento de la unión del viejo continente, la proximidad del Mundial de Futbol, y todos los pendientes en la vida cotidiana de los españoles nos dejan la sensación de que la coronación de Felipe VI no tendrá mucha atención, los ojos del mundo irán detrás de un balón, no detrás de un príncipe azul. Parece que el timing no es el adecuado.
¿En quién estaría pensando el Rey al decir adiós?Las Infantas dejarán de ser parte de la familia real una vez que Felipe VI sea coronado, esto coincide con la fecha en que la corte resolverá el caso de Cristina de Borbón. ¿Pensaría en el destino de su hija a la que parece haber abandonado a su suerte? ¿Pensará en la pericia de su hijo para tomar el trono en forma suave?
Tal vez esté pensando el el pueblo español que está dividido, unos están acostumbrados a la monarquía, otros no quieren entrar en el berenjenal de cambiar la constitución del Estado Español, pero hay otros que quieren que el sistema republicano regrese al territorio ibérico. Tal vez piensa que los españoles se van a distraer con los acontecimientos mundiales y cuando vuelvan la mirada, Felipe y Letizia ya serán monarcas. Confia en que los aires republicanos se disipen con laa fatigas del fairplay, los penalties y los goles, espera que las manifestaciones de la plaza del Sol, de Barcelona, y de tantos lugares más se vayan diluyendo y acabando por cansancio.
Seguro el Rey pensó en los años que le pesan, en el bastón que le estorba, en las calles que le faltan por caminar, en la soledad de su cama, en los juegos con sus nietos, en el apoyo que desde el trono no pudo darle a sus hijas, en los abrazos que no ha podido dar, en los silencios forzosos, en las palabras que han sobrado, en los helados y tintos de verano que no ha podido probar y de todo aquello que en el exceso de una monarquía no ha podido tener, en todo aquello que no pudo conservar.
Es posible que reflexionara que los españoles ya tuvieron suficiente de amistades peligrosas, de castillos de chocolate, de relaciones descorazonadas, de embarcaciones a la deriva, de cambios de nombres a las calles, de rifles y municiones, de improperios diplomáticos, de mujeres de sangre azul tristes y de hombres nobles aburridos, de plebeyas tan lindas y tan lejanas, de negocios extraños con tinte turbio.
O, tal vez, la cabeza de Juan Carlos I de Borbón aloje un secreto que nos será revelado con el tiempo, después de las elecciones, del torneo de futbol, de las aspiraciones independentistas y de todo y de tanto. Entonces, es posible que las cosas tomen sentido y el extraño momento de un príncipe azul se convierta en una explicación lógica.

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