Entre burlas, libertades y respeto.

La lógica peyorativa de los que se burlan de que otros ejerzan los derechos que les consagra la ley es lo que acaba con las libertades, el respeto y la convivencia pacífica. Muchos viven en esa doble moral en la que se rasgan las vestiduras si alguien los voltea a ver feo pero no tienen empacho en despreciar a quienes piensan distinto. Estos sujetos de mediocre estampa opinan que el diferente vive en el error. Se suben al pedestal de poseedores únicos de la verdad y desde esa majestad son capaces de ofender y transgredir los límites del respeto.
Muchos de estos neocesares son sujetillos petulantes que se crecen ante los aplausos de quienes los apoyan y envalentonados se atreven a dibujar o escribir estribillos ofensivos contra la gente de fe. Sin embargo, si alguien les reclama su falta de respeto, entonces lloran, sacan espumas por la boca, elevan el dedo índice espetando condenas con ojos desorbitados y temblores desordenados.
En esta Semana Santa vi en las redes sociales viñetas burlonas de los pasajes de guardar para los cristianos. Gente que esperaba ver las reacciones de frases sacrílegas que publicaban, como niños traviesos que lucen sus malechuras, para luego brincar si alguien les reclamaba su falta de sensibilidad. Con independencia del terrible arribismo que muestran, el hambre de la fama que dura cinco segundos y la falta de gusto y educación, me parece terrible que la falta de tolerancia les parezca chistosa a muchos.
No lo es.
No importan del tema del que se hable, la falta de consideración no es jamás motivo de risa, mucho menos de aplauso.
No se trata de decretar fatwas, es decir, de emitir condenas de muerte a los blasfemos. No. Se trata de pedir respeto.
Pero molestar a la gente en lo que para ellos es divino puede traer reacciones inesperadas y poco favorables.
Salman Rushsie, estupendo novelista inglés, autor de Los versos satánicos, fue condenado por el Imán Jomeini con pena de muerte por escribir una novela ofensiva para los musulmanes. Independientemente del exceso que representó esa condena, el propio Rushdie, con los años ha confesado que se arrepintió de haber escrito algo con tono peyorativo y burlón de lo que muchos consideran sagrado. En varias entrevistas que ha concedido a diferentes medios, ha reconocido que aunque las ventas del libro aumentaron por la condena, hubiera preferido que la novela se vendiera por los atributos literarios y no por el morbo ofensivo que despertó.
He leído el libro y desde mi punto de vista sólo encuentro una estupenda prosa y un léxico maravilloso que le basta y le sobra a la novela para trascender, sin embargo, no conozco nada de la tradición musulmana. Él sí. Salman sabía que su texto iba a escandalizar a muchos.
Evidentemente, la comunidad internacional apoyó al escritor pero las consecuencias las vivió Rushdie en carne propia. Tuvo que separarse de su esposa durante el primer año que la fatwā pesó contra él. La pareja se mudó de casa 56 veces en ese tiempo, a razón de una vez cada tres días. Vivió a salto de mata, evitando las balas de un francotirador que hiciera efectiva la condena. A pesar de sentir el apoyo internacional, Rushdie ha ofrecido numerosas disculpas a aquellos creyentes del Islam cuya sensibilidad la novela hubiera podido herir, sin dejar de insistir en que la libertad de expresión es un derecho inalienable. Derecho por el cual el autor ha tenido que pasar años de su vida como prisionero en su propia casa.
Sí. ¿Dónde están los límites de lo pertinente y lo prudente? ¿Quien los fija? Es cierto, los burlones de las redes sociales tienen derecho a expresarse. Sin embargo, no está bien agitar el avispero. Además, los chistes y burlas no vienen de una pluma del tamaño de la de Rushdie. En ocasiones se publican plagadas de faltas de ortografía. O.K., el que se ríe se lleva. Pero cuidado y alguien quiera hacer una crítica de sus quehaceres o de sus pensares porque reclamarán tolerancia y buen trato.
¿Y si empezáramos respetándonos?

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