Las palabras de una hermana

Otra vez fue en Texas y una vez más fue a las seis de la tarde. El pabellón de la muerte recibió a otro mexicano para ser ejecutado con una inyección letal. De nada sirvieron las sentencias dilatorias de la jueza que no estaba de acuerdo con el cambio de la fórmula mortífera. Ni los esfuerzos diplomáticos del canciller Meade, ni del Senado de la República, ni la sentencia de la Corte Internacional, ni la evidencia de que el sentenciado no estaba en pleno uso de sus facultades mentales, ni de que el juicio tuvo muchas irregularidades. La pena de muerte se ejecutó en tiempo y forma.
No se alega, ni en este caso ni en el de otros once mexicanos, la inocencia o culpabilidad de estas personas. Cometieron los crímenes que los llevaron a esa situación de muerte. Lo que se discute son las formas. No fueron sometidos a procesos justos, no se respetaron los tratados internacionales, es más, en la mayoría de los casos los procesos se llevaron a cabo sin que las autoridades consulares tuvieran conocimiento. Por supuesto, no hubo traductores, ni se contó con una defensa adecuada. Pero, sí eran culpables.
En el caso de Ramiro Hernández Llanas fue condenado por matar a Glen Lynch, persona que le dio trabajo y protección, y también por violar varias veces a la señora Lynch.
Ramiro Hernández fue sentenciado en un proceso fast track plagado de tintes raciales en el que no se escucharon las opiniones de expertos que rindieron dictámenes de sus trastornos mentales. Pero, las fechorías de las que se le acusaron, sí las cometió.
Tal vez sea por eso que las palabras de la hermana de Ramiro Hernández me impresionaron. La mujer, con una tranquilidad auténtica, declaró que su hermano se fue feliz y en paz. Dijo que por fin sería liberado y que pidió perdón. Perdón a las familias que había afectado y a las que había causado dolor. Estas familias merecían sentir que se hizo justicia.
Sin amargura, sin rencor, ubicada en la zona de la verdad, la hermana de Ramiro Hernández no aprovechó el micrófono para hacer un panegírico de lo indefendible. No se victimizó, no minitió. Con la dignidad de las palabras verdaderas dio un mensaje maravilloso. No denostó a su hermano. Le dio buenas palabras, limpias de las manchas del chantaje y del oportunismo.
Hace falta gente así. Clara y honesta.
¿Y si nuestros funcionarios aprendieran algo de esta mujer?
Fue a las seis y fue en Texas, un castigo fue dado al criminal que lo perpetró, de lo que no estoy muy segura es si lo que se hizo con Hernández fue justo o no. De acuerdo a la Corte Internacional, no. De acuerdo a su hermana, sí. el péndulo de la justicia oscila en ese espectro. />
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