La celebridad del Chapo Guzmán

Como si se tratara de una novela policiaca, con una prosa que fluye, arranca un reportaje en el que la importante revista The New Yorker narra la captura del Chapo Guzmán.
Así es, nuevamente Guzmán Loera llega a las páginas de otra revista influyente. Es importante que este personaje llame la atención de estas publicaciones, mientras que otros mexicanos de bien, han pasado su vida acumulando méritos y haciendo las cosas correctamente, no logran alcanzar las flores de estas publicaciones.
Como buen narrador, Patricia Radden Keefe, autor del reportaje, va sembrando pistas sin revelar quién es el personaje central de su historia. Nos cuenta de la aprehensión de un lugarteniente del Chapo en el aeropuerto de Schipol. También nos informa que a este sujeto le gusta viajar, le fascina la buena ropa, y nos hace notar la joya que lleva en el dedo de la mano. Un anillo grueso de plata con la figura de una sonriente calavera. Nos enteramos del arresto de José Rodrigo Arechiga, por una alerta de la Interpol y de que este nombre había usado un pasaporte falso para desplazarse por el mundo.
El artículo está tan bien escrito que hasta es disfrutable, casi tan gozoso como podría ser una novela de Raymond Chandler, lo malo es que estos no son hechos ficticios, no son producto de la imaginación ni hijos de la fantasía. Ojalá, pero no. Son la puritita verdad.
Entonces es cuando me cae el veinte y se me pone la piel de gallina. No es ficción. El Chino Ántrax existe, las fotografías del sujeto posando con un AK42de oro son de verdad y las mascotas exóticas están vivitas y coleando. Lo que se escucha en los narcocorridos no son ocurrencias del autor, ni invenciones inspiradas por las musas. Es cierto.
Se habla de la reputación del Chapo, se le compara con la figura mítica de El Zorro, se le denomina the uncatchable. Pero, como decimos en México, a toda canillita le llega su fiestecita. Por fin cayó el malvado.
Me preocupa el tono. Así cómo sucedió con Al Capone, que fue transformado en un emblema que sirve para dar tours y para hacer souvenirs, así puede suceder con El Chapo. Ya hasta se le ven las ventajas comerciales al apodo, y se exageran los rasgos para que luzca guapo.
Joaquín Guzmán Loera no es un símbolo de otra cosa que no sea la muerte y corrupción, igual que lo fue Capone. Y, que me disculpen sus mercedes, la capacidad corruptora de este señor no se quedó únicamente de este lado de la frontera, también le manchó, y mucho, las manos a varias legiones de personas allende las fronteras.
En fin, no sólo Forbes se ocupó del Chapo, también The New Yorker, así va Joaquín Guzmán por los rumbos de la celebridad.

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