Timbuktu (La seducción de Paul Auster)

 


 

Timbuktu

Paul Auster

Picador

New York 1999

La invitación está planteada. El brazo extendido, como si se tratara de un bailarín experimentado, Paul Auster nos toma de la mano y nos lleva a la pista de baile que denominó Timbuktu. Desde las primeras letras, nos hace girar y girar y caemos rendidos ante su seducción. Hay que leer. ¿Quién narra la historia? ¿Es un niño, es un enfermo, es un perro, es un omnisciente? En los primeros párrafos, entre comas y punto y seguido, el autor nos introduce de inmediato al centro de la angustia de un hombre brillante y perturbado —las mentes brillantes alojan perturbación—, Willy G. Christmas, a quien se le escapa la vida en cada acceso de tos.

Pues resulta que el narrador es un testigo que narra la aventuras desde de punto de vista de Mr. Bones, un perro. El audaz Paul Auster nos mete en la mente de un animal para descorrer el secreto del amor auténtico, de la fidelidad a toda prueba, del aprendizaje en doble sentido: del animal al amo y viceversa, de la dignidad como único camino y de lo que existe más allá.

La pluma es masculina y se nota, sin embargo, la historia está plagada de ternura. De esa ternura que los hombres muestran en la vulnerabilidad, de la misma que nos descorre el telón de las preocupaciones de un poeta que está por enfrentar la muerte. De su preocupación por el más allá. ¿Qué es Timbuktu?

La muerte y la vida. La genialidad de Auster para contar las miserias de la vida sin coquetear con la conmiseración. El ingenio de un escritor para prefigurar un lugar al que se llega después de morir como un destino maravilloso: Timbuktu.

“Donde el mapa de este mundo termina, ahí es donde empieza Timbuktu…Willy hablaba de ello con tanta ensoñación, con esperanza, con tintes de ternura que se reflejaban en la vibración de su voz. El perro eventualmente rendía sus escrúpulos. Tim-buk-tu, la palabra le bastaba para ser feliz”[1] (p.48)

Y, en medio de las palabras, la evidencia de la solidez de algo que es más fuerte que la amistad, la relación entre un perro y su amo, en vida y después de ella. Una que pervive, que existe en vida y en lo que viene después de ella.

“En Timbuktu, los perros serán capaces de hablar el lenguaje de olos hombres y platicar con ellos como iguales”. (p. 49)[2]

La pluma experimentada de Auster nos muestra grandes contrastes que en la incongruencia son posibles en la realidad: un vago que es poeta. Un enfermo a punto de morir que es el gran protector. Un vicioso que es un gran sabio. Un artista que es a un tiempo amoroso y egoísta. Willy ama a Mr. Bones, lo instruye, le advierte de los peligros, platica con él, le cuenta sus cuitas, lo trata como su igual, pero no le enseña a leer. En los momentos finales de su vida, Willy G. Christmas se lamenta por no haber preparado mejor a su amigo, por no haberlo abierto a la posibilidad de la lectura.

“Te debí  haber abierto la posibilidad de alcanzar las estrellas. Es posible, créeme. Nunca tuve el coraje ni las convicciones. Pero, la verdad es, amigo, que los perros pueden leer.” (p. 82)[3]

Tibuktu es un mosaico de contrastes que nos permiten atisbar la sociedad norteamericana, el sueño americano que se vive en Brooklyn, en Baltimore, en Maryland o en un jardín en Virginia. Una exiliada polaca, la madre de Willy, que salvó la vida para recluirse en un departamento de los suburbios de Nueva York; un hijo único, descendiente de inmigrantes chinos que se esclavizan en la atención de un restaurante y que condenan a su hijo a la soledad. Un chico, Henry, cuya mejor compañía es un perro que perdió a su amo. Un niño que con tal de tenerlo, lo esconde en un traspatio y lo confina a una caja de cartón. Un amor verdadero que esclaviza al ser amado, un perro que agradece.

“Mientras Henry estuviera con él, se dio cuenta, él hubiera estado feliz de quedarse en la caja de cartón por siempre” (p. 110)[4]

Y, por fin, la vida perfecta. La casa con jardín, el estado de Virginia, un ama preciosa, unos hijos de revista, un amo duro pero responsable. La comida caliente, el amor seguro… y las quejas. Las intervenciones de un narrador que nos invitan a la reflexión casi sin que nos demos cuenta:

“Fue solamente que sentía lastima de sí mismo por no saber cómo disfrutar la vida. El mundo está repleto de tantas maravillas, y con un triste estado de cosas, el hombre se agota el tiempo preocupándose por las cosas equivocadas.”[5] (p.158)

El punto central, la llave para entrar a Timbuktu, nos la revela Paul Auster en las últimas páginas de la novela. Es Willy quien le dice a Mr. Bones que la puerta para llegar al cielo está en el perdón. No en ofrecer una disculpa, sino en perdonar a aquellos que te decepcionaron en la vida. Si pasas esa prueba, las rejas del cielo se abrirán y el decreto de entrada será liberado. Opera igual para los hombres y para los animales.

A Timbuktu se llega evitando la tentación de endurecer el corazón, de caer en la auto conmiseración. Se llega con generosidad.

“El Willy diablo fue un truco, una trampa para que endurecieras en corazón… Pasada la prueba, llegó la recompensa, el preludio de algo más importante.” (p 175)[6]

A Timbuktu se llega honrando la dignidad del hombre, la propia y la de los que nos rodean. La mejor forma de hacerlo es mostrando un corazón generoso, uno que tenga un tamaño tan grande que sea capaz de pasar por alto una ofensa, uno que tenga la fuerza de mantenerse sin caer en la tentación del endurecimiento.

“Uno no le da la espalda a alguien por desilusionarte una sola vez, no después de tener una amistad de toda la vida, no lo haces. “ (p. 169)[7]

Timbuktu es una parábola contemporánea que nos invita a profundizar en los temas de la cotidianidad que nos llevan a la trascendencia. Auster va hilvanando con una prosa fácil de leer, los temas que componen la felicidad y la tragedia de la vida que nos llevan más allá. A Timbuktu.

La invitación está planteada. Un experimentado bailarín nos extiende el brazo para llevarnos a la vista de baile que denominó Timbuktu.

 

 

 

[1]Where the map of this world ends, that´s where the map of Timbuktu begins… Willi talked about it with such longing, with such pangs of tenderness reverberating in his voice, that the dog eventually gave up his qualms. Tim-buk-tu. By now the sound of the word was enough to make him happy.

[2]In Timbuktu dogs would be able to speak man´s language and converse with them as equals.

[3]I should have given you the chance to reach the stars. It´s possible believe me. I just didn´t have the courage of my convictions. But, the truth is, friend, dogs can read.

[4]As long as Henry was with him, he realized he would have been glad to stay in that box forever.

[5]It was just that he pitied him for not knowing how to enjoy life. The world was filled with such wonders, and it was a sad state of affairs when a man spent his time worrying about the wrong things.

[6]The devil Willy has been a trick, a ruse to tempt him into hardening his heart against him. Once the ordeal passed, the reward came, the prelude to something more important.

[7]You don´t turn your back on a person for letting you down just once —not after a lifetime friendship, you didn´t”

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