Ofrecer flores

Antes, el mes de mayo tenía una connotación especial, era el mes de la Virgen María. Era el mes en el que las niñas ofrecíamos flores a la Madre de Dios. A mí la que me enseñó el ritual de esta tradición fue mi Mami Lolita, la mamá de mi mamá.
Para ofrecer flores las niñas nos vestíamos de blanco y nos cubríamos la cabeza con pequeños redondeles de blonda. En mi casa, el ritual iniciaba desde el mes de abril. Mi Mami Lolita elegía la tela para el vestido, yo le pedía que fuera larguísimo. La toma de medidas, las pruebas, el ajustarle aquí, aflojarle allá y el ya quedó listo era parte integral del ritual. Los zapatos de charol, blancos, desde luego, las tobilleras con encaje, los moños tan blancos y el pelo bien peinado y todo en su lugar. Elegir el redondel, era una parte importantísima. Un circulo de encaje de sedalina, degradado de Raúl y con remate de bordados de caláis.
Cada día de mayo, al regresar de la escuela y después de comer, íbamos a la iglesia de la Consolación de María a ofrecer flores. Todas las demás dejaban sus ofrendas frente al altar principal, nosotras, mi Mamá, mi Mami Lolita y yo nos dirigíamos a un pequeño altar lateral dedicado a la Virgen del Sagrado Corazón de Jesús.
A mí me gustaba dejar las flores ahí y no en el altar principal, porque sentía a la Virgen de la Consolación muy grande y muy lejana. En cambio, la Virgen del Sagrado Corazón es una representación amorosa que abraza a su bebé y sonríe.
Llegábamos las tres con flores en las manos pero era yo la que llegaba hasta el pequeño altar a dejarle a la Virgen y a su bebé los nardos, jazmines, margaritas, rosas que yo acomodaba con tanto amor.
Luego, la oración que repetíamos día a día:
Dulce madre, no te alejes, tu vista de mi y de los míos no apartes, ven conmigo a todas partes y no permitas que nunca me aleje, nunca madre mía. Tú que me quieres tanto, haz que me bendiga El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo, Amen.
Ya nadie ofrece flores en mayo. Pero yo sigo rezando cada noche el dulce madre, ahora lo hago con mis hijas. Es un hilo conductor que va desde otras generaciones y me sirve para mantenernos unidas. Con las que están, con las que ya no están.
El vestido, los zapatos y el redondel acababan hechos jirones. Cómo no, los usaba diario. Aún recuerdo con fidelidad la emoción de ir de la mano de mi mami y de mi abuelita para visitar a la Madre de Dios. Comía bien, me portaba perfecto, no hacía berrinches y con el corazón latiendo fuerte. Hoy pienso en ellas, y el corazón vuelve a arder con la misma fuerza. Como cuando vibraba al ver a la Virgen del Sagrado Corazón de Jesús.
Este diez de mayo, día de las madres, ¿cómo no recordar esta bella tradición que me conduce a mi abuela y a mi madre?

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