La arcilla de París

Hay una época del año en la que París es más París. Desde 1891, cada año los últimos días del mes de mayo y los primeros de junio, la capital francesa se pinta de ese tono tan especial de la tierra batida. La Torre Eiffel, El Arco del Triunfo, Notre Dame, El Sagrado Corazón y hasta Pigalle miran hacia la zona del Bois De Boulogne y se concentran en el ir y venir de la bola sobre la red. Sí, son los días en que se lleva a cabo El Torneo Internacional de Francia Rolad Garros, el Abierto de Francia, el segundo Grand Slam del circuito de tenis y, sin duda, la combinación entre el glamour de la Ciudad Luz y el Deporte de Caballeros le dan un brillo festivo que atrapa la atención tenística del mundo.
La polémica de si fueron los franceses o fueron los ingleses los que inventaron el juego de raqueta por excelencia en estos días se hace mirando al Sena, con un pedazo de queso y una copa de vino color tinto. Las hermosas tenistas saltan a la cancha con los mejores modelos, con los colores más lindos y las telas mas modernas, el Roland Garros marca la moda del deporte. Las casas deportivas aprovechan la ocasión para dictar tendencias, cuál será el tono de moda, cómo se llevarán los zapatos tenis, de qué material será la raqueta. Todos harán sus propuestas y los temas exaginéticos al tenis complementarán el técnica del deporte. Aquí el deporte blanco es del tono del Arco Iris.
El gusto francés se refleja en los estadios del complejo tenístico del Roland Garros: la cancha número uno, el estadio Suzane Langlen y la cancha Phillipe Chatrier son lugares maravillosos en los que se puede disfrutar el juego en directo, viendo al jugador y no una pantalla. Es decir, están tan bien diseñados que, sin importar la fila en la que esté el espectador, se pueden apreciar los movimientos del tenista sin necesidad de ver la pantalla. Éstas sirven para disfrutar de repeticiones o de tomas de acercamiento.
Si se compara los estadios de Roland Garros con las canchas Arthur Ashe de Nueva York, con la Rod Laver de Australia, o con cualquiera de las del Old England Club de Wimbledon, las instalaciones francesas lucen diminutas. En París se sacrifica el ingreso de euros en favor del espectador. A los franceses lo que les importa es que los asistentes veamos bien, que disfrutemos de la experiencia de ir al juego y buscan que la experiencia sea íntima en comparación de las que se vive en cualquiera de los otros tres Grand Slams. Por supuesto, el inconveniente es la escasez de boletos para los partidos de la segunda semana del torneo. Sin embargo, para las primeras rondas, siempre se consiguen boletos, incluso en mismo día.
París se vuelve una ciudad ligerita, gravita en torno a una bola de color amarilla y la parafernalia tenística se integra a las calles, entra en los lugares turísticos, en restaurantes, en museos y hoteles. No invade el espacio, ni se apodera de él, ni provoca las estridencias de otros deportes. Las formas del tenis son precisas, elegantes, impecables. No son retumbantes como los acordes del motor de un Formula1, ni estrepitosas como las barras del futbol, ni restrictivas como un maratón. Son sutiles como el sonido del choque entre la bola y la raqueta que la impacta contra el polvo de ladrillo.
Amo París, pero hay una época del año en que la amo más que en otra. Son los días en que la ciudad es más perfecta, más majestuosa y más divertida gracias a la magia que ejecutan los jugadores con una bola y una raqueta. Son los días del Roland Garros.

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