Otra vez en el Puerto de Acapulco

Con razón las chicharras comenzaron sus rumores más temprano. Las copas imperiales extendieron sus corolas a la primera hora de la mañana y a penas un tímido rayo de sol vencía la oscuridad de la noche los pistilos de los tulipanes se elevaban con rumbo al cielo.
Los aromas advertían desde los primeros minutos del día lo que yo no supe interpretar: los aleteos de las alas de las chachalacas, las formaciones triangulares de los pelícanos y las gaviotas que se dirigían rumbo al puerto industrial, ¿por qué tanta actividad?
Salí a caminar y el viento que corría presuroso de Icacos rumbo a Caleta movía las copas de las palmeras y el aroma a mango llenaba los caminos del monte de las Brisas con rumbo al océano.
De repente todo quedó claro, los pájaros tropicales, la brisa del mar y la naturaleza se preparaba para dar la bienvenida a los que llegaban a visitar. A lo lejos se escuchó el ulular de la sirena del barco. Sí un crucero llegaba a la Bahía de Santa Lucía.
Entre las olas del mar, un majestuoso buque turístico lleno de gente, se abría paso rumbo al atracadero del Puerto de Acapulco. Con paso lento, casi imperial, como un rey en procesión, el crucero dilataba su avanzar, disfrutando de la vista de un lugar tan hermoso. Bajarán muchas personas con lentes de sol, sombreros de paja y trajes de baño de colores brillantes. Buscarán una sombrilla para acomodarse y extraviar los deditos de los pies entre los granos tostados de la arena en la playa. Se untarán generosamente esas leches que protegen la piel para entregarse sin pudor a los brazos del amante peligroso que es el sol. Se dejarán acariciar por sus brazos calurosos y cederán a la tentación de su amor. La huella de esos amores apasionados quedará en la piel. Ese color dorado, esas sonrisas arrobadas y esas miradas al horizonte son la evidencia de que Acapulco ha inoculado la sustancia adictiva de su amor. Una expresión dormilona, juguetona se les pintará en los rostros. ¿Cómo no amar este paraíso?
Con razón la naturaleza, que siempre se anticipa, está de fiesta. Hoy está atrancado un crucero en Acapulco. A lo mejor los Don Luises pecho amarillo que anuncian las visitas, no saben de las negociaciones que aseguran la paz y la tranquilidad, seguro no conocen de los esfuerzos del la Secretaria de Turismo, que es de Guerrero, del Señor Gobernador y del Presidente Municipal, por atraer de nuevo al turismo que el puerto tanto merece, son pequeños y simples pajaritos. Pero sus silbidos están llenos de alegría y esperanza. ¿Será la profecía de tiempos mejores?
Hoy, están formados, mirando al puerto industrial, en donde se encuentra un crucero atracado. Uno, como los que hacía mucho no visitaban Acapulco. ¡Con razón, hay tanto barullo!

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