Agitando el avispero

La violencia no se contrarresta con más violencia, es al revés, se exacerba. Esta semana que recién concluye se enterró a Héctor Alejandro en Tampico quien murió después que sus compañeros lo estrellaron varias veces contra la pared. Pero hace unas cuantas semanas vimos como en las tribunas de un partido de futbol, la porra casi mata a un policía, y en un barrio de la Ciudad de México los habitantes apedrearon a varios guardias que cuidaban las obras de entubamiento de agua potable. También hemos visto como en Michoacán las autodefensas pasan de ser defensores de la sociedad, a narcos mimetizados, a héroes que reguardan al pueblo, a ser amenazas.
En medio de tanta violencia las personas nos sentimos desprotegidas. Los que deben hacer su trabajo, no lo hacen. Los que requieren de mayor atención son los niños y jóvenes. Se nos olvida que México es un país firmante de la Convención sobre Derechos de los Niños y que el compromiso es que el Estado adopté medidas legislativas, administrativas y sociales para protegerlos.
El menor debe ser cuidado y garantizar que estará libre de toda forma de prejuicio, abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos modos, o explotación. La seguridad de nuestros niños debe ser una prioridad permanente, no una moda pasajera o una ocupación momentánea.
Por desgracia, sé de muchas instituciones educativas que no son congruentes, se pronuncian por la no violencia, hablan de equidad de género, escriben sobre acoso escolar y a la hora de tener que honrar las palabras con hechos, todo se cae como un castillo de arena.
Me da gusto que el Presidente Peña haga compromisos para detener el acoso escolar, sin embargo, mientras los padres de familia no estemos al pendiente y las autoridades escolares no activen protocolos antiviolencia, seguiremos en un marco de abuso creciente. ¡Basta ya!
Sé de autoridades en escuelas particulares que lejos de promover la denuncia y apoyar a las víctimas de abuso, cuestionan a los que sufren abuso o violencia de género. Nada menos la semana pasada, en un incidente de violencia de género, la psicóloga de una escuela muy prestigiada de la Ciudad de México se atrevió a preguntarle a una niña qué había hecho para recibir insultos. En una actitud de inquisidora del siglo XVI, misógina a ultranza, arrinconó a la alumna y le dijo, después de los insultos recibidos, que ésta era una lección de vida para que no volviera a provocar a sus compañeros. ¿Y la autoestima de la niña? A esta mujer no le interesó.
Mientras existan psicólogas incompetentes, autoridades complacientes, maestros ineptos y víctimas sin atención, será imposible acabar con la violencia. Al mismo tiempo que en Tampico enterraban a Héctor Alejandro, una niña en la Ciudad de México era llevada a la oficina de la escuela para ser cuestionada en vez de ser protegida. Fue víctima dos veces.
El presidente tiene razón, el nivel de violencia en las escuelas es reflejo de lo que se vive en las calles. Es necesario que maestros, estudiantes, autoridades escolares combatamos el fenómeno de manera frontal y decidida. De otra forma, nada más estamos agitando el avispero.

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