El gis y la pizarra

Las comunidades tienen sus figuras emblemáticas. Entre sus principales se encuentran los curas, los médicos-curanderos, las madres y los maestros. Cada uno tiene las herramientas para iluminar el alma, encontrar la salud, abrazar amorosamente y combatir al monstruo de la ignorancia.
Los maestros, los que son de a deveras, con utensilios tan sencillos como una pizarra, un gis y un borrador, trazan las fronteras que dividen al mundo en dos: los que saben y los que no. Son los que llevan a cabo el rescate y le arrebatan al analfabetismo a sus víctimas. Unos llevan a cabo su labor con cariño y vocación, otros piensan que la letra con sangre entra, muchos enfrentan al salón de clase como un almirante lo haría con el mar embravecido y algunos con la suavidad con la que se debe manipular una tacita de porcelana.
La labor de un maestro es valerosa y valiosa. Es un director de orquesta que debe conocer cada uno de los instrumentos la integran para detectar si uno está desafinado, fuera de tiempo, o si algo le hace falta. Un profesor sabe reconocer en sus alumnos la tristeza, la alegría, la travesura, la bondad, la flojera, las malas tendencias, los problemas.
Un maestro descubre potenciales y si es bueno, logra descifrar el acertijo vocacional de sus alumnos. Un profesor sabe despertar las dudas y ayudar a descubrir las respuestas.
Yo tuve tres maestros entrañables que supieron estar cerca de una niña inquieta y no siempre bien portada. Úrsula Tommasi Simón, mi miss de tercero de primaria supo desentrañar el misterio de las propiedades asociativas y conmutativas de los números. Me enseñó a ver diversión en las tablas de multiplicar y a jugar con los signos aritméticos. Además era hermosa. Sigue siéndolo. Los niños de 3C nos sentíamos orgullosos de estar en el grupo con la mas linda de todas las misses. Linda por hermosa físicamente y linda porque supo quitarnos el estigma de latosos y se concentró en el material bueno de cada uno de nosotros. De ella recibí el gusto por contar con números.
En 4A, tuve la suerte de tener a Sara Aguilar de Moheno, una mujer brillantísima que nos hablaba como si fuéramos grandes. Nos dejaba tarea para el futuro, decía que seguro ahí estaba el próximo presidente de la República, o el siguiente premio Nobel de algo, o el científico que revolucionaria al mundo, o el empresario que resolvería problemas. Nos hacía soñar en grande y nos subía a sus altísimos anhelos. De ella recibí el amor por mirar alto.
Ruben Sanabria fue mi maestro de ética en la preparatoria. Un hombre sabio. Me enseñó que para descifrar una duda había que perderle el miedo a las respuestas. De él aprendí a no meter los temores debajo de la cama, ni a esconder las sospechas abajo del tapete. No se conformaba con respuestas facilonas. Recorrí desde Socrates hasta Nieztche, desde Tomas de Aquino hasta Agustín de Hipona. Desde el corazón hasta la razón. Nunca se hizo para atrás ante pregunta alguna. Me enseñó a elegir las preguntas que me alejaran de la angustia y me acercaran a Dios. De él recibí la vocación para contar con letras.
Han sido tantos maestros a lo largo de la vida. Laicos y religiosos. Cercanos y distantes. Buenos y malos. Generosos e indiferentes. De todos he recibido algo.
He tenido el privilegio de ser maestra. Tengo suerte, los mejores alumnos siempre me tocan a mí. Los más curiosos, los más inquietos, los más lindos. Los quiero y me quieren. Tengo un compromiso con ellos, una vez que han pisado mi aula, cuentan conmigo para siempre.
Digo que tengo suerte y así es. He vivido la emoción de honrar ese compromiso. Mis alumnos me han buscado para pedir consejo, profesional y personal. He tenido la fortuna de contar con la cercanía de profesores generosos que sembraron cosas lindas en mi vida.
Este día del maestro, me siento agradecida en dos vías. Por el gozo de estar al frente de mis grupos y por el privilegio de haber recibido tanto se mis maestros. Por ello, sigo creyendo el la potencia de las clases presenciales que dan lo que no se encuentra en linea. Las máquinas deberán seguir siendo herramientas complementarias, como en su tiempo lo fueron el gis y la pizarra.

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