Mi Danny

Hay recuerdos que una madre atesora con tanto cuidado para que el olvido no se atreva a llevárselos jamás. Hay memorias que una mamá defiende de las garras de la destrucción. Si cierro los ojos, puedo sentir el vientre abultado y las pataditas de una bebé inquieta que desde los tres meses de embarazo ya quería ver la luz del mundo.
La memoria es tan generosa que logro sentir la potencia de esos movimientos y como respiraba profundo, pasaba la mano sobre la piel que protegía ese cuerpecito en formación para darle calor; para que tuvieras paciencia y sobre todo para que desde ya te sintieras amada.
La caricia funcionaba, la bebé se tranquilizaba y se quedaba en calma, pero el efecto era de corto aliento. A los pocos minutos los codos, las rodillas, los pies volvían a la actividad intensa y yo sonreía. Miraba al cielo y pedía bendiciones. Entendía tu prisa por llegar pues era la misma que yo tenía porque ya llegaras. Se me hacía tarde por tenerte entre los brazos y acunarte y llenarte de besos y tocarte. Eso sobretodo, tenerte en mi regazo. Eso querría decir que lo habíamos logrado, que habíamos cruzado la línea de meta juntas y que la vida habría triunfado. A veces, no puedo negarlo, sentía mucho miedo, los ojos se llenaban de lágrimas y ni siquiera me atrevía a imaginar lo que sería un mundo sin ti.   
El momento, como era de esperarse, se adelantó. Ni tú ni yo pudimos esperar más. Apenas completamos ocho meses de gestación cuando entraste triunfante al mundo. Llegaste determinada, como si supieras lo que estabas haciendo, con los ojos abiertos, los puños apretados y los pulmones potentes. Era tu forma de decir: Ya llegué y llegué bien. 
Verte fue entender y dar gracias. ¿Cómo fue que la estrella más bonita que quedaba en el cielo me eligió para ser su madre? No creas que tuve mucho tiempo para meditarlo. Los retos de una bebé inteligente se multiplican por segundos y el minutero se acelera y parece que no ha pasado nada desde que íbamos juntas a la estimulación temprana o que te ponía el uniforme del Kinder Hills por primera vez o que traspasabas el umbral de la Escuela Moderna Americana. Resulta difícil de creer que han pasado catorce años desde que me tomaste por primera vez de la mano para arrebatarme el corazón aquel dieciocho de mayo. 
¿Quién me hubiera podido advertir que los abrazos, los despertares a media noche, las sonrisas al ver las burbujas de jabón, los aplausos entusiasmados a Barney y tú disfrazada de dinosaurio morado iban a ser sólo el comienzo de las maravillas? No. No pensé que habría una felicidad mayor que jugar a la montaña movediza, que comer fresas con chocolate, que verte tomar lechitas de Hershey´s, que gritar de orgullo al verte esquiar en Acapulco, que escucharte tocar el piano o hablar en francés. Me equivoqué. Hay felicidades mayores. Cuando me recomiendas un libro, cuando me haces ver que hay otros caminos, cuando me bendices, cuando me sonríes, cuando metes un gol, cuando te quedas conmigo, cuando me sostienes la mano o cuando me das un beso.
Te veo y el corazón se me hace grande. Me lleno de orgullo. Vuelvo a mirar al cielo y doy gracias con todo fervor. Llegó Danny, me digo. Sí.Cruzó la línea de la vida de modo triunfal, sin tener en cuenta los temores del ginecólogo, del pediatra, de su padre y de su madre.
Te veo y recuerdo. Siento con la misma potencia de entonces la inquietud que siempre te ha caracterizado desde que eras un pequeño botoncito que crecía en mi vientre y ya quería salir a ver el mundo. Ganaste, Danny. Ganamos, hijita. Logré tenerte entre mis brazos. He vivido catorce años con ese privilegio.
Danny te quiero profundamente. Mi amor no es condicional, ni te amo más o menos un día que el otro. Mi cariño es y no requiere de que demuestres nada, ni de que alcances ciertas metas, no depende de lo que seas o dejes de ser. Es para ti porque eres mi hija. Y ya. Así de sencillo. Es tan profundo y verdadero que en ocasiones, habrá que hacer cosas que duelen para enderezar la ruta y corregir el rumbo. Parecerán razonamientos absurdos, actitudes egoístas, incomprensibles, pero siempre serán actos llenos de amor.  Es que, en la vida habrá retos que enfrentar y  pruebas para superar. Tendrás que esforzarte para alcanzar objetivos. Ya sabes, lo verdaderamente valioso no se consigue fácilmente. Para ello, no bastan las palabras amorosas, es preciso una mano firme. Sé que Dios nos guiará siempre.
Rodeate, mi niña linda, de gente sana y que te ayude a desarrollar lo mejor de ti, que valoren la magnitud de tu maravilloso ser; aléjate de las malas compañías que al fin traerán dolor.
Danny, que Dios te bendiga , que de todo peligro seas protegida, que decidas siempre vivir en rectitud,en armonía,  con mucha inteligencia y sabiduría. Que te rodeen los ángeles del cielo, que la muchedumbre de los santos de acompañe, la Virgen María te tome de su mano y Jesús te tenga siempre entre sus brazos.
¡Feliz cumpleaños, hijita! ¡Te quiero más que a mis ojos!

Anuncios

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: