Jueves Santo en La Noria

De niña cualquier pretexto era bueno para ir al rancho de mi abuelito. La Noria era y sigue siendo un rancho agrícola en el que se siembra trigo en esta parte del año.
Para Don Salvador Durán el Jueves Santo era muy especial. Era el día en el que se abrían las puertas del rancho para agasajar a los amigos. Las amistades de toda la familia eran bienvenidas ese día a compartir algo más que el pan y la sal. Desde los amigos de mi abuelo hasta los del nieto más chico estaban incluidos en la lista. La comida del rancho ha sido todo un acontecimiento generación tras generación. ¡Cuántos recuerdos! Primos y primas, tíos y tías, amigos y amigas, todos estaban ahí.
Bety y yo nos levantábamos tempranísimo, éramos las primeras en despertar y estar listas. Mi tío Memo, el mayor, siempre nos complacía y llegábamos al rancho antes que los invitados. Mi abuelito ya nos tenía los caballos ensillados y recorríamos en rancho de cabo a rabo. Salíamos al camino de arcilla que comunica Acuicho con las rancherías, íbamos hasta la cancha de futbol de Zaragoza. Pasábamos por La Tobajilla y El Mirandique. No nos bajábamos más que para comer.
Don Salvador recibía a sus visitas. El rancho se transformaba de espacio de trabajo en motivo de fiesta. Mis tías eran las coanfitrionas. A veces la reunión se llevaba a cabo en el portal de la casa, a veces en la orilla del río Lerma. La Noria se vestía con sus mejores galas de trigo alimonado, de ese verde que ya se quiere convertir en oro a fuerza de exponerse al sol.
Tantos y tantos recuerdos.
Una vez se me desbocó el caballo y caí en un montón de rastrojo. Fue por estar neceando. Quería montar el caballo del abuelo, lo que era un privilegio reservado para los grandes, pero el animal estaba acostumbrado a su amo y a nadie más. Me lo advirtieron, pero yo seguía ruegue y ruegue: Porfis, abue, porfis, préstamelo. Por enfado dijo que sí. Me subí a sus lomos feliz y orgullosa. Tenía seis años. El animal empezó a caminar lento, pero cuando se enfiló camino a la casa, apresuró el paso y luego salió desaforado, como quien activa un resorte. Claro que no tuve fuerza para controlar a ese hermoso caballo negro azabache. En una curva salí disparada contra la pila de rastrojo.
Mi papá, mi tío Memo, y los señores de la comida salieron corriendo. Mi padre me tomó en los brazos y me consoló. Mi tío, como buen médico, me revisó. Nada, sólo raspones. Mi abuelo llegó. Me jaló de la mano y me dijo, Ahora, te vuelves a subir.
Sin darme oportunidad de quejarme, ni de salir huyendo, me montó sobre su caballo y me enseñó a controlar dos animales: al caballo y a mi miedo. Nunca te dejes vencer por estas bestias.
Nunca me he vuelto a caer de un caballo. Muchas cosas me siguen dando miedo, pero me acuerdo de mi abuelo y del Jueves Santo.
Siempre he adorado montar a caballo. Por años fue mi pasión. Esperaba las vacaciones para ir al rancho y pasear por sus caminos. Sin embargo, el. Jueves Santo era la cereza del pastel, la ceremonia máxima del convite.
De postre, el ritual. Mi abuelo cortando grandes pedazos de sandía con su machete. Al terminar la comida regresábamos terregosos y felices al pueblo de mis padres, nos bañábamos e íbamos a buscar pan bendito a La Parroquia del Señor de La Piedad.
Sí, para mí los Jueves Santos evocan olores a tierra trabajada, rumores de viento sobre el trigo, risas y reuniones de amigos de muchas edades, prosperidad y bendiciones. Evocan a ese abuelo, sabio, que no decía muchas palabras, pero que cuando las pronunciaba, siempre dejaba una huella. Una de ellas es saber controlar a nuestras bestias.

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