El álbum del Mundial

¿Cuántos álbumes de estampas has tenido a lo largo de la vida? Yo muchos. Empecé con uno que se titulaba Amor es… y la colección era de unos dibujitos de una pareja, caricaturizada, de chicos desnudos que se amaban con ternura. Ella era rubia, pecosa y de nariz respingona. Él era de cabello oscuro y eternamente sonriente. Las estampas tenían definiciones del amor, unas cursis, otras chistosas pero eso era lo de menos. El chiste era participar en esta euforia colectiva. Si me portaba bien y traía buenas calificaciones —combinación difícil de lograr, más por lo de portarse bien que por lo otro—, mis padres me llevaban a la papelería a comprar los sobres con las estampas.
Como lo de la conducta no ayudaba mucho, tuve que ingeniármelas para poder terminar mi álbum. De las pocas que tenía, algunas eran repetidas. Entonces intercambiaba las que me hacían falta por las que mis amigos no tenían. Pronto entendí que había estampas más valiosas que otras, entonces las podía intercambiar por más estampas. Así me llene de sobres y de imágenes sin haber invertido mis escasos domingos.
En aquellos años yo tendría unos cinco o seis años. Mis compañeritos de escuela, mis amigos —hombres y mujeres— entraron a la moda de los álbumes con mucha pasión. Un día con tristeza me di cuenta que me faltaban tres estampas para acabar el álbum. Por más sobres que comprara, por más intercambios y negociaciones que hice, esas tres estampas no se podían conseguir. Entonces mi tía Martha Cancino, una mujer inteligente y para mí todo poderosa, me las consiguió. ¿Cómo le hizo? Llamó al editor del álbum y se las pidió. Gracias a mi tía fui de las pocas que podían presumir el álbum totalmente terminado. Mi álbum no tenía un sólo hueco.
Siempre creí que rellenar cuadernos con estampas será cosa de niñas pequeñas. También pensé que esa sería una tradición enterrada en el pasado. ¡Que equivocada era mi percepción! La fiebre por completar el álbum del Mundial afecta a chicos y grandes. A pequeños de preescolar, funcionarios de Gobierno, a mis alumnos de la universidad, a altos ejecutivos, a Juanito —el señor que estaciona el coche en el club—, a Jose —la señora de las toallas—, al policía de la esquina, al director de una empresa de fertilizantes, hombres, niñas, jovencitas y no tan jovencitas, todos andan intercambiando fotos de jugadores de futbol.
¿Quién creería que en esta época de inmediatez alguien tendría la paciencia de rellenar un álbum de estampas? El álbum que edita Grupo Panini es un fenómeno mundial. En la próxima sede del Mundial de Futbol la afición compra más y con mayor compulsión, sin embargo, eso no quiere decir que únicamente los brasileños anden locos con el álbum. No, en España, en Italia, en Francia o en Costa de Marfil las estampas se venden como pan caliente. Urbi et orbi el álbum es un éxito. Hasta la presidenta Dilma Rousseff colecciona estampas. Dice que lo hace con su nieto. Todos dicen que lo hacen por su hijo, su sobrino, su vecino, yo sospecho que se trata de una adición personal.
El álbum es gratis, los sobres son los que se venden. El folletín para coleccionar está lleno de publicidad sobre la que se pegan las caras sonrientes de los futbolistas del mundo.
Así como con el álbum de Amor es, tuve que comprar muchos sobres y lo acabé, ahora no se no como le hice. No he comprado un sólo sobré y ya tengo un montón de estampas. Casi todas se las debo a la generosidad de mis alumnos. ¿Yo para quién voy a decir que estoy rellenando el álbum?

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